Por fin, la juez Alaya se decide a solicitar la imputación de
los ex Presidentes de la Junta de Andalucía, Chaves y Griñán, en el caso de los
ERE, que al ser aforados quedan fuera de sus competencias judiciales, aunque
les sugiere que pueden presentarse ante ella, de manera voluntaria, si tienen a
bien aclarar lo que la induce a considerar su implicación en los hechos.
El camino que estaban tomando los acontecimientos, quedó
claro en el mismo momento en que Griñán presentó su dimisión del cargo que
ocupaba, aunque ya se sabe que cuando uno se ve forzado a marcharse por el
motivo que fuere, siempre se acaban alegando razones carácter personal de las
que no es preciso dar explicaciones, aunque la verdad sea otra bien distinta y
casi siempre termine por aclararse.
Si es cierto que los ex presidentes consentían los desmanes
que protagonizaban algunos de sus subordinados, empleando capital que estaba
destinado a los parados, para pre jubilar a una serie de personas que jamás
habían trabajado en las empresas que se acogían a los ERE, el delito que
apoyaron con su silencio quedará en los anales de la historia andaluza como uno
de los más deleznables cometidos jamás por quienes diciendo que son
socialistas, no se ocupan de favorecer precisamente a los que más lo necesitan
y si a elementos que, teóricamente, apoyaban su ideología, aunque con sus actos
demostraban un desconocimiento total de la misma.
Esta nueva tormenta,
que de seguro dará alas a la derecha para desviar la atención del caso
Bárcenas, coloca a un pueblo español acostumbrado únicamente al bipartidismo, en un punto en que
la desconfianza en los grandes partidos hace imposible creer una sola palabra
de los discursos que nos ofrecen, obligándonos cuando lleguen las elecciones, a
pensar en nuevas alternativas políticas, a ser posible, que nada hayan tenido
que ver con la corrupción que se ha convertido en costumbre y de la que es
prácticamente imposible deshacerse, si la justicia no actúa con contundencia y
prontitud contra todos los implicados, sea cual sea su cargo o índole.
¿Es posible que en este País no quede nadie dispuesto a
presentarse a un cargo público, si no es esperando obtener cuantiosos
beneficios de su gestión, sea por la vía que sea y sin importarle incurrir en
delito?
¿Es que la idea de democracia ha sido asesinada por los
ansiosos de poder, quedando reducida a la anécdota que, históricamente,
representan treinta años de nuestras vidas?
¿Y el altruismo que caracterizaba a quienes, por mera
ideología, estaban dispuestos a dar, incluso la vida, por instaurar este
sistema cuando el azote de la Dictadura nos robaba hasta el derecho a pensar y
la libertad era un ente de valor incalculable que ansiábamos, pensando que
sería para siempre?
Solo la sencillez del hombre de la calle supone una esperanza
de que no todo está perdido y la idea de que quienes se dediquen a la política
debieran hacerlo sin salario ni acceso a capital alguno, va ganando
adeptos cada vez que conocemos una nueva
historia en la que alguien sucumbió a la tentación que ofrece tan fácilmente el
poder, perdiendo incluso la dignidad, para convertirse en delincuente.

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