domingo, 1 de septiembre de 2013

Cargado de nuevas promesas


A un paso de que Barak Obama decida iniciar una guerra con Siria, Mariano Rajoy da comienzo al nuevo curso político, con un discurso entre triunfalista y visionario, en el que se atreve de nuevo, a mitad de la legislatura, a prometer buenas nuevas a un pueblo español, que ha podido comprobar en carne propia que entre las palabras y los hechos de este Presidente, hay un enorme abismo.
 Arropado por algunos incondicionales, ya le quedan muy pocos, y sabiendo de antemano que cuenta de seguro con su aplauso, afirma Rajoy que estamos saliendo de la crisis, que el año que viene bajará los impuestos y que nada ni nadie conseguirá apartarle de la trayectoria emprendida, que es la misma que nos ha traído su desafortunada Reforma Laboral y la multitud de recortes y pérdidas de derechos, que hemos ido sufriendo durante sus casi ya dos años de mandato.
Como poseído por una realidad virtual y sin hacer referencia en ningún momento a los embrollos del caso Bárcenas, que le mantienen sobre una cuerda floja de la que con toda probabilidad, acabará cayendo, ignora por completo la crudeza del paro que padecemos y la precariedad laboral que está poniendo a nuestra mano de obra a niveles solo conocidos en países del tercer mundo.
No aparece ya a su lado el incombustible Arenas, ni ninguna de las caras pertenecientes a la corriente de José María Aznar o Esperanza Aguirre, que parecen haberle abandonado a su suerte después de que las sospechas sobre la financiación ilegal de su partido o el asunto de los sobresueldos le cerquen haciendo casi imposible la posibilidad de una salida.
Puede que le culpen de haber cometido la torpeza de permitir que este asunto de dimensiones aún desconocidas haya visto finalmente la luz y por tanto, de la incontestable pérdida de votos que tendrá el PP en los próximos comicios que se celebren o que en cierta medida, se alegren de su fracaso personal, esperando el momento de volver a alzarse con el poder, esta vez como salvadores de su Partido y también de la Patria.
Tampoco se  refirió Rajoy a temas internacionales como el de Gibraltar o a la inminente intervención en Siria, probablemente tratando de evitar tener que pronunciarse sobre sus intenciones en el primero de estos asuntos y para no tener que tomar partido entre Londres y Washington, ahora que no se ponen de acuerdo  sobre el conflicto que afecta al país musulmán.
Después de la ridícula imagen de unidad ofrecida en el transcurso de sus vacaciones, en la que aparecía paseando idílicamente por el campo, acompañado de toda una cohorte de afines a su cuerda, la única intención de Rajoy, a punto de entrar en un Otoño que se presuma muy caliente, ha sido ¿cómo no?, presumir de lo bien que lo ha hecho y jurar sobre su imprescindible biblia, que aún lo hará mejor.
Las catastróficas listas de espera en la Seguridad Social, las infinitas protestas sobre la Ley Wert, el desempleo, el hambre infantil y las amenazas de ciertos empresarios sobre los trabajadores, por un momento, dejaron de existir en Sotomayor y convirtieron a España en un país idílico en el que da gusto vivir, gracias a la actuación de su magnífico Presidente.

Si alguien todavía le creyó, tendrá merecido cuanto le pase.

No hay comentarios:

Publicar un comentario