lunes, 23 de noviembre de 2015

Pánico en Europa


Hacía mucho tiempo que los europeos no veíamos a los ejércitos patrullando en las ciudades, las Estaciones de metro y las grandes tiendas cerradas y las calles desiertas por la amenaza de un ataque inminente, anunciado, teóricamente, por un enemigo infinitamente más pequeño que nosotros.
Hacía mucho tiempo que la vida relajada y serena se había instalado entre nosotros, proporcionándonos una estresada tranquilidad, en la que a pesar de faltarnos horas para cumplir con todas nuestras obligaciones, al menos sabíamos que llegaríamos sanos y salvos a casa.
Hacía mucho tiempo, que las guerras se habían convertido en una serie de episodios lejanos que contemplábamos por televisión desde el mullido sillón del salón y que en el fondo, nos parecían el tráiler de una  película americana, en la que los que caían derribados por las balas eran actores, que después del rodaje volvían a “resucitar”, para  interpretar otros papeles en otras filmaciones de temática bien distinta.
Ha bastado una noche terror, para zarandearnos de golpe, trayéndonos una realidad casi olvidada y que sin embargo constituye la cruda cotidianidad de toda esa gente masacrada por la sanguinolenta esencia de  la muerte y para dejarnos en una especie de estado de shock, del que no seremos capaces de escapar, por el peso de nuestra tragedia, que nos persigue como un fantasma entre el ensordecedor silencio que acuna el miedo a una nueva acción indiscriminada, en cualquiera de nuestros pueblos.
Pero buscar culpables, encontrarlos, juzgarlos, condenarlos, no elimina la simiente enraizada del conflicto, ni constituye en absoluto, una garantía de que la benignidad de nuestro entorno vaya a ser respetada de aquí en adelante por los generadores  de violencia, del mismo modo que atacar, de manera indistinta, a militares y civiles de los países considerados, en este momento, enemigos, no conseguirá procurar una paz que pueda borrar el horror de los corazones de aquellos que sin haber podido elegir el lugar de su nacimiento, se encontraron de cara con la intolerancia más feroz, que segó de raíz, toda su libertad y su inocencia.
Nuestro miedo, que en nada se diferencia del suyo, cuenta sin embargo, con la baza impagable de no tener que convivir con la miseria y con el inmenso tesoro de poseer, al menos, un lugar en el que resguardarnos, mientras nuestros  políticos ponen en práctica las medidas desesperadas con que intentan que todo pueda seguir igual, en el corazón de la vieja Europa.
Asombrados por la deriva de la nefasta situación, es la falta de recursos propios para combatir lo desconocido, lo que potencia de modo exagerado la naturaleza de nuestro miedo y precisamente esa perversidad, fomentada por la frecuencia con que vamos recibiendo nuevas instrucciones y noticias, es la que logra paralizarnos sin permitir a nuestro pensamiento volar en libertad, para afrontar con la coherencia que da la capacidad de comprender, la dificultad de este momento.
Así, se han fraguado, desde la antigüedad,  los episodios más negros de la historia y así ha vuelto el hombre a recaer una y otra vez, en los papeles que le han tocado representar, a un lado u otro, de los enfrentamientos.
Los unos, fueron abducidos por la locura de los fanáticos siguiéndolos en su trayectoria delirante hasta las mismas puertas de la muerte y los otros, presos del pavor, se convirtieron en mansos corderos a los que se condujo, sin rebelión, hasta los campos en que finalmente fueron exterminados, en silencio.
Precisamente por la reiteración de estas conductas, suele decirse que la Historia se repite, aunque todos contamos con la capacidad racional de cambiar el rumbo de nuestro destino, de dar un paso al frente y hasta de apartar, con voluntad, las negras siluetas del miedo.




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