El azar ha querido aunar en su marcha definitiva a Harper Lee
y Humberto Eco, dos escritores de estilos distintos, pero que curiosamente marcaron momentos en mi vida.
Yo tenía unos catorce años cuando leí por primera vez “Matar
a un ruiseñor”, precisamente cuando empezaban a marcarse las diferencias entre
la infancia y la adolescencia y empezaba a abandonar aquellas lecturas que en
nada se correspondían con los aires rebeldes y el afán contestatario que
marcan esta etapa difícil en la que nada
parece llenar ese hueco de infelicidad, que a todos nos parece que va a ser
eterna.
No recuerdo quién me recomendó el libro, probablemente mi
padre que fue mi guía en este aspecto hasta que empecé a discernir por mí misma
qué tipo de literatura me gustaba y que mientras vivió, compartió conmigo el
gusto inenarrable por leer, que continúa
siendo para mi, uno de los placeres más genuinos.
Lo mío con “Matar a un ruiseñor” fue amor a primera vista y
la manera de narrar de su autora, con ese punto de autenticidad autobiográfica, que se adivinaba
en sus líneas como si ella misma te estuviera contando al oído su historia y
que evidenciaba su admiración por un padre, que en muchos aspectos se parecía
mucho al mío, enseguida me subyugó, convirtiendo al abogado Atticus Finch, con
su estricto sentido de la justicia, en uno de los personajes a los que no he
podido olvidar en toda la vida.
He llegado a pensar, que todas y cada una de las veces en que
he vuelto a leer la novela, era porque existía en mí cierta necesidad de
afrontar algún cambio de similar magnitud al que se producía en aquel primer
momento en que cayó en mis manos y puedo asegurar que me une a ella, un cierto
vínculo de emotividad, que hace que la recomiende a todos aquellos que no han
tenido aún la suerte de conocer esta historia.
Lo hice con mis dos hijas cuando tuvieron edad para ello y
puedo asegurar que lo haré con mi nieto en un futuro no demasiado lejano, pues
la tierna fascinación que este libro produce en todo aquel que lo lee, merece
ser transmitido de generación en generación, para que la lucha por los
principios acompañen al hombre, sin dejarle a merced de la rendición, a pesar
de las dificultades que encuentre en su largo camino.
Siempre he pensado que Harper Lee no escribió ninguna otra
novela, porque no podía decirse nada más de lo que se había dicho en ésta.
“El nombre de la rosa” llegó a mí, justamente cuando
atravesaba la línea entre la veintena y la treintena y mientras me acompañaba
la absurda sensación de haber dejado atrás el sabor dulce de la juventud, para
entrar de lleno en un mundo de adultos a los que no quería comprender, como si
la madurez trajera consigo una pérdida paulatina de la alegría y una
obligatoriedad de asunción de responsabilidades que no estaba dispuesta a
aceptar, más por miedo a perder la frescura del pensamiento, que por el trabajo
que en sí representaban y que yo ya llevaba haciendo mucho tiempo, quizá sin
entenderlo.
He de reconocer que el argumento, la invención de la trama y la extraordinaria
descripción de la época que Eco consiguió, prácticamente desde el mismo inicio
de la novela, el calado del personaje de Guillermo de Baskerville y la
inagotable curiosidad del novicio Adso de Melk, el oscurantismo denso de la Abadía y las referencias a las
luchas entre órdenes religiosas en la Edad Media, suponían todos los
ingredientes necesarios para que la obra funcionara conmigo y que mi admiración
por el autor, igual que había ocurrido con Harper Lee, me sigue acompañando hoy
en día.
Se dieron muchas circunstancias que hicieron especial la
lectura de este libro, probablemente porque a medida que iba desentrañando los
misterios de las muertes de aquellos frailes, iba yo también, igual que el
novicio, adquiriendo un punto de sensatez que mitigaba mi miedo a crecer, en
cuanto que entendía que los conocimientos se adquieren, irremediablemente, con
el tiempo y hasta tengo que confesar que busqué afanosamente un empolvado
diccionario de latín, que guardaba desde mis tiempos en la Universidad, para
poder traducir las frases en este idioma que Humberto Eco insertaba a cada
paso, a lo largo de todo el libro.
Que se hayan ido los dos a la vez, me ha conmovido
enormemente, pues a ambos he agradecido a lo largo de todos estos años, haber
tenido la suerte de leer sus historias que ahora parecen, a mis ojos, que de
algún modo se aunaran en la infinitud de los tiempos, quedando sin embargo,
vivas en mi memoria, como si de algún modo, tuvieran mucho que ver con lo que
soy ahora y seguramente, con lo que seré en el futuro.
A veces, el destino caprichoso, crea extraños vínculos entre
personajes distantes, que sin embargo, quedaron dentro de los otros, en forma
de bellos recuerdos.

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