Como suele ser su costumbre, el Partido Popular evita dar
explicaciones sobre el escándalo de la mujer de Arias Cañete y cierra filas en
torno a la teoría de que no se deberían revelar datos fiscales de ningún
ciudadano, tratando de salvaguardar una privacidad que en este caso estaría
directamente relacionada con lo público, al ser el afectado Ministro de
Agricultura, en el momento en que se produjeron los hechos.
Se han puesto muy de moda estos matrimonios que sin ser
modernos, por razones obvias de edad, dicen no mantener ningún tipo de
conversación sobre las actividades profesionales a que se dedican los cónyuges
y que por tanto, permanecen en una cómoda inopia, evitando con ello, los
problemas relacionados con el ámbito laboral de su pareja, aún conviviendo bajo
el mismo techo.
Este desconocimiento absoluto de cómo se desenvuelve cada uno
en su profesión y la supina ignorancia de cómo marchan las finanzas del otro,
aunque este tema sea por tradición, uno de los más importantes a tratar en cada
familia, suponen sin embargo, una excusa recurrente cuando las cosas se ponen
mal, cosa que como estamos viendo últimamente, suele suceder con demasiada
frecuencia entre gente de rancio abolengo.
La ingenuidad y el poco interés reconocido por estos consortes ha dado lugar a situaciones
auténticamente rocambolescas, como cuando Ana Mato declaró que nunca había
visto un Jaguar que había regalado una trama de corrupción a su marido, aún
estando aparcado en su propio garaje, o cuando la Infanta reconoció que nunca
se interesó por saber de dónde había salido el dinero para pagar el Palacete en
el que vivía o los viajes de placer de que disfrutaba, junto a los suyos,
alrededor de todo el mundo.
Ahora es Cañete el que, a pesar de haber ocupado puestos de
relevancia política, se muestra sorprendido al saber que su mujer tenía
empresas ubicadas en Panamá, o que se acogió a la Amnistía Fiscal aprobada en
un consejo de Ministros en el que estuvo presente, tratando de regularizar, por
un cómodo tres por ciento, capitales que hasta entonces gestionaba en el
extranjero, lejos de los ojos de Hacienda.
Tampoco el Partido Popular parecía seguir cerca las actividades de su Ministro, pues
declara la Vicepresidenta no conocer los detalles de esta operación, llevada a
cabo pocos días después de que se aprobara el Decreto, como si viniendo de dónde venía, no hubiera tenido que
llamar necesariamente la atención, de aquellos que compartían Ejecutivo, con el
marido de la afectada.
La verdad es que se debe vivir magníficamente en esta especie
de limbo en el que la economía familiar debe ser considerada como una cuestión
absolutamente secundaria y en la que los lazos establecidos por el matrimonio
deben circunscribirse solamente a temas superficiales y a cuestiones meramente
lúdicas, que claro está, deben ayudar enormemente a reforzar las relaciones de
pareja, lejos de todas esas discusiones que suelen acarrear los conflictos
crematísticos, que a otros menos pudientes nos afectan, desde que nos bajamos
de la cama.
Y sin embargo, a pesar de ser infinitamente más pobres, de
vivir rodeados de problemas y de no saber muchas veces adonde buscar lo poco o
mucho que nos falta para cuadrar las cuentas del mes, habremos de reconocer que
al menos en cuestiones de comunicación, aventajamos sensiblemente a estos
matrimonios entre ricos, cuyos temas de conversación han de estar
necesariamente limitados, si no pueden hablar entre ellos de sus problemas
laborales, ni despotricar contra el jefe que les hace la vida imposible, ni
sobre los bancos que exigen puntualmente el pago de unos recibos, que ni los
dos sueldos juntos pueden pagar, por mucho milagro económico que según ellos,
se esté produciendo.
Luego, tendrán la desfachatez de criticar los matrimonios
entre parejas del mismo sexo y de ponerse a la cabeza de manifestaciones
clericales, reclamando el derecho a la vida en familia, mientras potencian con
su permanente desinterés por sus parejas, un modelo a seguir, que no concuerda
en nada con la unidad que debiera reinar entre los consortes y menos aún, con
la confianza que debiera existir entre ellos, tanto en lo bueno, como en lo
malo.

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