A un paso de que Barak Obama decida iniciar una guerra con
Siria, Mariano Rajoy da comienzo al nuevo curso político, con un discurso entre
triunfalista y visionario, en el que se atreve de nuevo, a mitad de la
legislatura, a prometer buenas nuevas a un pueblo español, que ha podido comprobar
en carne propia que entre las palabras y los hechos de este Presidente, hay un
enorme abismo.
Arropado por algunos
incondicionales, ya le quedan muy pocos, y sabiendo de antemano que cuenta de
seguro con su aplauso, afirma Rajoy que estamos saliendo de la crisis, que el
año que viene bajará los impuestos y que nada ni nadie conseguirá apartarle de
la trayectoria emprendida, que es la misma que nos ha traído su desafortunada
Reforma Laboral y la multitud de recortes y pérdidas de derechos, que hemos ido
sufriendo durante sus casi ya dos años de mandato.
Como poseído por una realidad virtual y sin hacer referencia
en ningún momento a los embrollos del caso Bárcenas, que le mantienen sobre una
cuerda floja de la que con toda probabilidad, acabará cayendo, ignora por
completo la crudeza del paro que padecemos y la precariedad laboral que está
poniendo a nuestra mano de obra a niveles solo conocidos en países del tercer
mundo.
No aparece ya a su lado el incombustible Arenas, ni ninguna
de las caras pertenecientes a la corriente de José María Aznar o Esperanza
Aguirre, que parecen haberle abandonado a su suerte después de que las
sospechas sobre la financiación ilegal de su partido o el asunto de los
sobresueldos le cerquen haciendo casi imposible la posibilidad de una salida.
Puede que le culpen de haber cometido la torpeza de permitir
que este asunto de dimensiones aún desconocidas haya visto finalmente la luz y
por tanto, de la incontestable pérdida de votos que tendrá el PP en los
próximos comicios que se celebren o que en cierta medida, se alegren de su
fracaso personal, esperando el momento de volver a alzarse con el poder, esta
vez como salvadores de su Partido y también de la Patria.
Tampoco se refirió
Rajoy a temas internacionales como el de Gibraltar o a la inminente
intervención en Siria, probablemente tratando de evitar tener que pronunciarse
sobre sus intenciones en el primero de estos asuntos y para no tener que tomar
partido entre Londres y Washington, ahora que no se ponen de acuerdo sobre el conflicto que afecta al país
musulmán.
Después de la ridícula imagen de unidad ofrecida en el
transcurso de sus vacaciones, en la que aparecía paseando idílicamente por el
campo, acompañado de toda una cohorte de afines a su cuerda, la única intención
de Rajoy, a punto de entrar en un Otoño que se presuma muy caliente, ha sido
¿cómo no?, presumir de lo bien que lo ha hecho y jurar sobre su imprescindible
biblia, que aún lo hará mejor.
Las catastróficas listas de espera en la Seguridad Social,
las infinitas protestas sobre la Ley Wert, el desempleo, el hambre infantil y
las amenazas de ciertos empresarios sobre los trabajadores, por un momento,
dejaron de existir en Sotomayor y convirtieron a España en un país idílico en
el que da gusto vivir, gracias a la actuación de su magnífico Presidente.
Si alguien todavía le creyó, tendrá merecido cuanto le pase.

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