domingo, 21 de febrero de 2016

Retazos de mi vida


El azar ha querido aunar en su marcha definitiva a Harper Lee y Humberto Eco, dos escritores de estilos distintos, pero que curiosamente marcaron  momentos  en mi vida.
Yo tenía unos catorce años cuando leí por primera vez “Matar a un ruiseñor”, precisamente cuando empezaban a marcarse las diferencias entre la infancia y la adolescencia y empezaba a abandonar aquellas lecturas que en nada se correspondían con los aires rebeldes y el afán contestatario que marcan  esta etapa difícil en la que nada parece llenar ese hueco de infelicidad, que a todos nos parece que va a ser eterna.
No recuerdo quién me recomendó el libro, probablemente mi padre que fue mi guía en este aspecto hasta que empecé a discernir por mí misma qué tipo de literatura me gustaba y que mientras vivió, compartió conmigo el gusto  inenarrable por leer, que continúa siendo para mi, uno de los placeres más genuinos.
Lo mío con “Matar a un ruiseñor” fue amor a primera vista y la manera de narrar de su autora, con ese punto de  autenticidad autobiográfica, que se adivinaba en sus líneas como si ella misma te estuviera contando al oído su historia y que evidenciaba su admiración por un padre, que en muchos aspectos se parecía mucho al mío, enseguida me subyugó, convirtiendo al abogado Atticus Finch, con su estricto sentido de la justicia, en uno de los personajes a los que no he podido olvidar en toda la vida.
He llegado a pensar, que todas y cada una de las veces en que he vuelto a leer la novela, era porque existía en mí cierta necesidad de afrontar algún cambio de similar magnitud al que se producía en aquel primer momento en que cayó en mis manos y puedo asegurar que me une a ella, un cierto vínculo de emotividad, que hace que la recomiende a todos aquellos que no han tenido aún la suerte de conocer esta historia.
Lo hice con mis dos hijas cuando tuvieron edad para ello y puedo asegurar que lo haré con mi nieto en un futuro no demasiado lejano, pues la tierna fascinación que este libro produce en todo aquel que lo lee, merece ser transmitido de generación en generación, para que la lucha por los principios acompañen al hombre, sin dejarle a merced de la rendición, a pesar de las dificultades que encuentre en su largo camino.
Siempre he pensado que Harper Lee no escribió ninguna otra novela, porque no podía decirse nada más de lo que se había dicho en ésta.
“El nombre de la rosa” llegó a mí, justamente cuando atravesaba la línea entre la veintena y la treintena y mientras me acompañaba la absurda sensación de haber dejado atrás el sabor dulce de la juventud, para entrar de lleno en un mundo de adultos a los que no quería comprender, como si la madurez trajera consigo una pérdida paulatina de la alegría y una obligatoriedad de asunción de responsabilidades que no estaba dispuesta a aceptar, más por miedo a perder la frescura del pensamiento, que por el trabajo que en sí representaban y que yo ya llevaba haciendo mucho tiempo, quizá sin entenderlo.
He de reconocer que el argumento,  la invención de la trama y la extraordinaria descripción de la época que Eco consiguió, prácticamente desde el mismo inicio de la novela, el calado del personaje de Guillermo de Baskerville y la inagotable curiosidad del novicio Adso de Melk, el oscurantismo  denso de la Abadía y las referencias a las luchas entre órdenes religiosas en la Edad Media, suponían todos los ingredientes necesarios para que la obra funcionara conmigo y que mi admiración por el autor, igual que había ocurrido con Harper Lee, me sigue acompañando hoy en día.
Se dieron muchas circunstancias que hicieron especial la lectura de este libro, probablemente porque a medida que iba desentrañando los misterios de las muertes de aquellos frailes, iba yo también, igual que el novicio, adquiriendo un punto de sensatez que mitigaba mi miedo a crecer, en cuanto que entendía que los conocimientos se adquieren, irremediablemente, con el tiempo y hasta tengo que confesar que busqué afanosamente un empolvado diccionario de latín, que guardaba desde mis tiempos en la Universidad, para poder traducir las frases en este idioma que Humberto Eco insertaba a cada paso, a lo largo de todo el libro.
Que se hayan ido los dos a la vez, me ha conmovido enormemente, pues a ambos he agradecido a lo largo de todos estos años, haber tenido la suerte de leer sus historias que ahora parecen, a mis ojos, que de algún modo se aunaran en la infinitud de los tiempos, quedando sin embargo, vivas en mi memoria, como si de algún modo, tuvieran mucho que ver con lo que soy ahora y seguramente, con lo que seré en el futuro.
A veces, el destino caprichoso, crea extraños vínculos entre personajes distantes, que sin embargo, quedaron dentro de los otros, en forma de bellos recuerdos.



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