Se complica la situación en Venezuela, con un Maduro más
caricaturesco que nunca, empeñado en mantenerse en el poder que heredó de su
antecesor, el carismático Hugo Chávez y que ofreció ayer un discurso a través
de las Redes, en el que culpabilizó de
todos los males que acontecen en su país, al Gobierno español y a todos
esos medios que desde el principio se han afanado en establecer una estrecha
relación, entre su gobierno y Podemos.
Con una oposición claramente apoyada, ya lo hemos visto otras
veces, por la política estadounidense y dispuesta ahora a llegar hasta el
final, con tal de apartar a Maduro del mando, el estado de excepción declarado
hace solo unos días y la carencia absoluta de productos de primera necesidad,
convierten a esta parte del mundo en un polvorín a punto de estallar, que de
hacerlo, probablemente se convertirá en un baño de sangre y cuyas consecuencias
resultan ser aún, del todo imprevisibles.
No es la primera vez que Hispanoamérica sufre en carne propia
un suceso de estas características, ni seguramente tampoco será la última,
mientras la estabilidad de esos territorios no dependa exclusivamente de sí
mismos y continúen, tácitamente tutelados, o al menos, minuciosamente
observados, desde el plano internacional, sin permitirles discurrir,
democráticamente, por los senderos que ellos mismos elijan.
No se le puede dar la razón a quien aboga por mantener a los
disidentes encarcelados, ni tampoco se puede, a estas alturas, defender lo
indefendible, pero para decir la verdad, habría que remontarse a la época en
que Hugo Chavez, Evo Morales o Correa, decidieron posicionarse en una línea
ideológica muy distante de la que hubiera agradado a los Estados Unidos,
acercándose peligrosamente al régimen cubano de Fidel, enemigo impenitente de
cualquier iniciativa que llegara desde Washington.
A nadie se le puede escapar que el intervencionismo
norteamericano en Hispanoamérica ha sido una constante que se ha perpetuado a
lo largo de los años, con consecuencias que todos conocemos y que naturalmente,
el alejamiento protagonizado por los países antes citados, han debido traer de
cabeza a quienes siempre han reconocido al comunismo, como el peor de sus
enemigos.
Dicho esto, la manera de gobernar de Maduro no tiene
calificativo y su empecinamiento en continuar en lo más alto, a pesar de haber
perdido las últimas elecciones celebradas en su País, le convierte en un
patético tirano, capaz incluso de consentir que los suyos se enzarcen en una Guerra Civil, con tal de no perder, no se
sabe muy bien, qué ocultos privilegios.
Las revoluciones, que muchas veces terminan cuando mueren sus
líderes, cuando son bien llevadas, suelen transformarse en un proceso de
evolución cuyos avances se van ralentizando, con el paso del tiempo y depende
que tengan éxito o no, de que quiénes suceden a los primeros revolucionarios,
den la talla política necesaria, aprendiendo a dialogar, también, con sus
opositores y sabiendo abandonar el poder, cuando las urnas deciden que ha
llegado el momento de su marcha.
Es evidente que Maduro nunca estuvo a la altura, siquiera de
ser líder y que su comprensión de lo que había sucedido en Venezuela bajo el
mandato de Hugo Chávez, ni fue bien interpretado por él, ni se ha sabido
manejar, de cara al beneficio de la mayoría de este pueblo.
La represión, la negación de la evidencia y propiciar un
continuismo imposible en las actuales circunstancias de este país, no son,
precisamente, la mejor manera de conseguir estabilidad, ni de atenuar la
violencia que flota en el ambiente enrarecido de las calles venezolanas.
Todos esperamos que llegue la tarde, para ver si la oposición
de Maduro se echa a las calles, desafiando la terrible dureza del último
decreto y nos tememos lo peor. Observadores internacionales, denuncian
movimientos militares por todo el país, a la espera de una intervención armada,
ordenada por el Presidente.
Ojalá y se impusiera la cordura.

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