Creo que no soy la única española que se alegra profundamente
de que a Madrid no se le hayan concedido las Olimpiadas del 2020, a pesar de
que por ello haya que renunciar a la creación de un cierto número de empleos y
a todas esas ventajas que la señora Botella ha vendido tan mal en Buenos Aires,
por mucho que se empeñe ahora en responsabilizar a otros de este nuevo fracaso.
Detrás de la parafernalia que se había organizado y a pesar
de la presunción de que todos los ciudadanos apoyábamos la candidatura, estando
totalmente de acuerdo con la preparación que desde el Ayuntamiento de Madrid
(PP) se viene recreando desde hace ya demasiados años, una buena parte de
nosotros temíamos que de ser elegidos, la fiesta olímpica terminara por acarrearnos
otra cuantiosa deuda que sumar a la que ya tenemos y otros muchos casos de
corrupción, en relación con las nuevas obras que habría que acometer y que al
fin y al cabo, siempre son dirigidas por la clase política.
La anterior convocatoria ya supuso un dispendio exagerado,
que capitaneó el entonces alcalde Gallardón, con los mismos argumentos que se esgrimen
en ésta y que costaron a la ciudad de Madrid caer en manos de los prestamistas,
para construir una infraestructura que
tras la decepción, ha resultado hasta ahora, absolutamente ineficaz o
inservible.
En este momento, además, nos encontramos inmersos en una
crisis virulenta, que ha llevado a una gran parte de nuestra población hasta
los mismos límites de la pobreza y es de ley que cualquier derroche extraordinario
que represente una inversión de envergadura, no se dedique precisamente a la
preparación de un evento deportivo, cualquiera que sea su importancia, sino más
bien, a la creación de puestos de trabajo de carácter fijo y de no de una
eventualidad manifiesta, que volverían a desaparecer, tras la celebración de
las Olimpiadas.
Haber concedido a Madrid el acontecimiento que hacía suyo la
plana mayor del PP, con el Presidente Rajoy a la cabeza, habría supuesto
también dar un espaldarazo a las políticas económicas de este gobierno y
admitir la irreverente teoría de que estamos saliendo de esta crisis, en la que
se han empeñado ahora los dirigentes conservadores y con la que los ciudadanos
no estamos, para nada, de acuerdo.
La experiencia nos dice que en España nunca se gana nada con
tales celebraciones sino que o bien porque se produce un descarado desvío de
los fondos, o bien porque nos pasamos en las previsiones que hacemos cada vez
que se celebra alguno, a los españoles siempre termina por costarnos el dinero
que los políticos luzcan palmito de cara al mundo y aunque en otras ocasiones
quizá nos lo podíamos permitir, en el momento actual, ni estamos para gastos,
ni dispuestos a tolerar que estas situaciones se repitan.
Así que lo mejor sería que Madrid se fuera olvidando de este
asunto, que da la impresión de ser una batalla más de las muchas que viene
librando en su rivalidad con Cataluña y se fuera dedicando, por ejemplo a
replantearse con seriedad si la privatización de la Sanidad que están llevando a
cabo los populares hace justicia a la ciudadanía o si el capital que se pensaba
dedicar al evento no estaría mejor invertido en devolver su derecho a beca, a
los miles de estudiantes que este año se han quedado sin poder acceder a la
Universidad, por falta de medios.
Este absurdo sueño, que quedará atrás, con toda certeza, sin
que nadie se haga responsable del estrepitoso fracaso y, por supuesto, sin
dimisiones políticas, se acabó.
Media España emitió ayer un enorme suspiro de alivio.

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