domingo, 14 de febrero de 2016

Gesto de perdedor


Al fin, se celebró la esperada reunión entre Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, que se había estado retrasando desde que se celebraron las Elecciones Generales y que había creado una enorme expectación a causa de las declaraciones que ambos líderes habían venido haciendo, en dos sentidos bien distintos, lo que hacía prácticamente imposible que se llegara a puntos de encuentro.
Bastaron treinta minutos de conversación para confirmar todos los pronósticos que los analistas políticos auguraban casi con absoluta certeza y como después ratificaron, por separado, Rajoy y Sánchez, no solo no se produjo entre ellos ningún tipo de acercamiento, sino que además se observaron ciertos detalles que denotaban a las claras una más que evidente incomodidad y una tensión que casi podía cortarse, en el ambiente.
Rajoy fue el primero en aparecer ante los medios, visiblemente contrariado y evidenciando un gesto que bien se podía interpretar como un signo de haber perdido toda esperanza en poder, de alguna manera, llegar a repetir mandato.
Nunca antes, desde que los españoles empezamos a familiarizarnos con el rostro del Presidente saliente, le habíamos visto así, ni siquiera cuando se publicaron los papeles de Bárcenas o salieron a la luz sus mensajes de aliento enviados a su hasta entonces tesorero o cuando todos los españoles pudimos ver sus iniciales relacionadas con el pago en dinero negro que,  presuntamente, se efectuaba en los despachos de Génova.
Era el suyo, el ademán del que acaba de descubrir que le han fallado estrepitosamente todos los planes que había previsto y que aún pretendiendo ocultar las malas sensaciones que le produce comprender que ya no puede hacer casi nada por evitar que suceda algo diametralmente opuesto a cuánto había imaginado, se esfuerza inútilmente por disimular su decepción, en una huida hacia adelante que sin embargo, no podrá impedir la naturaleza de su fracaso.
Infravalorar desde el primer momento las posibilidades de Sánchez, al que su propio Partido parecía condenar, sin juicio, a una desaparición de la escena política, casi forzosa, se ha convertido en uno de los más graves errores políticos cometido por los asesores del PP y por un Mariano Rajoy, que convencido de su inutilidad, dejó pasar su oportunidad de presentarse a una investidura que ahora parece haber perdido, de manera irrecuperable.
Convencido de que la fuerza de los Barones del PSOE con Susana Díaz a la cabeza, conseguirían persuadir a Sánchez de la oportunidad de llegar al gran acuerdo que desde un primer momento han preconizado los populares y Ciudadanos, Rajoy ni siquiera había prestado atención a la posibilidad, más que probable, de que Sánchez se empeñara en lograr otro tipo de coaliciones mucho más orientadas a conseguir un cambio real, llegando a desafiar y a vencer, todas las reticencias de la vieja guardia socialista y con posibilidad de poder, finalmente, ser el nuevo Presidente de este País, sin tener que apoyar al PP, en ninguna de sus propuestas.
Esto explicaría fielmente la parsimonia con que se ha tomado Rajoy este periodo de su vida, que rechazara aceptar la propuesta del Rey para presentarse a la investidura y que ni siquiera haya intentado otras opciones para poder repetir mandato, seguramente mal asesorado por su equipo, o creyéndose mucho más querido de lo que en realidad era, entre el amplio abanico de sus opositores.
Su semblante en la rueda de prensa del pasado Viernes, su manifiesta seriedad, su empecinamiento en proclamarse nuevamente como el vencedor de unas elecciones, que en realidad ha perdido por amplia mayoría y su patetismo al casi suplicar, un acuerdo in extremis con un PSOE, cada vez más lejano de sus planteamientos y cuyo líder se ha convertido para el Presidente en funciones, en una auténtica pesadilla, confirman que está empezando a asumir que no le va a quedar otro remedio que apartarse, para que Pedro Sánchez tome su relevo y precisamente en un momento en el que los gravísimos casos de corrupción que afectan a sus correligionarios, no le permitirán siquiera marcharse con honor, como sin duda le habría gustado.
En un plano totalmente distinto, Pedro Sánchez, que ni siquiera dio importancia al mal gesto de Rajoy a negarse a estrecharle la mano, se presentaba ante los medios con un halo de claro triunfador y con una cierta expresión de haber sido capaz de vencer todas y cada una de las dificultades que le han ido surgiendo desde que se conociera el resultado de los Comicios, reafirmándose en su presunción de poder alcanzar un acuerdo que aunque aún no se ha producido, tiene visos de ser posible.
La próxima semana, creo, tendrá trascendental importancia para lo que pueda ocurrir en un futuro y  los encuentros que se produzcan en el transcurso de los días que vienen, irán seguramente moldeando aquello que pueda suceder, cuando se celebre la sesión de investidura.
Las negociaciones, abiertas hasta el último minuto, las propuestas de los grupos políticos, las concesiones de unos a otros, la buena voluntad y el deseo, casi unánime, de que el PP no vuelva a gobernar en la próxima legislatura, probablemente, harán el resto.
En su intervención del pasado viernes ante los medios, los ojos de Rajoy, a muchos, nos dijeron adiós. Habíamos esperado durante mucho tiempo este momento.



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