Finalmente, los ocho sindicalistas de Airbus, que eran
juzgados por su participación en una huelga en la que se produjeron ciertos
disturbios a las puertas de la Empresa en Getafe, son absueltos en primera
instancia por el Juez, que no encuentra pruebas suficientes de su participación
en los hechos, saldando así uno de los episodios más vergonzosos de los últimos
tiempos, en el que se cuestionaba tácitamente el derecho de huelga de los
trabajadores, e incluso su libertad de expresión y manifestación, convirtiéndolo
en un ejemplo de lo que se podría considerar delito, según la llamada ley
mordaza.
Muchas han sido las voces que se han alzado en contra del
enjuiciamiento de estos trabajadores, cuyas acciones no diferían en nada de las
que suelen producirse en el transcurso de cualquier huelga y que sin embargo,
según la nueva ley aprobada por Rajoy, podrían equipararse, por ejemplo, con un
delito de tráfico de drogas, teniendo en cuenta que la fiscalía pedía para los
acusados la misma cantidad de años que le corresponderían a un traficante, si
su culpa fuera probada.
De todos es sabido que el PP, durante el transcurso de la
pasada legislatura, se ha esforzado titánicamente en cambiar todas aquellas
leyes que respetando las libertades de los ciudadanos, ponían en evidencia la
oposición latente en las calles hacia sus políticas de recortes y que Rajoy y
los suyos se han empeñado en llevar a cabo una reforma total en este campo de
la justicia, con la única intención de acabar de alguna manera con cualquier
tipo de protesta, aunque se hiciera pacíficamente.
Muchas veces hemos
visto a Soraya Sainz de Santamaría y a otros ministros criticar abiertamente
los escraches protagonizados por los ciudadanos, o las multitudinarias
manifestaciones ocurridas, casi a diario, durante toda la legislatura y que han
sido, en todos los casos, reprimidas con extrema dureza, llegando a comparar a
los que participaban en ellas, como
peligrosos elementos anti sistema, cuya única intención parecía ser intentar
derribar al gobierno, sin importar los medios empleados para hacerlo.
Periódicamente, se ha prohibido que los ciudadanos se
acercaran al Congreso, que pudieran increpar a los dirigentes populares si se
los tropezaban en las calles, e incluso que reclamaran dentro de los bancos el
montante que les habían sustraído, por medio de las preferentes, que se
opusieran a los desahucios o a la privatización de hospitales y escuelas y
hasta que lucharan por que se aumentaran los fondos destinados a la
investigación médica, como si cualquier acto organizado para protestar, se
convirtiera en una especie de subversión colectiva, constituyente de delito.
La sentencia absolutoria de los sindicalistas, empieza a
colocar en su sitio la sinrazón que vetaba ciertos derechos y viene a decir,
alto y claro y en contra de la opinión del PP, que en cualquier país
democrático y en el nuestro también, la huelga es considerada como legal y que
los que participan en ella, pueden hacerlo en plena libertad y seguros de no
estar traspasando ninguna de esas líneas rojas, que sólo para quien tergiversa la realidad, son evidentes.
Mucho empeño se ha puesto en castigar este tipo de acciones
relacionadas con la libertad de expresión y muy poco en reprimir los
indescriptibles abusos que innumerables cargos del PP han venido llevando a
cabo mientras participaban en sendos casos de corrupción, sin que nadie haya
aún asumido, responsabilidades políticas, por ellos.
La Púnica, La Gurtel, la trama Valenciana y otras muchas más,
parecen ser percibidas por los que nos gobiernan, como asuntos personales que
no atañen, siquiera, a la imagen de su partido, a pesar de que constituyen la
peor perversión de cuántas pudieran imaginarse, pues estafan los recursos de
todos, en muchos caso, con total impunidad, como demuestra que aún estén en la
calle, ciertos imputados a los que no se termina de juzgar nunca y que hasta
llegaron, en otros momentos, a ocupar ministerios.

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