Con la perspectiva que suele dar el paso de los años, las
piezas que al principio estuvieron desparramadas van encontrando encaje,
reconduciendo las historias colectivas que empezaron a construir los individuos
cuando decidieron unirse y convirtiendo en realidades tangibles, lo que en un
primer momento, sólo fue un sueño.
Aquel clamoroso estallido de indignación que despertó
espontáneamente las conciencias de los ciudadanos un 15 de Mayo y que tuvo en
una juventud que hasta entonces permanecía aletargada, cómodamente instalada en
un ficticio estado de bienestar, su principal artífice, permanece aún fresco en
el recuerdo y sus protagonistas, que decidieron entonces intentar que las cosas
cambiaran, reclamando una mayor participación ciudadana en las cuestiones
políticas de este País, han madurado, aunque conservando la ilusión de que todo
es factible de ser cambiado, cuando se consigue mantener la unidad de todos
aquellos que coinciden en un mismo ideal, aunque procedan de posiciones diferentes.
Que cinco años después, una parte de aquellos indignados
hayan conseguido sentar a setenta de los suyos en el Parlamento y que afronten ahora la celebración de otras
Elecciones habiendo aumentado las posibilidades de llegar mucho más lejos,
supone, para cualquiera de los que salimos a la calle aquel 15M, la
demostración de que las utopías pueden
hacerse, en cualquier momento, realidad y de que nosotros podemos ser los promotores
necesarios, para alcanzar los objetivos
propuestos.
Quizá por eso, los que se encuentran cómodamente instalados
en las posiciones de privilegio que ellos mismos crearon, con el firme
pensamiento de que llegarían a ser eternas, nunca nos aceptaron y mucho menos,
desde que empezaron a comprender que representábamos mucho más que una confluencia
de soñadores sin recursos, acampados a la luz de la luna, que se dedicaban a
debatir en asambleas, todo aquello que se nos imponía por decreto, pero que no
contábamos con los medios suficientes para emprender otro camino, que no fuera
el que se nos marcaba desde las Instituciones ocupadas, por los mismos que
alternativamente se disputaban un poder, hasta entonces, vedado para los
ciudadanos de a pie, que miraban con desesperación, pero sin actuar, cómo los
políticos de turno, manipulaban sus vidas.
Su sorpresa debió ser mayúscula, a medida que fue pasando el
tiempo, sobre todo, cuando empezaron a comprobar que el mensaje salido
directamente de los movimientos asamblearios de las calles, caló y de qué manera, en muchos
millones de españoles, dejando estupefactos a los representantes de los dos
grandes Partidos políticos y obligándoles a replantearse su manera de entender
la política, pero esta vez, teniendo indefectiblemente, que contar con
nosotros.
Cinco años después, aquellos indignados van a plantar cara,
en la próxima campaña electoral, al mismísimo Partido Popular y puede incluso,
sobrepasar en cifras, a esos millones de votos leales con los que cuenta la
derecha desde hace más de cuarenta años y sobrepasando también, con amplitud y
si nada lo remedia, las expectativas electorales de los socialistas.
Mucho camino hemos recorrido en estos cinco años y no exento
de dificultades, esencialmente impuestas
desde las posiciones del poder, que se ha afanado reiteradamente en vilipendiar
o menospreciar, cualquier iniciativa que proviniera de nuestra parte, llegando a poner en duda
nuestra inteligencia, pero que pese a su insistencia, no ha conseguido minar,
en absoluto, la determinación que nos mueve y que se sustenta, básicamente, en
nuestra imagen de limpieza.
Porque también es verdad que las cosas no han evolucionado
nada bien para los grandes Partidos y los motivos que causaron entonces nuestra
indignación, se han ido multiplicando por diez mil, envileciendo la situación
que nos vemos obligados a padecer, hasta convertirla en prácticamente
insostenible, por su propia indecencia.
Puede que muchos ya no sean aquellos jóvenes idealistas que descubrieron por primera vez la
fuerza de la unión de los de su clase y que a otros, mucho mayores, nos parezca
que esta, quizá, puede ser la última oportunidad de hacer factible una parte de
nuestro sueño, pero a veces, tropezar de bruces con la realidad, tener la
posibilidad de analizarla y razonarla desde dentro, afrontar la dificultad
escudriñando las entrañas de la oscuridad e intentar, apenas sin medios, hallar
nuevas vías de solución, puede ser una forma impagable de crecimiento.
Ahora que nos hemos hecho gigantes y que en contra de lo que pensaban los líderes
caducos de los dos grandes Partidos,
seguimos aquí, estar tan cerca de conseguir los objetivos, acariciar con
los dedos el sueño, no puede, sino fortalecer aquella primera idea que nos
unió, aquella sensación de tener que salir corriendo de entre las tinieblas,
para ver, junto a otros muchos, la luz y para convertirnos, sin censuras, en dueños y señores de nuestro
propio destino.

No hay comentarios:
Publicar un comentario