Con un tono de gravedad, que recordaba a las intervenciones
de los principales líderes europeos durante la segunda Guerra mundial,
Françoise Holland se dirigió ayer al Parlamento francés, para confirmar que su
gobierno considera los atentados
terroristas del pasado viernes, como una acción de guerra y para
desvelar las medidas que se han puesto inmediatamente en aplicación, en todo el
País y que conlleva una especie de
estado de excepción encubierto, que recorta ostensiblemente, la libertad
de movimientos.
Respaldado por todos los grupos parlamentarios, que entonaron
emotivamente, al final del discurso del Presidente, el himno de La Marsellesa,
Holland afronta los días venideros, además de recrudeciendo los bombardeos
sobre Siria, proponiendo una reforma inmediata de su Constitución, para
endurecer severamente las penas por apología y comisión de actos terroristas. Al
mismo tiempo, continuaban los registros y las detenciones masivas en Francia y
en Bélgica, al sospechar que uno de los asesinos pudiera haberse refugiado allí
y considerándose que existe en ese territorio, en estos momentos, un enorme
riesgo de atentado, que ha obligado, incluso, a suspender el partido que la
selección española de fútbol pensaba disputar hoy allí, de manera irrevocable.
Es este ambiente casi
bélico, los franceses tratan de recuperar la normalidad, tras el mazazo sufrido
y comienzan a tomar de nuevo las calles, fuertemente custodiadas por las
fuerzas del orden y el ejército, demostrando al mundo que la población está
dispuesta a superar el estigma del miedo y que no desea rendirse al chantaje
que el terror pretende llevar a cabo, con sus incomprensibles acciones.
Prestos a resistir y lidiando como cada cual puede con la
idea de que el ataque ha provenido, precisamente, de ciudadanos de su misma
nacionalidad, los franceses buscan amparo en las decisiones tomadas por su
gobierno y esperan, con serenidad, que el mal momento pase, para poder retomar,
aunque ya nunca será igual, las riendas de sus vidas.
Como siempre, Europa se pierde en conversaciones inútiles,
que a la vista está, casi nunca dan un resultado brillante y convoca, cómo no,
reuniones de líderes, en apoyo de una Francia, que igual que ocurriera en 2004
con España, quizá espera otro tipo de solidaridad, más encaminada a resolver de
verdad, las bases del conflicto.
Mientras que ellos hablan, muchas personas han perdido
inútilmente la vida en Londres, Madrid, Paris, Estambul, Túnez, Kenia o
Estambul, Siria, Yemen o Irak, sin que
se atisbe la menor posibilidad de acuerdo entre las partes que conforman este
conglomerado de terroríficos ataques que no pueden generar, más que un aumento
de la violencia.
Son, somos, los inocentes, los que al margen de intereses
económicos, ideológicos, religiosos o del cariz que fueren, nos afanamos sobre
todas las cosas en defender la paz y la igualdad, entre todos los seres humanos
y que esperamos, quizá con cierta ingenuidad, que los hombres seamos capaces de
resolver nuestras diferencias, únicamente con la fuerza del respeto por el
contrario.
Todos tenemos, aún, la esperanza de que la pacificación sea
posible. Aunque para ello haya que hacer algunas concesiones a favor de una justicia
social real e ir olvidando el estatus hegemónico que Occidente ha mantenido
hasta ahora, para compartir la riqueza entre todos, como mandarían los cánones
de una igualdad, entre todos los seres humanos, sin que importe su procedencia.

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