Cercado por las circunstancias, Mariano Rajoy recibe por
primera vez a Pablo Iglesias en Moncloa, buscando una salida consensuada al
problema catalán, que se le ha ido escapando de las manos con cada una de las
medidas que ha ido poniendo en práctica y que ahora le avasalla como un
torrente, obligándole a abandonar la incomprensible manía de tomar decisiones
en solitario, que adquirió desde el mismo momento en que fue nombrado
Presidente, allá en Noviembre de 2011.
Al final, ha tenido que aceptar que los Partidos emergentes
también cuentan, y mucho, en el panorama político actual y no le ha quedado
otra que convocar a sus líderes, ante el convencimiento de que los resultados
de las próximas elecciones generales, supondrá un cambio importante en la
composición del Parlamento.
Nunca antes habíamos visto a Rajoy tan dispuesto a dialogar
con el resto de las Fuerzas políticas, por lo que habremos de creer que la
cercanía de los comicios y los augurios que para el PP se desprenden de las
encuestas, han tenido necesariamente que influir en la difícil decisión de
convocar a dos de sus adversarios más directos. A Rivera, porque tras su
triunfo en Cataluña, puede ser uno de los pocos aliados que le queden frente al
azote nacionalista y a Iglesias, porque su importancia mediática hace
imprescindible que se le incluya en cualquier ronda de contactos, si no se
quiere provocar la ira de sus numerosos seguidores.
Como cabía esperar,
hubo coincidencias entre el líder de Ciudadanos y el Presidente y casi ninguna
con el de Podemos, como quedó patente en la posterior rueda de prensa ofrecida,
en la que un Rajoy visiblemente nervioso, ni siquiera se dignaba a pronunciar
el nombre de la persona con la que acababa de estar, como le ocurre cada vez
que le desagrada hablar de alguien y las preguntas de los informadores le
obligan a referirse a él de manera directa.
Sin embrago y por mucho que le pese al Presidente, este
encuentro es sin duda, una de las noticias más importantes de cuántas se han
producido en los últimos tiempos, teniendo en cuenta que hace apenas un año,
los seguidores de Podemos eran calificados reiteradamente por el PP, como
radicales anti sistema o como simples perros flautas procedentes de las
“hordas” que propiciaron el 15M.
Mucho ha cambiado la historia desde entonces, hasta el punto
de que no ha quedado otro remedio que contar con la opinión de Iglesias para
cualquier asunto de interés nacional, poniendo en evidencia que en esto de la
política no hay enemigo pequeño y que debe evitarse entrar en descalificaciones
contra quiénes, a corto o largo plazo, pueden transformarse en claros oponentes
capaces de llegar al poder, o al menos de tener peso en las Instituciones más
importantes que conforman el Estado.
Que no hay simpatía entre ellos, se nota. Pero las funciones
de un Presidente incluyen la obligación de recibir y escuchar todo aquello que
tengan que exponer los que capitanean los principales Partidos y Pablo Iglesias
se estaba convirtiendo en la en la excepción que confirmaba la regla.
Ha tenido Rajoy, que bajarse de la Atalaya desde la que
dominaba tiránicamente el destino de los españoles y posar los pies en el
suelo, haciendo oficial, con este encuentro, que Podemos existe y que su
importancia en el panorama político español es real, pese a quien pese y duela
a quién le duela.
Mucho me gustaría saber qué pensó el Presidente cuando tuvo
enfrente a Iglesias en la Moncloa y si fue capaz de admitir en la corta
distancia, su capacidad de liderazgo.
A Iglesias, le queda al menos, la satisfacción de que el
primer paso para este esperadísimo encuentro, lo ha dado, precisamente, aquel
que tanto le criticó en el pasado y que ahora, gustándole o no, le ha tenido
que estrechar la mano, consagrándole como uno de los líderes más importantes de
los últimos tiempos.
Quién nos iba a decir que sería Rajoy el que le diera la
alternativa en el mundo de las grandes decisiones políticas.

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