Al fin, se celebró la esperada reunión entre Pedro Sánchez y
Mariano Rajoy, que se había estado retrasando desde que se celebraron las
Elecciones Generales y que había creado una enorme expectación a causa de las
declaraciones que ambos líderes habían venido haciendo, en dos sentidos bien
distintos, lo que hacía prácticamente imposible que se llegara a puntos de
encuentro.
Bastaron treinta minutos de conversación para confirmar todos
los pronósticos que los analistas políticos auguraban casi con absoluta certeza
y como después ratificaron, por separado, Rajoy y Sánchez, no solo no se
produjo entre ellos ningún tipo de acercamiento, sino que además se observaron
ciertos detalles que denotaban a las claras una más que evidente incomodidad y
una tensión que casi podía cortarse, en el ambiente.
Rajoy fue el primero en aparecer ante los medios,
visiblemente contrariado y evidenciando un gesto que bien se podía interpretar
como un signo de haber perdido toda esperanza en poder, de alguna manera,
llegar a repetir mandato.
Nunca antes, desde que los españoles empezamos a
familiarizarnos con el rostro del Presidente saliente, le habíamos visto así,
ni siquiera cuando se publicaron los papeles de Bárcenas o salieron a la luz
sus mensajes de aliento enviados a su hasta entonces tesorero o cuando todos
los españoles pudimos ver sus iniciales relacionadas con el pago en dinero negro
que, presuntamente, se efectuaba en los
despachos de Génova.
Era el suyo, el ademán del que acaba de descubrir que le han
fallado estrepitosamente todos los planes que había previsto y que aún
pretendiendo ocultar las malas sensaciones que le produce comprender que ya no
puede hacer casi nada por evitar que suceda algo diametralmente opuesto a
cuánto había imaginado, se esfuerza inútilmente por disimular su decepción, en
una huida hacia adelante que sin embargo, no podrá impedir la naturaleza de su
fracaso.
Infravalorar desde el primer momento las posibilidades de
Sánchez, al que su propio Partido parecía condenar, sin juicio, a una
desaparición de la escena política, casi forzosa, se ha convertido en uno de
los más graves errores políticos cometido por los asesores del PP y por un
Mariano Rajoy, que convencido de su inutilidad, dejó pasar su oportunidad de
presentarse a una investidura que ahora parece haber perdido, de manera
irrecuperable.
Convencido de que la fuerza de los Barones del PSOE con
Susana Díaz a la cabeza, conseguirían persuadir a Sánchez de la oportunidad de
llegar al gran acuerdo que desde un primer momento han preconizado los
populares y Ciudadanos, Rajoy ni siquiera había prestado atención a la
posibilidad, más que probable, de que Sánchez se empeñara en lograr otro tipo
de coaliciones mucho más orientadas a conseguir un cambio real, llegando a
desafiar y a vencer, todas las reticencias de la vieja guardia socialista y con
posibilidad de poder, finalmente, ser el nuevo Presidente de este País, sin
tener que apoyar al PP, en ninguna de sus propuestas.
Esto explicaría fielmente la parsimonia con que se ha tomado
Rajoy este periodo de su vida, que rechazara aceptar la propuesta del Rey para
presentarse a la investidura y que ni siquiera haya intentado otras opciones
para poder repetir mandato, seguramente mal asesorado por su equipo, o
creyéndose mucho más querido de lo que en realidad era, entre el amplio abanico
de sus opositores.
Su semblante en la rueda de prensa del pasado Viernes, su
manifiesta seriedad, su empecinamiento en proclamarse nuevamente como el
vencedor de unas elecciones, que en realidad ha perdido por amplia mayoría y su
patetismo al casi suplicar, un acuerdo in extremis con un PSOE, cada vez más
lejano de sus planteamientos y cuyo líder se ha convertido para el Presidente
en funciones, en una auténtica pesadilla, confirman que está empezando a asumir
que no le va a quedar otro remedio que apartarse, para que Pedro Sánchez tome
su relevo y precisamente en un momento en el que los gravísimos casos de
corrupción que afectan a sus correligionarios, no le permitirán siquiera
marcharse con honor, como sin duda le habría gustado.
En un plano totalmente distinto, Pedro Sánchez, que ni
siquiera dio importancia al mal gesto de Rajoy a negarse a estrecharle la mano,
se presentaba ante los medios con un halo de claro triunfador y con una cierta
expresión de haber sido capaz de vencer todas y cada una de las dificultades
que le han ido surgiendo desde que se conociera el resultado de los Comicios,
reafirmándose en su presunción de poder alcanzar un acuerdo que aunque aún no
se ha producido, tiene visos de ser posible.
La próxima semana, creo, tendrá trascendental importancia
para lo que pueda ocurrir en un futuro y
los encuentros que se produzcan en el transcurso de los días que vienen,
irán seguramente moldeando aquello que pueda suceder, cuando se celebre la
sesión de investidura.
Las negociaciones, abiertas hasta el último minuto, las
propuestas de los grupos políticos, las concesiones de unos a otros, la buena
voluntad y el deseo, casi unánime, de que el PP no vuelva a gobernar en la
próxima legislatura, probablemente, harán el resto.
En su intervención del pasado viernes ante los medios, los
ojos de Rajoy, a muchos, nos dijeron adiós. Habíamos esperado durante mucho
tiempo este momento.

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