Afrontan los Sindicatos españoles este primero de Mayo, sin
fuerza, sin apoyo y sin sentido, al haber dejado escapar la poderosa
credibilidad que les respaldaba al principio de la transición, cuando sus
líderes habían demostrado con sangre, sudor y lágrimas que luchaban
desinteresadamente por los derechos de los trabajadores y aún creíamos todos, que estas
organizaciones eran el único instrumento de que disponíamos, para demostrar
nuestro rechazo a la explotación y conseguir cotas que dignificaran las
condiciones laborales y sociales del pueblo.
Pero las subvenciones, el acomodo y la pérdida de los ideales
que movían a sus militantes, fueron minando paulatinamente y sin compasión los
principios que habían dado lugar a la creación de estas Organizaciones y
convirtiéndolas en auténticos feudos en los que disfrutar de una vida regalada,
en connivencia con el poder de turno y absolutamente sumisas con sus
exigencias, con tal de no perder los innumerables privilegios que las han ido
transformando en grandes empresas y por tanto, en el lado opuesto al que
debieran ocupar, a pesar de la palabrería barata con que nos obsequian de vez
en cuando y para desesperación de la clase obrera, a la que ya no representan,
ni defienden.
La pérdida de la clase de poder que tenían, que no era otra
que la de agrupar a los colectivos y movilizarlos contra las posibles
injusticias que contra ellos se perpetraran, ha contribuido significativamente
a la situación laboral en que nos encontramos en la actualidad y que también a
ellos es atribuible, al no haber negociado con contundencia cuanto ha ido
aconteciendo, ni haber plantado cara a los propósitos de los gobiernos que han
gestionado la crisis y cuyas medidas han culminado con seis millones, trescientos
mil parados, como todos sabemos.
Con el paso del tiempo, los trabajadores de este País, se han
ido convenciendo de su soledad ante el peligro y comprendiendo que las
Organizaciones Sindicales ya no eran útiles para la defensa de sus intereses,
al haber abandonado la lucha más necesaria de cuántas hemos vivido y limitarse
a convocar de vez en cuando, alguna que otra huelga general que casi nunca, ha
obtenido suficiente respuesta.
Tampoco hoy se ha echado la gente a la calle, como sería de
esperar, dada la gravedad de los hechos que le acontecen y apenas unos miles de
incondicionales y algún que otro crédulo que sigue esperando el milagro de que
su Sindicato dé la cara por él, han desfilado por las ciudades españolas,
mientras el grueso de una población asfixiada por los recortes, el paro y la
miseria, los ha visto pasar, sin hacer siquiera el intento de unirse a su
hipotética protesta.
Ha podido más la decepción, el hartazgo y el asombro por
haber tenido que contemplar casos como los de los ERE de Andalucía, que la
propia necesidad de hacer visible el enojo y la ira que cada cual sufre por su
situación personal y la de los que le rodean.
Y puede más la frescura de cualquiera de los jóvenes que
forman parte de los movimientos ciudadanos, de los escraches, o de las
plataformas creadas a raíz de la crisis, que el rancio discurso de los líderes
sindicales, perpetuamente anclados al sillón que ocuparon, también ellos,
abusando de la confianza de los españoles.
Quizá por eso, este primero de Mayo ha marcado exactamente el
lugar que cada uno de nosotros ocupa en esta historia y el nuestro, el de los
hombres y mujeres honrados de este país, evidentemente, no está al lado de
quien ha traicionado la justicia de forma tan ingrata.

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