Ahora que hasta los barómetros del CIS dan por seguro que una
alianza entre IU y Podemos conseguiría colocarse como segunda Fuerza política,
muy cerca del Partido Popular, irrumpe una nueva campaña de desprestigio que
trata de vincular a Pablo Iglesias con el cobro de una suculenta cantidad de
dinero, procedente del Gobierno de Venezuela y a través de un banco situado en
un paraíso fiscal, que se refleja en un documento en el que no aparece la firma
del político, aunque sí su nombre y sus dos apellidos.
El líder aludido, que
se ha apresurado a declarar que interpondrá una denuncia contra Eduardo Inda,
el periodista que ha publicado la noticia a través de OK diario y que se ha
paseado por todos los platós de televisión, exhibiendo dicho documento, ya
había protagonizado varios enfrentamientos en relación con este mismo tema, que
parece haberse convertido en recurrente para la prensa afín a la derecha, cada
vez que se acercan nuevas elecciones.
Con anterioridad, Podemos ha ganado cuatro querellas por
acusaciones similares a las que aquí se tratan y hasta el momento, nadie ha
podido demostrar esa estrecha vinculación que se le atribuye con el Gobierno de
Maduro, aunque está claro que no van a cejar en el intento.
Y sin embargo, en este país, se observa cierta permisividad
legal cuando aparecen en los medios informaciones como está, llegando incluso a
comparar el acoso que sufre ininterrumpidamente Podemos, con el que
supuestamente está padeciendo el PP, en relación a la multitud de casos de
corrupción en que se están viendo envueltos muchos de sus cargos, en los
últimos tiempos.
Como comprenderán, la comparación no sólo resulta odiosa,
sino que además, comete el error de apoyarse en una falacia fácilmente
rebatible, pues mientras los líderes y cargos de Podemos no han sido, en ningún
momento, imputados por la justicia, la lista de los conservadores acusados de
delitos fiscales parece interminable y continúa creciendo.
Demasiada paciencia está teniendo la gente de Podemos, que
soporta estoicamente el aluvión de críticas que contra su Partido se vierte,
sin haber llegado jamás a perder de forma evidente, los nervios y habiendo,
como asumido que su sino será el de tener que convivir con estas informaciones
maliciosas y con los periodistas que las lanzan, convencidos de que algún
perjuicio harán, si consiguen hacer dudar a los electores, de la limpieza de
este juego.
No obstante, echamos en falta que la ley no contemple un
castigo para estos casos de difamación, ni para los que urdieron, solos o en
compañía de otros, los contenidos publicados, pues atentar contra el honor de
los demás no debiera quedar impune en ningún caso, para evitar situaciones
similares en un futuro y las evidentes complicaciones en el ámbito político,
que acarrean tales sucesos.
Ahora que se nos vine encima una nueva campaña electoral y
todos los grupos políticos empiezan ya a poner toda la carne en el asador para
intentar conseguir su propósito de alcanzar el poder, después del 26 de Junio,
los ciudadanos agradeceríamos que se esforzaran en evitar posibles
confrontaciones de este tipo entre los unos y los otros y también que los
medios no dieran cobertura a determinados periodistas, que a pesar de tener
absoluta libertad de expresión, no saben o no quieren atenerse a publicar
estrictamente la verdad, inventando en su lugar truculentas informaciones que
finalmente no pueden demostrar y que por tanto, dañan sensiblemente la imagen
de la profesión a la que representan.
Bien está, ya lo hemos dicho muchas veces, que la prensa vuelva
a ocupar el lugar que le corresponde y que el periodismo de investigación
avance en el descubrimiento y publicación de corruptelas…pero cuando son
ciertas.
Inventar, difamar o difundir informaciones, con la mala
intención de hacer caer a una determinada opción política, porque no se comulga
con ella o simplemente, porque se defienden tácitamente los intereses de otra
contraria, no pude ni debe ser admitido por los ciudadanos, más que como una
especie de libelo que bien pudiera emplearse para construir un guión, pero
nunca para transmitir una realidad, cuyo transcurso afecta a la vida de la
sociedad en pleno, de manera directa.

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