miércoles, 4 de mayo de 2016

Ignorancia supina


Como suele ser su costumbre, el Partido Popular evita dar explicaciones sobre el escándalo de la mujer de Arias Cañete y cierra filas en torno a la teoría de que no se deberían revelar datos fiscales de ningún ciudadano, tratando de salvaguardar una privacidad que en este caso estaría directamente relacionada con lo público, al ser el afectado Ministro de Agricultura, en el momento en que se produjeron los hechos.
Se han puesto muy de moda estos matrimonios que sin ser modernos, por razones obvias de edad, dicen no mantener ningún tipo de conversación sobre las actividades profesionales a que se dedican los cónyuges y que por tanto, permanecen en una cómoda inopia, evitando con ello, los problemas relacionados con el ámbito laboral de su pareja, aún conviviendo bajo el mismo techo.
Este desconocimiento absoluto de cómo se desenvuelve cada uno en su profesión y la supina ignorancia de cómo marchan las finanzas del otro, aunque este tema sea por tradición, uno de los más importantes a tratar en cada familia, suponen sin embargo, una excusa recurrente cuando las cosas se ponen mal, cosa que como estamos viendo últimamente, suele suceder con demasiada frecuencia entre gente de rancio abolengo.
La ingenuidad y el poco interés reconocido por estos  consortes ha dado lugar a situaciones auténticamente rocambolescas, como cuando Ana Mato declaró que nunca había visto un Jaguar que había regalado una trama de corrupción a su marido, aún estando aparcado en su propio garaje, o cuando la Infanta reconoció que nunca se interesó por saber de dónde había salido el dinero para pagar el Palacete en el que vivía o los viajes de placer de que disfrutaba, junto a los suyos, alrededor de todo el mundo.
Ahora es Cañete el que, a pesar de haber ocupado puestos de relevancia política, se muestra sorprendido al saber que su mujer tenía empresas ubicadas en Panamá, o que se acogió a la Amnistía Fiscal aprobada en un consejo de Ministros en el que estuvo presente, tratando de regularizar, por un cómodo tres por ciento, capitales que hasta entonces gestionaba en el extranjero, lejos de los ojos de Hacienda.
Tampoco el Partido Popular parecía seguir  cerca las actividades de su Ministro, pues declara la Vicepresidenta no conocer los detalles de esta operación, llevada a cabo pocos días después de que se aprobara el Decreto, como si  viniendo de dónde venía, no hubiera tenido que llamar necesariamente la atención, de aquellos que compartían Ejecutivo, con el marido de la afectada.
La verdad es que se debe vivir magníficamente en esta especie de limbo en el que la economía familiar debe ser considerada como una cuestión absolutamente secundaria y en la que los lazos establecidos por el matrimonio deben circunscribirse solamente a temas superficiales y a cuestiones meramente lúdicas, que claro está, deben ayudar enormemente a reforzar las relaciones de pareja, lejos de todas esas discusiones que suelen acarrear los conflictos crematísticos, que a otros menos pudientes nos afectan, desde que nos bajamos de la cama.
Y sin embargo, a pesar de ser infinitamente más pobres, de vivir rodeados de problemas y de no saber muchas veces adonde buscar lo poco o mucho que nos falta para cuadrar las cuentas del mes, habremos de reconocer que al menos en cuestiones de comunicación, aventajamos sensiblemente a estos matrimonios entre ricos, cuyos temas de conversación han de estar necesariamente limitados, si no pueden hablar entre ellos de sus problemas laborales, ni despotricar contra el jefe que les hace la vida imposible, ni sobre los bancos que exigen puntualmente el pago de unos recibos, que ni los dos sueldos juntos pueden pagar, por mucho milagro económico que según ellos, se esté produciendo.
Luego, tendrán la desfachatez de criticar los matrimonios entre parejas del mismo sexo y de ponerse a la cabeza de manifestaciones clericales, reclamando el derecho a la vida en familia, mientras potencian con su permanente desinterés por sus parejas, un modelo a seguir, que no concuerda en nada con la unidad que debiera reinar entre los consortes y menos aún, con la confianza que debiera existir entre ellos, tanto en lo bueno, como en lo malo.


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