miércoles, 25 de noviembre de 2015

Primavera truncada


 Cuando Túnez consiguió escapar de los fantasmas que la anclaban a su pasado, reconduciendo su camino hacia la libertad y el respeto del que tanto había carecido en su historia reciente, muchos de nosotros no pudimos reprimir la emoción, comprendiendo como comprendíamos, por haber caminado por la misma penumbra, todas esas sensaciones maravillosas que nos embargan cuando, por fin, sabemos que nos espera otro futuro.
Fue aquella primavera con olor a jazmines, como un recuerdo de nuestra transición hacia la Democracia, en un momento, en el que todo parecía empezar a derrumbarse a nuestro alrededor, podrido por inestabilidad de una crisis terrible, como si de repente se hubieran despertado las conciencias, anhelando, otra vez y en otro sitio, un hueco por el que escapar del yugo de la sumisión que se nos empezaba a imponer en España.
Ya avisamos entonces del riesgo que corría la Sociedad tunecina, de ser abducida, bien por las reglas del juego occidentales, bien por las del radicalismo islámico y deseamos, como no podría ser de otra manera, que fuera capaz de construir su propia identidad, lejos de cualquier influencia.
Y en principio, nos pareció que lo habían conseguido, que el esfuerzo de aquel pueblo valiente, que había tomado pacíficamente las calles reclamando sus más elementales derechos, había dado el fruto apetecido y que a Túnez, ya sólo le quedaba, crecer y afianzar su naciente Democracia, sobre cimientos sólidos y duraderos, que la convirtieran en un Estado libre y moderno.
Está claro que no todo el mundo deseaba lo mismo y los tres atentados sangrientos perpetrados en este país, en un corto espacio de tiempo, vienen a demostrar que la intolerancia, del signo que sea, puede truncar en solo un instante, las aspiraciones de un pueblo, inestabilizando gravemente todo el proceso, e incluso privando de su primera fuente de recursos al Estado, ahuyentando al turismo.
Este último golpe, asestado en pleno centro de la Capital, dentro de un autobús en el que viajaban varios miembros de la escolta presidencial y en hora punta, pone en evidencia que los objetivos de los terroristas no solo se encuentran ahora en el corazón de la vieja Europa, sino también en países que culturalmente, podrían resultarles más afines y que quizá desean anexionarse, sin dejarles decidir, en libertad, lo que verdaderamente desean.
Romper las ilusiones de Túnez, el fruto obtenido con su lucha, la estabilidad de su joven Democracia y las esperanzas puestas en un futuro que podría haberle sonreído, convirtiéndola en un ejemplo, es, como poco, un ataque intolerable a los deseos de sus ciudadanos y acarrea un grave retroceso en el proceso iniciado, hace apenas unos años.
La única diferencia evidente entre estos atentados y los de Paris, por ejemplo, es la peligrosísima cercanía territorial que Túnez tiene con sus propios enemigos y la poca o nula preparación que esta nación, recién nacida de la oscuridad, posee para combatir esta sinrazón, que parece dispuesta a imponer, por la fuerza de la violencia, su pensamiento.
Igual que se colabora con Francia, no se puede ni se debe abandonar a Túnez en estos momentos de pánico, sola, a su suerte, a merced de un destino, probablemente más que incierto.
Se lo debemos. Por devolvernos la esperanza en que los seres humanos somos capaces de conseguir lo que nos propongamos, si estamos unidos y por aquellas lágrimas de emoción que nos arrancaron, mientras cantaban victoriosos por sus calles.


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