Una sombra fantasmagórica de terror se apoderó la noche del
Viernes de París, recorriendo sus calles como una nebulosa oscura que sembrando
la muerte a su paso, cubrió con la sangre de los inocentes, una ciudad hasta
entonces llena de vida, que nunca más volverá a recuperar la luz que la hizo
famosa en todo el mundo.
La barbarie, la incultura, la forma más terrible de
desesperación y el fanatismo exacerbado que confunde las creencias con la sed
de una venganza, inexplicablemente dirigida hacia seres sin culpa, vuelve a
golpear el corazón mismo de una Europa, degradada hasta la inmundicia por el
frenesí globalizador de sus dirigentes, pero a cuyos ciudadanos, ni siquiera se
les ofrece la oportunidad de intervenir en las decisiones políticas que se
toman en las altas esferas.
Como ya ocurriera en Madrid hace más de diez años, son
precisamente esos ciudadanos los que se convierten en víctimas de las formas
más terribles de violencia, recordando con su muerte incomprensible a los
líderes que les gobiernan que ninguna decisión es gratuita, aunque a ellos
nunca les toque pagar, en carne propia, la magnitud de sus errores.
Mucho sabemos los
españoles de esta clase de injusticia, desde que perdimos de manera
irrecuperable, la alegría, aquel 11 de Marzo de 2004, en aquellos trenes de la
muerte.
Quizá por eso, somos los que desde el corazón, compartimos de
forma más directa los sentimientos de miedo, rabia y asombro que ahora mismo
deben azotar a la Sociedad francesa, atenazando las gargantas ante la
inmensidad de una catástrofe inaceptable para la comprensión de cualquier ser
humano normal, pues resulta casi imposible pensar que tales actos puedan
provenir de individuos pertenecientes a nuestra misma especie.
Las imágenes de la desolación, hablan por sí mismas de hasta
dónde se pude llegar cuando el fanatismo nubla la razón de los débiles y de
hasta qué punto resulta demasiado fácil alienar las conciencias de los
desheredados de la tierra, para convertirlas en esclavas de la más desesperada
ignorancia, encadenándolas para siempre al odio ancestral hacia los que
consideran culpables de la miseria económica e intelectual que les impide
acceder a una vida mejor, que sin duda merecen, por el mero hecho de pertenecer
a la raza humana.
No cabe más, que preguntarse si no serán los muros levantados
por la mano del hombre entre Oriente y Occidente, la desidia para resolver los
graves conflictos que separan a dos civilizaciones asentadas en dos mundos
separados por siglos de intolerancia, injusticia social y dominación del uno
sobre el otro, por la fuerza de la violencia, los que han creado este monstruo
imposible de controlar, que de vez en cuando se desliza en la oscuridad,
atrapando entre sus garras sanguinolentas cuanto puede, para demostrar que a
pesar de todo, sigue vivo y es capaz, de sembrar en sólo unos momentos, una
semilla de terror, en cualquiera de nuestras impolutas ciudades.
Los nombre de los que mueren, sus historias personales y la
desolación de los suyos, las lágrimas sinceras de los pueblos, ya deberían
bastar a los políticos para reflexionar, no sólo sobre los errores que
reiteradamente cometieron, sino también sobre las acciones que emprenderán a
partir de ahora y que más bien, debieran ir encaminadas a resolver de una vez,
las enormes diferencias que nos separan de los territorios de miseria en que se
ven obligados a vivir, aquellos que tanto nos aborrecen.
Decía Pablo Iglesias ayer, que ahora no es tiempo de venganza
y es verdad, ahora es tiempo, fundamentalmente, de recogimiento, de no caer, de
ninguna manera, en la tentación de responder a la violencia con violencia y de
apostar, precisamente desde el dolor, porque sea posible tender puentes que
potencien el entendimiento entre todos, para que nada de esto vuelva a
repetirse jamás, ni en Oriente, ni en Occidente.

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