domingo, 28 de febrero de 2016

Dos días después del pacto


La intención de voto de los españoles, tras el pacto del PSOE con Ciudadanos, no sólo no aumenta las posibilidades de los socialistas de cara a unos posibles Comicios, sino que coloca a Podemos tres puntos por delante del Partido de Pedro Sánchez y a solo cinco puntos del PP de Mariano Rajoy, que sigue cayendo, tras conocerse los nuevos casos de corrupción que inhabilitan a muchos de sus miembros.
Debía pensar Sánchez que acorralando a Pablo Iglesias con el texto del pacto en la mano y colocándole en la tesitura de que si no votaba a su favor en la Investidura, lo estaría haciendo al lado del PP, conseguiría de la Formación morada, al menos, una abstención, seguro de que por su inexperiencia en cuestiones políticas, se dejaría llevar fácilmente hasta el punto deseado por el socialista, con tal de que no se diera una coincidencia con el voto de los conservadores, a los que ha criticado tan duramente, desde hace tanto tiempo.
Pero la falta de práctica en la política de altos vuelos no convierte a los recién llegados en imbéciles y menos aún, cuando se trata, como en el caso de varios líderes de Podemos,  en politólogos que por su profesión, han de estar necesariamente acostumbrados a barajar toda clase de situaciones más o menos adversas, aunque sólo sea en teoría.
La estrategia del acorralamiento no ha funcionado en absoluto , a pesar de haber obtenido el apoyo de un setenta y nueve por ciento de su militancia y ahora se encuentra, con una Investidura que se le viene encima para los primeros días de esta semana y sin apoyos suficientes para afrontarla, ante la rotunda negativa  de todos los demás Partidos, incluidos los nacionalistas del PNV, que ven en Rivera un enemigo cerval a cualquier insinuación de separatismo, venga de donde venga.
Así que la pompa mediática con que se ha tratado la firma de este acuerdo, se ha visto inmediatamente desinflada por la cruda soledad en que han quedado, tanto el aspirante Sánchez, como su ahora socio Rivera, preludiando que no será posible que la investidura del primero llegue a buen fin y que seguramente, habrá que ir de nuevo a Elecciones.
Contar de antemano con lo que pueden hacer los demás, en esto de la política, supone aceptar un enorme riesgo, sobre todo cuando anteriormente se ha menospreciado a un rival que por otra parte, ha obtenido en las urnas, un mismo número de votos y más aún, si su proyección de futuro, con respecto a la tuya, se intuye de imparable ascenso, mientras tus perspectivas continúan siendo a la baja, probablemente a causa de una mala gestión, que no complace en modo alguno a los ciudadanos que son, en definitiva, los que eligen y destituyen Presidentes.
Pedro Sánchez, ha malinterpretado el mandato de las urnas, decantándose por una derechización que no implica, sino una continuidad en las políticas ejercidas por el PP, durante los últimos cuatro años, en lugar de aceptar que una amplia mayoría del electorado, deseaba un gobierno de progreso, pues de haber querido otra cosa, Albert Rivera estaría ahora justamente en el sitio en que se encuentra Podemos y no en el cuarto lugar que ha obtenido su Formación, en las pasadas elecciones.
El pacto propuesto por la izquierda, al que Sánchez no ha prestado ninguna atención y a cuyas reuniones ni siquiera se ha dignado a acudir, probablemente porque ya se encontraba cerca del acuerdo con Ciudadanos, era sin embargo, la opción por la que apostaban once millones de españoles, que indiscutiblemente, no van a perdonar la falta de respeto que el líder socialista les ha infringido y menos aún, que haya pretendido arrastrar a sus representantes, cuando ya estaba todo decidido, a rubricar obligatoriamente un acuerdo, que en nada se corresponde con las líneas de su pensamiento y mucho menos, con el calado de los programas electorales presentados por todos ellos, antes de las pasadas elecciones.
La estrategia de compararlos ahora con el PP, si no acceden a sus pretensiones, pone en evidencia que la manera de tratar este asunto, por parte del PSOE, no ha sido más que una especie de espejismo que por unos días, hizo pensar a los españoles que el cambio era factible, dejándolos después caer en la cuenta de que lo que desde el principio se buscaba, no era más que una continuidad para el bienestar personal de los partidarios del bipartidismo y de algún otro recién llegado, que como Albert Rivera, no pueden disimular su ambición por pertenecer a la casta reinante en este País y a la que le cuesta admitir que todo se ha transformado.
La negativa de Podemos, la honradez de permanecer fiel a su pensamiento, su atrevimiento al denunciar que este pacto no se corresponde con una voluntad de cambiar y hasta la impertinencia de no dejarse doblegar por la llamada de los poderosos, no puede, sino beneficiarle en el caso de que haya que acudir otra vez a las urnas y ya veremos cómo quedan finalmente los demás, si tal circunstancia se diera.
La mala costumbre de creer que los ciudadanos somos incapaces de entender lo que sucede en política, puede, por primera vez, pasar una enorme factura a aquellos que maquillando a su antojo las verdades más absolutas, pretenden manipular la voluntad popular, siempre en su propio beneficio. 


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