En honor a la verdad, cuesta trabajo encontrar noticias que
alcancen el nivel de interés que suscitan ahora las relacionadas con los casos de
corrupción en España y escudriñar a diario las páginas de la prensa, buscando
otros focos de actualidad sobre los que escribir, se ha convertido en una ardua
tarea que una se impone, para vencer el
tedio que produce tener que hablar siempre de lo mismo, por muy inquietante que
sea y por mucho que se desee la resolución final de los hechos.
Pero desde que La Reforma
de Rajoy nos fue impuesta a golpe de decreto, se están dando una serie de circunstancias en
el panorama laboral español, que merecen una consideración profunda y que a
menudo son obviadas por la prensa, al haber convertido ciertos empresarios en
costumbre, el hecho de colocar a sus subordinados ante la tesitura de tener que
elegir entre la pérdida de su empleo o aceptar una reducción drástica de su
salario y un aumento de la jornada, como si de repente hubiéramos regresado a
los últimos años del SXIX.
Esta amenaza en toda regla, que viola todas las normas de la
ética y convierte a los asalariados en esclavos y a los empresarios,
prácticamente en sus dueños, es, sin embargo, considerada por nuestro gobierno
como un mal menor, ya que evita a pesar de ser deshonesta, el crecimiento de
las listas de desempleo que alcanzan
cifras hasta ahora desconocidas en nuestro país y que, con toda probabilidad,
volverán a aumentar en cuanto se acabe el verano.
En otro tiempo, la lucha sindical se hubiera encargado de
combatir con virulencia estas prácticas, pero la dulcificación de las posturas
que imponen las subvenciones recibidas por parte del Estado y el descrédito de
haberse visto envueltos nuestros Sindicatos en casos de tanta caladura como el
de los ERE, han colocado a sus líderes del lado de la tibieza y no hay agallas
para hacer frente al despropósito que supone esta vuelta atrás, por lo que
incomprensiblemente, permanecen callados ante la tragedia.
Al trabajador no le queda entonces otro remedio que aceptar,
dándose cuenta de que se encuentra en total indefensión ante estas propuestas,
que solamente unos años atrás, hubieran sido consideradas como delito por las
Magistraturas españolas, pero que ahora están amparadas por la ley y se asientan,
cada vez más entre nosotros, sin que aparentemente se pueda hacer por evitarlo,
algo más que salir a la calle, pidiendo la colaboración de otros ciudadanos,
que por cercanía, nos comprenden.
¿Cómo puede el gobierno presumir del triunfo de su Reforma,
mientras suceden estos atropellos y se ataca, directamente, la dignidad de los
trabajadores, aprovechando la situación
agónica que produce el solo pensamiento de no poder mantener a la familia, si
les falta el empleo?
¿De verdad compensan estas prácticas cuando el resultado
obtenido en Agosto es la creación de 31 empleos, a pesar de tratarse del mejor
mes para el sector turístico y la hostelería y viviendo como vivimos ahora,
fundamentalmente, de esto?
Mientras nuestro Presidente obedece a Europa y proclama su
intención de seguir adelante con esta absurda línea de trabajo, el conjunto de
los españoles lloran en silencio la pérdida de sus derechos y hasta la de su
propia dignidad, al verse obligados a ceder a la tiranía impuesta por la avaricia
de los que tienen en sus manos el futuro de todos nosotros.
A ver si el caso Bárcenas da sus frutos y un milagro nos
libra para siempre de estas políticas deshumanizadas que han irrumpido en esta
crisis, rebajando a los hombres y mujeres de este país, a niveles absolutamente
imperdonables.

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