Uno tiende a pensar, cuando vive en un País democrático, que el
código penal ha de determinar, necesariamente, penas iguales para iguales
delitos y que del mismo modo, el protocolo a seguir durante la investigación de
los mismos y los plazos establecidos para su prescripción, han de ajustarse a
lo que dicta la ley, sin que pudieran existir abismales diferencias, si los
actos delictivos se producen en uno u otro ámbito de la sociedad en que
vivimos.
Pero he aquí, que al ser las leyes redactadas y aprobadas por
políticos, establecer ventajas para aquellos que forman parte de su misma
profesión, se convierte en una forma de corporativismo encubierto, que ata de pies y manos a los
encargados de aplicar justicia, a causa de los enormes contrastes decretados, siempre a favor de la élite
privilegiada que se asienta a perpetuidad en los entes públicos.
Lo entenderán con facilidad con un simple ejemplo.
Si usted o yo adquirimos una deuda, pongo por caso
hipotecaria y por las razones que fueren nos es imposible, en un momento
determinado, responder a ella, incurriremos inmediatamente en un delito de
impago que sin mucho tardar, traerá consigo un desahucio, tras el cual,
seguiremos manteniendo la deuda por un plazo de veinte años, hasta que nuestro
delito prescriba, como marca la ley en este País y tantas veces hemos podido
comprobar, in situ, en los últimos tiempos.
Pero si un Partido político que se nutre de elevadas
subvenciones procedentes de las arcas públicas, malversa, acepta donativos
millonarios de manera ilegal, o se niega a presentar sus cuentas, incurriendo
en una deuda de la categoría que sea con Hacienda, el plazo de prescripción de
dicho delito es de SEIS MESES y nada se podrá hacer contra él pasado dicho
plazo, quedando en absoluta impunidad el acto cometido, ascienda a lo que
ascienda el montante de la deuda y elévese a lo que se eleve el total de lo
malversado, sin importar el uso que se haya dado al dinero, o el destino en que
el mismo se encuentre.
Con tal descaro está escrito el código penal de esta Nación,
a pesar de establecer un inmenso agravio comparativo entre los ciudadanos que
la formamos, simplemente vinculado a la profesión ejercida por los individuos y
sin atender a causas mayores en el caso de quienes no formamos parte del mundo
de la política, que por cierto es directamente culpable de la mayoría de los
motivos que han venido provocando últimamente, el endeudamiento de las
familias.
Me pregunto si los desahuciados tendrán la oportunidad de
recurrir sus sentencias, apoyándose en el argumento de este agravio, pudiendo
exigir esa igualdad ante la ley que preconiza nuestra Constitución y obligando
a los jueces a fallar a su favor, precisamente por esta causa.
Pero mucho me temo que no. Que mientras nuestros pisos pasan
a ser propiedad de los bancos a quienes debemos el dinero, por haber perdido el
empleo, las sedes de los Partidos deudores de cantidades millonarias,
continuarán siendo, sine die, propiedad de sus privilegiados dueños y casos
como el de Bárcenas u otros similares, quedarán al final, a causa de estas
prescripciones semestrales, en agua de borrajas.

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