Cerca de un millón de catalanes, se cogieron ayer de la mano
formando una cadena humana a favor de la Independencia, en una Diada que será
sin duda recordada por los nacionalistas españoles, como una herida infringida
sin recato a su presunción de unidad territorial y como una afrenta a los
principios del patriotismo de que siempre presumen, aunque después la realidad
se encargue de demostrar lo contrario.
La iniciativa de Artur Mas, que aprovecha el momento más
álgido de la crisis para convencer a sus conciudadanos de que España tiene la
culpa de todas sus desdichas, ha contado a su favor con los estrepitosos
fracasos que la política de Rajoy está cosechando en el campo del empleo y ha
conseguido llevar a la calle, no solo a los adeptos a su ideología, sino también
a los desencantados que en el fondo
piensan, que todo les iría mucho mejor, si el Estado en el que vivieran, fuera
mucho más pequeño.
La idea de que Cataluña
está continuamente sufragando los gastos de otras Autonomías con menos
posibilidades económicas, ha calado en el pueblo catalán de manera profunda y
la insistencia en recalcar este concepto que Convergencia y Unió se ha ocupado
de repetir hasta la saciedad en cada ocasión que se le ha presentado para ello,
viene dando sus frutos en forma de un odio ancestral hacia quienes se
consideran los ladrones del pan y la sal que alimenta este territorio, con su
particular idiosincrasia.
Si a esto sumamos el empecinamiento del PP en demonizar
cuanto procede de allí y su continua lucha por negar a los catalanes todo
aquello que supone para ellos un sello de identidad, el caldo de cultivo creado
ha de llevar, como no podía ser de otra manera, a un crecimiento apresurado de
un nacionalismo exacerbado, que supuestamente, abanderaría todas las exigencias
de su pueblo, salvándolo de la desgracia de ser españolizado por la fuerza,
contra su voluntad y tiránicamente, por la derecha que nos gobierna.
Olvidan los catalanes, sin embargo, que es precisamente Artur
Mas quien maneja el poder en su territorio y que las políticas de recorte
aplicadas allí, en sectores como el de la Educación o la Sanidad, e incluso las
bajadas de sueldo que han sufrido últimamente sus funcionarios, son
exclusivamente competencia de la Generalitat, por mucho que se empeñe
Convergencia en convencer a la gente de lo contrario.
Es también significativo el hecho de que los nacionalistas
catalanes fueran los únicos en apoyar la Reforma Laboral de Rajoy en el
hemiciclo español, creyendo, como él, que traería beneficios incalculables al deplorable
panorama laboral que padecemos, aunque después, la realidad se haya encargado
de demostrar exactamente lo contrario y Cataluña no se haya librado,
precisamente, del fantasma del paro, del mismo modo que las demás Comunidades
autónomas.
Precisamente esa complicidad en la aprobación de la Ley,
desautoriza de manera contundente a Mas para criticar ahora sus resultados y
pone en entredicho cualquier crítica que contra el gobierno central pueda
hacer, utilizando el nacionalismo como cortina de humo para esconder sus propios errores.
El pueblo catalán es muy libre de solicitar, si lo quiere, su
independencia. Pero los argumentos empleados por su Presidente para hacerlo,
caen aplastados por el peso de la
realidad cotidiana que Mas está ofreciendo a sus conciudadanos y es de recibo,
que la verdad sobre su gobierno también sea expuesta a la opinión pública, para
que todos puedan decidir con conocimiento de causa si quieren adherirse o no, a
su manera de planificar el futuro del territorio en que habitan.

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