lunes, 2 de mayo de 2016

Candidato de transición


A punto de empezar una nueva campaña electoral, el PSOE no parece avanzar en sus luchas internas y pierde a Carme Chacón por el camino y no precisamente por los motivos personales que ha pretendido argumentar Pedro Sánchez, sino más bien por discrepancias con las líneas que sigue el candidato socialista, que continúa balanceándose en el filo de una navaja, que  sus detractores no dejan de afilar, seguros de que fracasará en los resultados de los próximos comicios.
También se le apea Irene Lozano, por la que apostó personalmente cuando abandonó UPyD, a pesar de las duras críticas que había venido vertiendo contra el PSOE en los últimos tiempos y a la que sus compañeros de Madrid no recibieron precisamente con los brazos abiertos, sino más bien todo lo contrario.
No ha bastado la concesión que supuso firmar el acuerdo con Ciudadanos, ni apartar violentamente a Podemos de la negociación, ni achacar  a Pablo Iglesias una culpa que no le corresponde en absoluto, en el fracaso, para lograr el afecto de los suyos, que continúan arropando las ínfulas presidencialistas de una Susana Díaz, cada vez más convencida de que tiene ante sí una carrera exitosa en la política nacional y que espera como agua de Mayo que Sánchez se estrelle el 26 de Junio, para presentarse como salvadora de un Partido  que se ha movido en un declive imparable, desde que Zapatero cometiera el error de ponerse a disposición de las exigencias europeas, hace ya más de cuatro años.
Nunca, ningún secretario general socialista contó con tan pocos apoyos y nunca antes había protagonizado ninguno de ellos un fracaso tan estrepitoso como el que hemos visto en los días anteriores protagonizar a un Pedro Sánchez que no debió aceptar las exigencias de sus barones acerca de unas alianzas que le hubieran salido redondas de haberlo intentado por la izquierda, en lugar de por la derecha, llegando incluso a renunciar con dignidad a su puesto, de no haber conseguido convencer a sus correligionarios más recalcitrantes.
En su lugar, Sánchez accedió a regañadientes al acuerdo con Ciudadanos, aún estando seguro de antemano que los números resultaban ser del todo insuficientes y quedando así maniatado, no sólo por la maniobra de Rivera, sino también por la que se tramaba en sus propias filas, negándole cualquier oportunidad de conseguir su sueño.
Ahora sus actos están empezando a traer consecuencias y ya nadie oculta que las nuevas elecciones supondrán la muerte política de este candidato socialista que nunca ha conseguido verdaderamente ganarse las simpatías de sus compañeros y al que probablemente, se ha utilizado como parachoques en las horas más bajas del PSOE, mientras los auténticos pesos pesados se rearmaban en las sombras, con la intención predefinida de aupar a Díaz, primero a la Secretaría General y después a la candidatura a la Presidencia del País, que tanto desea la andaluza, desde que empezara a escalar puestos en la vida política.
No les quepa la menor duda de que tras la celebración de elecciones, este candidato de transición que ha sido Sánchez, será duramente recriminado por sus correligionarios más relevantes, sobre todo si la alianza de Podemos e IU se acaba materializando y los socialistas pasan a ocupar un tercer puesto, que supondría el mayor fracaso en los resultados electorales, de cuántos  han conocido en su historia.
Nadie parece sin embargo contar con que la perspicacia de los votantes pueda llegar a descubrir este juego sucio que se está produciendo, mientras se tratan de manipular  peligrosamente  las esperanzas de un buen número de votantes que apostaron decididamente por un cambio y a los que las batallas internas del PSOE ha frustrado cualquier oportunidad de conseguirlo, sin que nadie haya sido capaz de explicarles por qué, ni a qué ha venido este acercamiento inexplicable, con un Partido de derechas.
Los votantes, no estamos aquí para potenciar que Susana Díaz pueda lograr sus aspiraciones, sino para intentar, a través de las urnas, mejorar en lo posible nuestra actual situación y así lo haremos saber, otra vez, cuando se celebren las próximas elecciones.
Verán, de haber querido que PSOE o Ciudadanos lideraran el cambio que ansiamos, no les quepa la menor duda de que los resultados electorales hubieran sido otros bien distintos y eso, es una verdad indiscutible que debiera ser suficiente para curar la ambición de la señora Díaz y para hacerla reflexionar profundamente sobre las limitaciones que se imponen sobre sus argumentos.
Solo trescientos mil votos, separaron a Podemos del PSOE en diciembre. IU tuvo entonces un millón de votos, que de poco sirvieron, por nuestra injusta Ley electoral.
Sin embargo, los seis millones y pico de votos que supondría la alianza de ambas Fuerzas de izquierdas, superaría, con mucho, cualquier aspiración real que los socialistas pudieran albergar, aproximándose numéricamente además, a los resultados del PP y rompiendo todos los esquemas conocidos hasta ahora, en el panorama político español.
Solo un pacto PP, PSOE, podría dar carpetazo al proyecto de cambio que los ciudadanos desean. Tal vez corresponda a Susana Díaz, entonces, el más que dudoso honor de protagonizarlo, contribuyendo así a la agonía de su amado Partido.


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