Va a ser ésta, una campaña electoral salpicada por la
polémica y no sólo por las divergencias que en relación a los problemas
nacionales tienen los partidos entre sí, sino porque tampoco se ponen de
acuerdo sobre lo que se debe hacer con el problema del terrorismo islamista,
que por desgracia, ha irrumpido en nuestras vidas, de la peor manera posible.
Dependerá y mucho, el voto de los españoles, de lo que
transmita cada cual en los días venideros y de si son capaces o no, de levantar
el ánimo de una Sociedad, demasiado acosada por las crisis y el miedo, en los
últimos tiempos.
De momento, todas las preocupaciones sobre la economía, que
nos acuciaban profundamente hasta hace sólo un par de semanas, han sido
desplazadas de un manotazo por los sangrientos atentados de París y hasta
desaparecido de las discusiones en los debates, dando paso a la prioridad de
velar por la seguridad de los ciudadanos, en todas las ciudades del Continente.
Ya sabíamos, más o menos, cómo presentarían sus programas de
cara a las próximas Elecciones Generales y a qué tipo de pensamiento
pertenecían, aunque algunos se esforzaran denodadamente en ocultar sus
auténticas tendencias.
En razón a esto, muchos habíamos decidido ya el voto, pero
los atentados recientes, añaden al fragor de la campaña un tema de vital
importancia, que puede influir grandemente en nuestro futuro y conviene ahora,
reflexionar un poco más, sobre qué postura apoyaríamos, antes de acudir a las
urnas.
Rajoy, de momento, no asistirá al Debate organizado por La Sexta, en el que sí
aparecerán, Sánchez, Iglesias y Rivera y se conforma con enviar a Soraya Sainz
de Santamaría, en avanzadilla, a enfrentarse con los opositores, no se sabe
bien, si por temor a ser fagocitado en el cara a cara, por el probable ataque
en común de los otros participantes, o porque espera, de un momento a otro, la
llamada del Gobierno francés, exigiéndole ayuda en el asunto de los bombardeos
y prefiere pensar en soledad, qué respuesta podría ofrecerle.
Vuelve a cometer el error de escudarse en otro, en lugar de
aparecer delante de su pueblo, en un momento tan crucial como éste y aunque la
táctica le ha dado buenos resultados mientras le amparaba la mayoría absoluta
que tenía detrás, aquí y ahora, le va a resultar prácticamente imposible ofrecer
una explicación coherente a su ausencia en un Debate de tanta importancia.
Porque a los españoles nos gustaría oír de su boca si piensa
o no intervenir en la Guerra con Siria, en el caso de que gane las Generales,
antes de acudir a las urnas y poder emitir nuestro voto, en total libertad,
sabiendo qué intenciones albergan en esta cuestión, todos y cada uno de los
aspirantes y principalmente, el que todavía es nuestro Presidente.
Frente a eso, tendremos que conformarnos con lo que nos
quiera decir Soraya, que se defiende mejor que Rajoy en el cuerpo a cuerpo,
pero que no es el candidato del PP y rezar para que las promesas que nos haga,
se cumplan esta vez y no se conviertan en papel mojado, como ha venido
ocurriendo en la pasada legislatura, para desgracia nuestra.
Entretanto, sabemos que mientras Sánchez y Rivera apoyan el
pacto antiterrorista, Iglesias se desmarca ofreciendo otras medidas menos
violentas, que también podrían alcanzar la resolución del conflicto, pero que resultarían ciertamente incómodas a los
gobiernos europeos, pues se trata de levantar secretos bancarios y a muchos, no
les interesa.
En esta encrucijada, no podemos perder de vista, por nuestro
bien, las propuestas que afectan a nuestra vida cotidiana y que tantos
disgustos nos han reportado durante los últimos cuatro años, por lo que estamos
ávidos de recibir información y será seguramente, en los Debates, dónde la
mayoría de los españoles encuentren una fuente de inspiración para decidir a
quién otorgarán su confianza, el próximo veinte de Noviembre.
Mientras los principales líderes cargan pilas para brillar
ante las cámaras de televisión y atraer los votos de los ciudadanos, Mariano
Rajoy se oculta, cómo no, entre las cuatro paredes del castillo inexpugnable en
que ha estado encerrado, desde que asumiera el poder.
¡Qué vergüenza!

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