Nada produce mayor felicidad, que descender de pronto hasta
el reino de las cosas pequeñas, que es ese lugar en el que habitamos rodeados
por los que nos quieren y queremos, de ese modo incondicional que roza los
límites del infinito, como si la esencia humana se deshiciera de sus
imperfecciones, alcanzando lo trascendental, aunque sólo sea por un instante.
Son esos momentos fugaces los que hacen que merezca la pena
vivir y muy fundamentalmente, cuando se produce el milagro de sentirnos, en
cierto modo, parte de una cadena interminable que nos conduce a la eternidad,
sorprendidos repentinamente, por el comienzo de una vida.
Esta experiencia indescriptible, para la que nunca encuentro
palabras que puedan reflejar con exactitud la riqueza de mis sentimientos, viene
con prisas, llamando a nuestra puerta otra vez, en el reflejo ilusionado de mi
hija más pequeña, que empieza a observar cómo se transforma su cuerpo, de la
manera más hermosa que puede conocer una mujer y que nos regala, con su felicidad,
esencia pura de alegría.
Así, como si el mundo se desvaneciera y desapareciera súbitamente cualquier atisbo de inseguridad,
quedamos, como anclados inexorablemente al hechizo de su mirada, sintiéndonos
inmersos en el principio de esta pequeña historia, que apenas se inicia
portentosamente, en la profundidad de su vientre.
Allí, donde ocurre el prodigio, que en cierto modo se
convierte en una prolongación de lo que fuimos, la serena oscuridad en la que
flota el nuevo ser, abre de par en par las puertas de la esperanza y nada hay,
más importante, que preservar la calma que precisa, hasta que por primera vez,
se asome a la vida.
La noticia, que se cuela como un torrente en nuestro entorno
y que nos apasiona sin dejarnos apenas reaccionar, no podría ser, la verdad,
más perfecta.
Pronto, mientras le enseñemos a ver la luz, a reconocer
nuestros rostros y a empezar a recorrer el camino que se abre virgen ante sus
ojos, buscaremos ansiosos su complicidad, para comenzar a escribir esa
historia, que será, simplemente, la nuestra.
El mundo y nosotros, le esperaremos con los brazos abiertos.

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