Mientras se barajaba la posibilidad de que Rita Barberá se viera finalmente implicada en la trama de
corrupción de Valencia y algunos dirigentes del PP reclamaban una explicación
sobre lo sucedido, por parte de la ex Alcaldesa, el gobierno en funciones la
colocaba en la Diputación permanente del Senado, asegurándole así un aforamiento que continuará incluso en el caso de que se
celebraran nuevas elecciones.
Recluida en la soledad de sus aposentos, prácticamente desde
el mismo momento en que comenzaran las detenciones de todo su equipo municipal
en Valencia, la señora Barberá, que fue considerada durante años uno de los
pesos más pesados del PP, rehúye ahora un encuentro que debiera ser obligado
con la realidad y trata de huir desesperadamente y de la manera que sea, sin
asumir la enorme responsabilidad que le corresponde en esta trama perfectamente
organizada que esquilmaba los recursos de la Comunidad y cuyos presuntos
autores se encontraban, literalmente, bajo su mando.
Cierto es que el PP tiene una deuda impagable con la que fuera
su más famosa Alcaldesa y que a ella le debe haber obtenido un enorme número de
votos durante muchos años, en el que fuera su feudo, pero los acontecimientos
conocidos en los últimos tiempos y la práctica imposibilidad de que Barberá
desconociera lo que estaba ocurriendo a su alrededor, con las contrataciones
ilegales, el blanqueo de dinero y la financiación de sus propias campañas, hace
imprescindible que el partido le exija una comparecencia
ante los medios, para responder a las múltiples preguntas que se plantean
alrededor de lo que ha ocurrido durante su gestión y cómo se ha podido llegar a
la situación actual, sin que nadie pusiera freno a esta cadena de corruptelas,
que continúa creciendo a diario.
En su lugar y como siempre, los representantes del PP, no
solo tratan de hacer creer que las decisiones a este respecto atañen de manera
personal e intransferiblemente a la ex Alcaldesa, sino que subrepticiamente, le
conceden una prorroga sine die en su ya injusto aforamiento, cuestión que va a
dificultar a partir de ahora y mucho, que exista o no presunción de delito,
Barberá pueda ser imputada en esta causa, como el resto de sus compañeros en el
Ayuntamiento.
Han sido muchas las voces de imputados que en estos días, han
coincidido en resaltar que Barberá conocía a la perfección cada uno de los
detalles de esta trama y que participaba en ellos, pero la maldita ley que
protege la intimidad de los aforados y que tanto daño está haciendo, impidiendo
a la justicia aclarar muchos y graves delitos fiscales, presuntamente cometidos
por políticos, maniata a los investigadores de este caso, que seguramente se
saldará, exclusivamente, con la detención del equipo municipal conservador y la
impunidad de los que disfruten de este privilegio.
Flaco favor hace al PP la decisión tomada ayer, en relación
con la ex Alcaldesa, pues parece poner de manifiesto que se teme la reacción
que hubiera podido tener Barberá, de no haberse asegurado su blindaje en la
Diputación del Senado, ya que como en el caso de Bárcenas, los muchos años que
la ex Alcaldesa ha formado parte de la
Cúpula popular, podrían convertirla en un enemigo peligroso.
Salvaguardar el honor de Barberá, ha debido representar para
Rajoy una prioridad absoluta, porque si hipotéticamente se demostrara su
participación en los hechos de Valencia, no quedaría más remedio que admitir
que las malas prácticas efectuadas allí se habían convertido en algo habitual,
teniendo irremediablemente que responder a la pregunta de si también lo eran,
en otros lugares en los que ha gobernado su Partido.
La salida encontrada ha sido, cuando menos, tomada de una
manera acelerada y burda y no puede impedir, a pesar del intento, que la
justicia inicie un suplicatorio para poder actuar contra Barberá, si se
considerara que está implicada en la trama de Valencia.
Mucho mejor sería, si el PP quiere sobrevivir, admitir los
errores, asumirlos y empezar a intentar una regeneración absoluta que acabe de
un plumazo con la degeneración que se ha instalado entre sus filas y que
avergüenza a los españoles de bien, todos los días, cada vez que se disponen a
leer las noticias.

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