Al final, Pedro
Sánchez se rinde a los encantos de
Albert Rivera y pacta un acuerdo de supuesta gobernabilidad con Ciudadanos,
aunque numéricamente, de no recabar
otros apoyos con urgencia, nunca conseguirá ser investido Presidente de
este País, ni por tanto, formar gobierno.
Han bastado varios encuentros para que el líder socialista se
haya decidido por seguir el sendero marcado por los barones de su Partido,
abandonando la vía más lógica de negociación que la izquierda esperaba como una
oportunidad de cambiar realmente las políticas aplicadas durante los cuatro
años por el PP y que representaría para los españoles, un acercamiento al
progreso.
Pero los señores del bipartidismo han demostrado que más que luchar por los
intereses ideológicos de cada cual, la prioridad en este momento, es liquidar
las aspiraciones de Podemos y el pánico a que Pablo Iglesias y los suyos pudieran formar parte del futuro gobierno, ha
convertido la negociación en un frente común contra las políticas de izquierdas
en general, lo que seguramente y si no se produce un milagro de última hora,
nos llevará de cabeza, a la celebración de nuevos Comicios.
Pero reflexionando sobre lo ocurrido, si el miedo a que
Podemos pueda alcanzar ciertas cotas de poder, se coloca por encima del interés
general de los españoles, la falta de respeto que se comete contra los cinco
millones de ciudadanos que votaron al Partido de Iglesias en las próximas
elecciones, empieza a convertirse en una constante intolerable, que
probablemente habrán de soportar durante los próximos cuatro años, si es que
finalmente, alguien consigue formar gobierno.
La campaña de permanente desprestigio que determinados medios
de comunicación han venido practicando contra la Formación morada durante los
últimos tiempos y las acusaciones de colaboracionismo con ciertos regímenes
totalitarios que los de Podemos han negado siempre, sin duda, han contribuido a
que la balanza se incline hacia el que se podría considerar como un Partido
típicamente tradicional, en su fondo y sobre todo, en sus formas, que asegure
la continuidad del modelo social en el que ahora vivimos, evitando que puedan
transformarse radicalmente, ciertas situaciones incómodas, que sin embargo
benefician y mucho, a los altos cargos de los Partidos principales.
Pero la celebración de nuevas elecciones, no garantiza en
modo alguno, el éxito de PP y PSOE, seriamente tocados, el uno por la
corrupción y el otro por las luchas internas, ni ese hundimiento deseado para
Podemos por sus adversarios más directos, con el argumento de que dejará pasar
la oportunidad de hacer Presidente a Pedro Sánchez, votando lo mismo que Rajoy
en la investidura y quedándose descolgado del pacto de gobierno.
Lo que nadie parece entender, es que en esto de la política, uno se debe a sus
principios y que abdicar de ellos, traicionarlos, hacer concesiones ideológicas
en contra del mandato de aquellos que votaron una determinada opción, supondría
no solo una descalificación absoluta para el que lo practique, sino que además,
acabaría de un plumazo con la credibilidad de la Formación en cuestión, de cara
a próximos Comicios.
Pablo Iglesias seguramente no accederá a las pretensiones de
Sánchez y con toda probabilidad, Podemos votará en contra de su investidura,
por una mera cuestión de coherencia.
Desde el principio, ha sido meridianamente claro con sus
exigencias y no se puede ni se debe olvidar que ha sido literalmente, ignorado,
por los socialistas, que ni siquiera han tenido la decencia de reunirse con él, a pesar de que,
teóricamente, ese pacto hubiera tenido mayor consistencia.
Puestos a culpabilizar, los ciudadanos también podrían acusar
a Pedro Sánchez de estas acciones del todo incomprensibles y ya lo dijimos
ayer, si pierde, ya puede despedirse de ser el candidato en las próximas elecciones,
porque Susana Sánchez, espera su momento.

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