Hacía mucho tiempo que los europeos no veíamos a los ejércitos
patrullando en las ciudades, las Estaciones de metro y las grandes tiendas
cerradas y las calles desiertas por la amenaza de un ataque inminente,
anunciado, teóricamente, por un enemigo infinitamente más pequeño que nosotros.
Hacía mucho tiempo que la vida relajada y serena se había
instalado entre nosotros, proporcionándonos una estresada tranquilidad, en la
que a pesar de faltarnos horas para cumplir con todas nuestras obligaciones, al
menos sabíamos que llegaríamos sanos y salvos a casa.
Hacía mucho tiempo, que las guerras se habían convertido en
una serie de episodios lejanos que contemplábamos por televisión desde el
mullido sillón del salón y que en el fondo, nos parecían el tráiler de una película americana, en la que los que caían
derribados por las balas eran actores, que después del rodaje volvían a
“resucitar”, para interpretar otros
papeles en otras filmaciones de temática bien distinta.
Ha bastado una noche terror, para zarandearnos de golpe,
trayéndonos una realidad casi olvidada y que sin embargo constituye la cruda
cotidianidad de toda esa gente masacrada por la sanguinolenta esencia de la muerte y para dejarnos en una especie de
estado de shock, del que no seremos capaces de escapar, por el peso de nuestra
tragedia, que nos persigue como un fantasma entre el ensordecedor silencio que
acuna el miedo a una nueva acción indiscriminada, en cualquiera de nuestros
pueblos.
Pero buscar culpables, encontrarlos, juzgarlos, condenarlos,
no elimina la simiente enraizada del conflicto, ni constituye en absoluto, una
garantía de que la benignidad de nuestro entorno vaya a ser respetada de aquí
en adelante por los generadores de
violencia, del mismo modo que atacar, de manera indistinta, a militares y
civiles de los países considerados, en este momento, enemigos, no conseguirá
procurar una paz que pueda borrar el horror de los corazones de aquellos que
sin haber podido elegir el lugar de su nacimiento, se encontraron de cara con
la intolerancia más feroz, que segó de raíz, toda su libertad y su inocencia.
Nuestro miedo, que en nada se diferencia del suyo, cuenta sin
embargo, con la baza impagable de no tener que convivir con la miseria y con el
inmenso tesoro de poseer, al menos, un lugar en el que resguardarnos, mientras
nuestros políticos ponen en práctica las
medidas desesperadas con que intentan que todo pueda seguir igual, en el
corazón de la vieja Europa.
Asombrados por la deriva de la nefasta situación, es la falta
de recursos propios para combatir lo desconocido, lo que potencia de modo
exagerado la naturaleza de nuestro miedo y precisamente esa perversidad,
fomentada por la frecuencia con que vamos recibiendo nuevas instrucciones y
noticias, es la que logra paralizarnos sin permitir a nuestro pensamiento volar
en libertad, para afrontar con la coherencia que da la capacidad de comprender,
la dificultad de este momento.
Así, se han fraguado, desde la antigüedad, los episodios más negros de la historia y así
ha vuelto el hombre a recaer una y otra vez, en los papeles que le han tocado
representar, a un lado u otro, de los enfrentamientos.
Los unos, fueron abducidos por la locura de los fanáticos
siguiéndolos en su trayectoria delirante hasta las mismas puertas de la muerte
y los otros, presos del pavor, se convirtieron en mansos corderos a los que se
condujo, sin rebelión, hasta los campos en que finalmente fueron exterminados,
en silencio.
Precisamente por la reiteración de estas conductas, suele
decirse que la Historia se repite, aunque todos contamos con la capacidad
racional de cambiar el rumbo de nuestro destino, de dar un paso al frente y
hasta de apartar, con voluntad, las negras siluetas del miedo.

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