miércoles, 18 de mayo de 2016

Mirando a Venezuela


Se complica la situación en Venezuela, con un Maduro más caricaturesco que nunca, empeñado en mantenerse en el poder que heredó de su antecesor, el carismático Hugo Chávez y que ofreció ayer un discurso a través de las Redes, en el que culpabilizó de  todos los males que acontecen en su país, al Gobierno español y a todos esos medios que desde el principio se han afanado en establecer una estrecha relación, entre  su gobierno y Podemos.
Con una oposición claramente apoyada, ya lo hemos visto otras veces, por la política estadounidense y dispuesta ahora a llegar hasta el final, con tal de apartar a Maduro del mando, el estado de excepción declarado hace solo unos días y la carencia absoluta de productos de primera necesidad, convierten a esta parte del mundo en un polvorín a punto de estallar, que de hacerlo, probablemente se convertirá en un baño de sangre y cuyas consecuencias resultan ser aún, del todo imprevisibles.
No es la primera vez que Hispanoamérica sufre en carne propia un suceso de estas características, ni seguramente tampoco será la última, mientras la estabilidad de esos territorios no dependa exclusivamente de sí mismos y continúen, tácitamente tutelados, o al menos, minuciosamente observados, desde el plano internacional, sin permitirles discurrir, democráticamente, por los senderos que ellos mismos elijan.
No se le puede dar la razón a quien aboga por mantener a los disidentes encarcelados, ni tampoco se puede, a estas alturas, defender lo indefendible, pero para decir la verdad, habría que remontarse a la época en que Hugo Chavez, Evo Morales o Correa, decidieron posicionarse en una línea ideológica muy distante de la que hubiera agradado a los Estados Unidos, acercándose peligrosamente al régimen cubano de Fidel, enemigo impenitente de cualquier iniciativa que llegara desde Washington.
A nadie se le puede escapar que el intervencionismo norteamericano en Hispanoamérica ha sido una constante que se ha perpetuado a lo largo de los años, con consecuencias que todos conocemos y que naturalmente, el alejamiento protagonizado por los países antes citados, han debido traer de cabeza a quienes siempre han reconocido al comunismo, como el peor de sus enemigos.
Dicho esto, la manera de gobernar de Maduro no tiene calificativo y su empecinamiento en continuar en lo más alto, a pesar de haber perdido las últimas elecciones celebradas en su País, le convierte en un patético tirano, capaz incluso de consentir que los suyos se enzarcen en  una Guerra Civil, con tal de no perder, no se sabe muy bien, qué ocultos privilegios.
Las revoluciones, que muchas veces terminan cuando mueren sus líderes, cuando son bien llevadas, suelen transformarse en un proceso de evolución cuyos avances se van ralentizando, con el paso del tiempo y depende que tengan éxito o no, de que quiénes suceden a los primeros revolucionarios, den la talla política necesaria, aprendiendo a dialogar, también, con sus opositores y sabiendo abandonar el poder, cuando las urnas deciden que ha llegado el momento de su marcha.
Es evidente que Maduro nunca estuvo a la altura, siquiera de ser líder y que su comprensión de lo que había sucedido en Venezuela bajo el mandato de Hugo Chávez, ni fue bien interpretado por él, ni se ha sabido manejar, de cara al beneficio de la mayoría de este pueblo.
La represión, la negación de la evidencia y propiciar un continuismo imposible en las actuales circunstancias de este país, no son, precisamente, la mejor manera de conseguir estabilidad, ni de atenuar la violencia que flota en el ambiente enrarecido de las calles venezolanas.
Todos esperamos que llegue la tarde, para ver si la oposición de Maduro se echa a las calles, desafiando la terrible dureza del último decreto y nos tememos lo peor. Observadores internacionales, denuncian movimientos militares por todo el país, a la espera de una intervención armada, ordenada por el Presidente.

Ojalá y se impusiera la cordura.

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