domingo, 15 de noviembre de 2015

Noche de tinieblas


Una sombra fantasmagórica de terror se apoderó la noche del Viernes de París, recorriendo sus calles como una nebulosa oscura que sembrando la muerte a su paso, cubrió con la sangre de los inocentes, una ciudad hasta entonces llena de vida, que nunca más volverá a recuperar la luz que la hizo famosa en todo el mundo.
La barbarie, la incultura, la forma más terrible de desesperación y el fanatismo exacerbado que confunde las creencias con la sed de una venganza, inexplicablemente dirigida hacia seres sin culpa, vuelve a golpear el corazón mismo de una Europa, degradada hasta la inmundicia por el frenesí globalizador de sus dirigentes, pero a cuyos ciudadanos, ni siquiera se les ofrece la oportunidad de intervenir en las decisiones políticas que se toman en las altas esferas.
Como ya ocurriera en Madrid hace más de diez años, son precisamente esos ciudadanos los que se convierten en víctimas de las formas más terribles de violencia, recordando con su muerte incomprensible a los líderes que les gobiernan que ninguna decisión es gratuita, aunque a ellos nunca les toque pagar, en carne propia, la magnitud de sus errores.
 Mucho sabemos los españoles de esta clase de injusticia, desde que perdimos de manera irrecuperable, la alegría, aquel 11 de Marzo de 2004, en aquellos trenes de la muerte.
Quizá por eso, somos los que desde el corazón, compartimos de forma más directa los sentimientos de miedo, rabia y asombro que ahora mismo deben azotar a la Sociedad francesa, atenazando las gargantas ante la inmensidad de una catástrofe inaceptable para la comprensión de cualquier ser humano normal, pues resulta casi imposible pensar que tales actos puedan provenir de individuos pertenecientes a nuestra misma especie.
Las imágenes de la desolación, hablan por sí mismas de hasta dónde se pude llegar cuando el fanatismo nubla la razón de los débiles y de hasta qué punto resulta demasiado fácil alienar las conciencias de los desheredados de la tierra, para convertirlas en esclavas de la más desesperada ignorancia, encadenándolas para siempre al odio ancestral hacia los que consideran culpables de la miseria económica e intelectual que les impide acceder a una vida mejor, que sin duda merecen, por el mero hecho de pertenecer a la raza humana.
No cabe más, que preguntarse si no serán los muros levantados por la mano del hombre entre Oriente y Occidente, la desidia para resolver los graves conflictos que separan a dos civilizaciones asentadas en dos mundos separados por siglos de intolerancia, injusticia social y dominación del uno sobre el otro, por la fuerza de la violencia, los que han creado este monstruo imposible de controlar, que de vez en cuando se desliza en la oscuridad, atrapando entre sus garras sanguinolentas cuanto puede, para demostrar que a pesar de todo, sigue vivo y es capaz, de sembrar en sólo unos momentos, una semilla de terror, en cualquiera de nuestras impolutas ciudades.
Los nombre de los que mueren, sus historias personales y la desolación de los suyos, las lágrimas sinceras de los pueblos, ya deberían bastar a los políticos para reflexionar, no sólo sobre los errores que reiteradamente cometieron, sino también sobre las acciones que emprenderán a partir de ahora y que más bien, debieran ir encaminadas a resolver de una vez, las enormes diferencias que nos separan de los territorios de miseria en que se ven obligados a vivir, aquellos que tanto nos aborrecen.
Decía Pablo Iglesias ayer, que ahora no es tiempo de venganza y es verdad, ahora es tiempo, fundamentalmente, de recogimiento, de no caer, de ninguna manera, en la tentación de responder a la violencia con violencia y de apostar, precisamente desde el dolor, porque sea posible tender puentes que potencien el entendimiento entre todos, para que nada de esto vuelva a repetirse jamás, ni en Oriente, ni en Occidente.


No hay comentarios:

Publicar un comentario