Pierde Mas, en primera instancia, su apuesta por continuar
siendo el Presidente de los catalanes, ofreciendo al Gobierno español una
tregua en su lucha por detener el proceso independentista y viéndose obligado a
someterse a una segunda votación, que seguramente tampoco ganará, si nadie
cambia de opinión, como parece evidente.
No consiguieron los socios de Junts pel si convencer a la CUP
de la conveniencia de que Mas lidere la secesión que pretenden llevar a cabo los
nacionalistas, probablemente porque no siempre los Partidos se hallan
dispuestos a pagar cualquier precio por obtener un objetivo cualquiera, por muy
de acuerdo que estén con los sucesos que los mueven.
El ego de Artur Mas, que le ha impedido apartarse de la
primera línea de protagonismo, endiosado como está tras el apoyo conseguido por
una buena parte de la sociedad catalana, en su apuesta por la Independencia,
está convirtiéndole ahora en una rémora que sólo consigue frenar las
aspiraciones de sus socios en este proyecto, que probablemente acabará por
ralentizarse, paradójicamente, por su empecinamiento en mantenerse como
candidato a la Presidencia de un territorio, al que parece amar mucho menos que
a su propia persona.
La alianza entre los grupos secesionistas ya resultaba en sí,
bastante extraña, si se tiene en cuenta la procedencia ideológica de todos los
grupos que la forman y las enormes diferencias que separan los principios que mueven, por separado, a estos socios circunstanciales, únicamente
unidos por un proyecto.
Era pues de esperar, que en algún momento del proceso, la
debilidad del nexo que los une terminara, al fin, por quebrarse y que la
disparidad de pensamientos que cimentan a cada una de estas Formaciones,
aflorara separando abismalmente, como no podía ser de otra manera, las
posiciones de cada uno de ellos.
No se puede olvidar que mientras Convergencia podría
considerarse como el Partido que representa desde siempre a la alta burguesía
catalana, estrechamente vinculada a la ideología de la derecha, Esquerra
Republicana y CUP se encuentran claramente relacionadas con un pensamiento de
izquierdas, más o menos radical, que ha de estar, necesariamente, en contra, de
las políticas de recortes llevadas a cabo durante los últimos cuatro años por
Mas y los suyos, en este caso, en Cataluña.
Tampoco se puede olvidar, aunque Mas no lo mencionó ni una
sola vez en su discurso por la investidura, la terrible rémora que está
suponiendo el caso de la familia Pujol, ejemplo indiscutible de la corrupción
llevada hasta extremos del todo inaceptables y los lazos que unen, personal y
políticamente, al candidato de Junts pel sí, con el que ahora se ha convertido
en uno de los personajes más perseguidos por la justicia.
Resultaba pues, casi una ofensa, para cualquiera fuera de
Convergencia, que pudiera relacionarse el color de su voto en este debate por
la investidura, con un posicionamiento a favor del Partido al que pertenece
Mas, por mucho que en la votación estuviera en juego el desarrollo del proceso por
la Independencia.
Es decir, si Convergencia no rectifica y propone
inmediatamente un nuevo candidato a la Presidencia catalana, no va a quedar
otro remedio que convocar nuevas elecciones, por cierto, de resultado
imprevisible.
Entretanto, la visceralidad del sentimiento independentista
seguramente se enfriará y habrá que ver qué piensan los catalanes allá por
marzo, fundamentalmente porque esta trepidante actualidad, puede cambiarlo casi
todo, dependiendo del calado de las noticias que de aquí a entonces, vayan
apareciendo.

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