Cuando Túnez consiguió
escapar de los fantasmas que la anclaban a su pasado, reconduciendo su camino
hacia la libertad y el respeto del que tanto había carecido en su historia
reciente, muchos de nosotros no pudimos reprimir la emoción, comprendiendo como
comprendíamos, por haber caminado por la misma penumbra, todas esas sensaciones
maravillosas que nos embargan cuando, por fin, sabemos que nos espera otro
futuro.
Fue aquella primavera con olor a jazmines, como un recuerdo
de nuestra transición hacia la Democracia, en un momento, en el que todo
parecía empezar a derrumbarse a nuestro alrededor, podrido por inestabilidad de
una crisis terrible, como si de repente se hubieran despertado las conciencias,
anhelando, otra vez y en otro sitio, un hueco por el que escapar del yugo de la
sumisión que se nos empezaba a imponer en España.
Ya avisamos entonces del riesgo que corría la Sociedad
tunecina, de ser abducida, bien por las reglas del juego occidentales, bien por
las del radicalismo islámico y deseamos, como no podría ser de otra manera, que
fuera capaz de construir su propia identidad, lejos de cualquier influencia.
Y en principio, nos pareció que lo habían conseguido, que el
esfuerzo de aquel pueblo valiente, que había tomado pacíficamente las calles
reclamando sus más elementales derechos, había dado el fruto apetecido y que a
Túnez, ya sólo le quedaba, crecer y afianzar su naciente Democracia, sobre
cimientos sólidos y duraderos, que la convirtieran en un Estado libre y
moderno.
Está claro que no todo el mundo deseaba lo mismo y los tres
atentados sangrientos perpetrados en este país, en un corto espacio de tiempo,
vienen a demostrar que la intolerancia, del signo que sea, puede truncar en
solo un instante, las aspiraciones de un pueblo, inestabilizando gravemente
todo el proceso, e incluso privando de su primera fuente de recursos al Estado,
ahuyentando al turismo.
Este último golpe, asestado en pleno centro de la Capital,
dentro de un autobús en el que viajaban varios miembros de la escolta
presidencial y en hora punta, pone en evidencia que los objetivos de los
terroristas no solo se encuentran ahora en el corazón de la vieja Europa, sino
también en países que culturalmente, podrían resultarles más afines y que quizá
desean anexionarse, sin dejarles decidir, en libertad, lo que verdaderamente
desean.
Romper las ilusiones de Túnez, el fruto obtenido con su
lucha, la estabilidad de su joven Democracia y las esperanzas puestas en un futuro
que podría haberle sonreído, convirtiéndola en un ejemplo, es, como poco, un
ataque intolerable a los deseos de sus ciudadanos y acarrea un grave retroceso
en el proceso iniciado, hace apenas unos años.
La única diferencia evidente entre estos atentados y los de
Paris, por ejemplo, es la peligrosísima cercanía territorial que Túnez tiene
con sus propios enemigos y la poca o nula preparación que esta nación, recién
nacida de la oscuridad, posee para combatir esta sinrazón, que parece dispuesta
a imponer, por la fuerza de la violencia, su pensamiento.
Igual que se colabora con Francia, no se puede ni se debe
abandonar a Túnez en estos momentos de pánico, sola, a su suerte, a merced de
un destino, probablemente más que incierto.
Se lo debemos. Por devolvernos la esperanza en que los seres
humanos somos capaces de conseguir lo que nos propongamos, si estamos unidos y
por aquellas lágrimas de emoción que nos arrancaron, mientras cantaban victoriosos
por sus calles.

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