martes, 17 de noviembre de 2015

Estado de excepción


Con un tono de gravedad, que recordaba a las intervenciones de los principales líderes europeos durante la segunda Guerra mundial, Françoise Holland se dirigió ayer al Parlamento francés, para confirmar que su gobierno considera los atentados  terroristas del pasado viernes, como una acción de guerra y para desvelar las medidas que se han puesto inmediatamente en aplicación, en todo el País y que conlleva una especie de  estado de excepción encubierto, que recorta ostensiblemente, la libertad de movimientos.
Respaldado por todos los grupos parlamentarios, que entonaron emotivamente, al final del discurso del Presidente, el himno de La Marsellesa, Holland afronta los días venideros, además de recrudeciendo los bombardeos sobre Siria, proponiendo una reforma inmediata de su Constitución, para endurecer severamente las penas por apología y comisión de actos terroristas. Al mismo tiempo, continuaban los registros y las detenciones masivas en Francia y en Bélgica, al sospechar que uno de los asesinos pudiera haberse refugiado allí y considerándose que existe en ese territorio, en estos momentos, un enorme riesgo de atentado, que ha obligado, incluso, a suspender el partido que la selección española de fútbol pensaba disputar hoy allí, de manera irrevocable.
 Es este ambiente casi bélico, los franceses tratan de recuperar la normalidad, tras el mazazo sufrido y comienzan a tomar de nuevo las calles, fuertemente custodiadas por las fuerzas del orden y el ejército, demostrando al mundo que la población está dispuesta a superar el estigma del miedo y que no desea rendirse al chantaje que el terror pretende llevar a cabo, con sus incomprensibles acciones.
Prestos a resistir y lidiando como cada cual puede con la idea de que el ataque ha provenido, precisamente, de ciudadanos de su misma nacionalidad, los franceses buscan amparo en las decisiones tomadas por su gobierno y esperan, con serenidad, que el mal momento pase, para poder retomar, aunque ya nunca será igual, las riendas de sus vidas.
Como siempre, Europa se pierde en conversaciones inútiles, que a la vista está, casi nunca dan un resultado brillante y convoca, cómo no, reuniones de líderes, en apoyo de una Francia, que igual que ocurriera en 2004 con España, quizá espera otro tipo de solidaridad, más encaminada a resolver de verdad, las bases del conflicto.
Mientras que ellos hablan, muchas personas han perdido inútilmente la vida en Londres, Madrid, Paris, Estambul, Túnez, Kenia o Estambul, Siria, Yemen o Irak,  sin que se atisbe la menor posibilidad de acuerdo entre las partes que conforman este conglomerado de terroríficos ataques que no pueden generar, más que un aumento de la violencia.
Son, somos, los inocentes, los que al margen de intereses económicos, ideológicos, religiosos o del cariz que fueren, nos afanamos sobre todas las cosas en defender la paz y la igualdad, entre todos los seres humanos y que esperamos, quizá con cierta ingenuidad, que los hombres seamos capaces de resolver nuestras diferencias, únicamente con la fuerza del respeto por el contrario.

Todos tenemos, aún, la esperanza de que la pacificación sea posible. Aunque para ello haya que hacer algunas concesiones a favor de una justicia social real e ir olvidando el estatus hegemónico que Occidente ha mantenido hasta ahora, para compartir la riqueza entre todos, como mandarían los cánones de una igualdad, entre todos los seres humanos, sin que importe su procedencia.

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