Con el corazón roto por la intensidad de la tragedia, los
franceses se enfrentan a la incertidumbre de un futuro, de momento, amenazado
por una sensación de terror, que tardará mucho tiempo en suavizarse,
permitiéndoles recuperar una pacífica rutina.
Con todos los instrumentos del Estado al servicio de una
investigación que promete ser larga y difícil, por lo enrevesado de la trama
asesina, respirar con normalidad, en una ciudad prácticamente tomada por el
ejército y las fuerzas del orden, resulta para la sociedad en general,
prácticamente imposible.
No olvidemos que Francia es uno de los países que tuvieron
colonias musulmanas durante mucho tiempo y que por tanto, cuenta con una
nutrida población procedente de ellas, que empezaron a asentarse en todas las
ciudades del País, hace ya varias décadas, pero que en muchos casos y víctimas
de una enorme marginación, no han conseguido integrarse en las costumbres
galas, permaneciendo en auténticos guetos y convirtiéndose potencialmente, en
susceptibles de ser captados por los movimientos del islamismo radical.
Hay pues en Francia, muchos probables sospechosos y aunque no
se puede ni se debe criminalizar por motivos xenófobos a una parte de la
población que con toda seguridad, permanece al margen del conflicto, el miedo,
la duda y la magnitud de la masacre, aumentan por sí mismos la capacidad de desconfiar,
terminando por convertir la vida de personas inocentes, en un auténtico
calvario de persecución, del que les será imposible escapar, simplemente por una cuestión de procedencia.
Holland parece
superado con creces por la tragedia, dando la sensación de no estar preparado
para afrontar acontecimientos como éste y aunque ya ha expresado la intención
de continuar en la línea que seguía, incluso bombardeando Siria de nuevo, quizá
como una inmediata respuesta, la dificultad del momento impone, al menos, una
honda reflexión sobre el camino a seguir a partir de ahora, en vista de los
espantosos resultados obtenidos con las medidas adoptadas hasta este momento.
La vía de la negociación, que debiera acometer Europa, si no
quiere que actos como el de Paris, se conviertan en cotidianos en cualquiera de
sus ciudades, parece sin embargo agotada, al menos mientras no se solucione de
manera digna, la situación de los miles
de refugiados que se hacinan en las fronteras de las grandes potencias del
Continente.
Y sin embargo, el intenso dolor no debe nublar el
entendimiento, ni puede suponer una parada en seco en la intención de hallar
una vía que logre pacificar los territorios en guerra, no ya porque puedan
reportar beneficios a las grandes potencias, sino por una simple cuestión de
humanidad, que parece faltar, desde hace muchísimo tiempo, en las relaciones
establecidas entre Oriente y Occidente.
La injustificación del terrorismo, no puede constituir un
móvil para responder con execrable violencia, sobre la población civil que
habita, por ejemplo Siria y que soporta una espiral de terror, seguramente
bastante parecida a la que pudieron experimentar las víctimas de los atentados
en Paris, el viernes por la noche.
Todos necesitamos, fundamentalmente y por derecho, vivir en
paz y para ello, resulta imprescindible empezar a pensar más en el bienestar de
los seres humanos, y mucho menos, en los valores crematísticos.

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