Una ola imparable de alarmismo feroz recorre Europa, tras los
atentados de París y las redes sociales se han convertido en un vehículo
transmisor de las mentes calenturientas que se complacen en anunciar inminentes
catástrofes en las grandes ciudades del viejo continente, sin que se pueda
comprender a qué conducen tales afirmaciones o que alguien pueda disfrutar
aterrorizando a la población, con bromas de pésimo gusto, como éstas.
La gravedad de la situación, los registros y detenciones
constantes e incluso el discurso del Ministro Valls, alertando de la
posibilidad de que pudiera producirse un ataque con armas bacteriológicas,
ayudan ostensiblemente a elevar el pánico generalizado y parecen confirmar que
el poder de los grupos radicales islamistas, resulta ser ilimitado, como si
fuera imposible hallar una solución que suavizara las afiladas aristas de este
conflicto.
A medida que van apareciendo imágenes de los lugares en los
que se produjeron los ataques y las investigaciones policiales van desvelando
el engranaje de la complicada maquinaria que se puso en funcionamiento en el
mismo corazón de Europa, va subiendo esta psicosis de terror, capaz de
paralizar cuerpos y mentes con su fatalismo exacerbado y cada vez parece más
difícil escapar a la avalancha mediática que nos invade, ofreciendo casi cada
minuto, nuevas noticias, sin que sepamos muy bien cómo canalizar toda esa
información, ni qué medidas podríamos adoptar, para escapar de una eventual
tragedia.
Al mismo tiempo, van apareciendo fotografías de los
terroristas considerados como los cerebros de
las operaciones y en algunos casos, conociendo el perfil y la
preparación intelectual de los mismos, cuesta creer que puedan siquiera ser
capaces de imaginar nada que trascienda al manejo de un arma, por motivos de
fanatismo.
Pero matar es, desgraciadamente muy fácil y cualquiera puede
hacerlo, aunque para poner en marcha y coordinar operaciones de este calibre,
nos parezca que se necesita mucho más que un odio ancestral hacia los occidentales
o la exaltación de alguien que nada tiene que perder y a quien no le importa,
en su delirio, ni siquiera su propia vida.
Crudo lo tiene el
gobierno francés para detener a los fugados, si se considera que desde la
antigüedad, la guerra de guerrillas ha conseguido más triunfos que las grandes
batallas y aunque en este caso, Francia dispone de los más sofisticados
mecanismos que le brinda la tecnología actual, que un par de hombres se
pierdan, en ciudades como París o Bruselas, es absolutamente posible.
No olvidemos, que los yihadistas podrían contar con mucho más
apoyo del que nos gustaría admitir y habría que preguntarse de parte de quién
se pondrían los musulmanes si se declara abiertamente una guerra entre Oriente
y Occidente.
Hacer un llamamiento a la tranquilidad, resulta pues,
fundamental para poder retomar la rutina de nuestras vidas, en las que de
repente, han dejado de tener importancia, esas otras tragedias que nos trajeron
los efectos de la crisis.
Nada podremos hacer, nunca, si ni siquiera somos capaces de
controlar nuestros propios miedos.

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