miércoles, 1 de mayo de 2013

Sin fuerza, sin apoyo, sin sentido



Afrontan los Sindicatos españoles este primero de Mayo, sin fuerza, sin apoyo y sin sentido, al haber dejado escapar la poderosa credibilidad que les respaldaba al principio de la transición, cuando sus líderes habían demostrado con sangre, sudor y lágrimas que luchaban desinteresadamente por los derechos de los trabajadores  y aún creíamos todos, que estas organizaciones eran el único instrumento de que disponíamos, para demostrar nuestro rechazo a la explotación y conseguir cotas que dignificaran las condiciones laborales y sociales del pueblo.
Pero las subvenciones, el acomodo y la pérdida de los ideales que movían a sus militantes, fueron minando paulatinamente y sin compasión los principios que habían dado lugar a la creación de estas Organizaciones y convirtiéndolas en auténticos feudos en los que disfrutar de una vida regalada, en connivencia con el poder de turno y absolutamente sumisas con sus exigencias, con tal de no perder los innumerables privilegios que las han ido transformando en grandes empresas y por tanto, en el lado opuesto al que debieran ocupar, a pesar de la palabrería barata con que nos obsequian de vez en cuando y para desesperación de la clase obrera, a la que ya no representan, ni defienden.
La pérdida de la clase de poder que tenían, que no era otra que la de agrupar a los colectivos y movilizarlos contra las posibles injusticias que contra ellos se perpetraran, ha contribuido significativamente a la situación laboral en que nos encontramos en la actualidad y que también a ellos es atribuible, al no haber negociado con contundencia cuanto ha ido aconteciendo, ni haber plantado cara a los propósitos de los gobiernos que han gestionado la crisis y cuyas medidas han culminado con seis millones, trescientos mil parados, como todos sabemos.
Con el paso del tiempo, los trabajadores de este País, se han ido convenciendo de su soledad ante el peligro y comprendiendo que las Organizaciones Sindicales ya no eran útiles para la defensa de sus intereses, al haber abandonado la lucha más necesaria de cuántas hemos vivido y limitarse a convocar de vez en cuando, alguna que otra huelga general que casi nunca, ha obtenido suficiente respuesta.
Tampoco hoy se ha echado la gente a la calle, como sería de esperar, dada la gravedad de los hechos que le acontecen y apenas unos miles de incondicionales y algún que otro crédulo que sigue esperando el milagro de que su Sindicato dé la cara por él, han desfilado por las ciudades españolas, mientras el grueso de una población asfixiada por los recortes, el paro y la miseria, los ha visto pasar, sin hacer siquiera el intento de unirse a su hipotética protesta.
Ha podido más la decepción, el hartazgo y el asombro por haber tenido que contemplar casos como los de los ERE de Andalucía, que la propia necesidad de hacer visible el enojo y la ira que cada cual sufre por su situación personal y la de los que le rodean.
Y puede más la frescura de cualquiera de los jóvenes que forman parte de los movimientos ciudadanos, de los escraches, o de las plataformas creadas a raíz de la crisis, que el rancio discurso de los líderes sindicales, perpetuamente anclados al sillón que ocuparon, también ellos, abusando de la confianza de los españoles.
Quizá por eso, este primero de Mayo ha marcado exactamente el lugar que cada uno de nosotros ocupa en esta historia y el nuestro, el de los hombres y mujeres honrados de este país, evidentemente, no está al lado de quien ha traicionado la justicia de forma tan ingrata.

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