La estafa no resuelta de las acciones preferentes acarrea,
como muchos esperábamos, un primer brote de violencia protagonizado por un
policía municipal que psicológicamente afectado por la pérdida de sus ahorros
de toda la vida, apuñala al empleado de banca que se los vendió, al culparle
directamente de su ruina, por ser con él con quién trató el asunto en todo
momento.
No es éste, ni será el primer caso en que los afectados
cargan su ira contra aquellos que conociéndoles desde hacía años, se tomaron la
libertad de embarcarles en una aventura
de cuyo riesgo no fueron informados, llevándoles en bandeja de plata
hasta las mismas puertas de un desastre económico que ha terminado, como todos
sabemos, con la tranquilidad de más de un millón de ahorradores, que ahora
necesitaban de su dinero para ir paliando los efectos de la crisis.
Durante demasiado tiempo, Gobierno, entidades Bancarias y
Justicia, se han desentendido de este problema, como si la versión que ofrecen
las víctimas de la monumental estafa no fuera cierta y todos los que compraron
este producto fueran expertos en economía y por tanto, conocedores de que
podían perderlo todo apostando por ellos.
Pero lo cierto y verdad, es que este numeroso grupo de
personas fueron conscientemente engañados por los directores de las sucursales,
incluso a pesar de saber que una gran parte de sus clientes se trataban de
personas sin ningún tipo de formación, que, simplemente, confiaban plenamente
en quienes tenían enfrente.
Muchas veces hemos dicho que cuando a uno no le queda nada
que perder está dispuesto a todo y que el miedo que genera ser posesor de cosas
materiales, queda anulado en cuanto la prosperidad se convierte en miseria.
Este caso no podía ser una excepción y este apuñalamiento de
hoy, con toda probabilidad, no será la última de las acciones violentas que
traiga este enrevesado asunto, ya que la desesperación de las víctimas y el
abandono en que se encuentran, no hará otra cosa que generar en ellas un deseo
irrefrenable de hacer por sí mismas, la justicia que se les niega desde todos
los organismos del Estado.
Y no vale la excusa de que los empleados de Banca cumplían
con un mandato de sus superiores al ofertar las preferentes. Como expertos que
son, ellos si tenían la obligación de estar al tanto de lo que traían entre
manos y sin embargo, ninguno de ellos denunció la existencia del fraude, a
pesar de que fueron muchos los bancos que participaron en él, de manera
impune y a sabiendas de que todo podía
acabar exactamente como ha terminado.
Es verdad que la inmensa mayoría de afectados ha decidido
afrontar el problema con un tipo de lucha pacífica, pero la inestabilidad
emocional que están causando estos efectos colaterales de la crisis en quienes
han sido arrastrados por ellos, es una bomba a punto de estallar, si se les
sigue negando el amparo necesario que su problema requiere y no se resuelve de
manera justa este asunto.
Y como no pueden atacar frente a frente a los auténticos
responsables de su desgracia, la única opción que les queda es la de proyectar
su frustración contra los que les
atendieron en aquel momento, prometiéndoles una rentabilidad para sus ahorros,
que después ha desaparecido junto con ellos, por el desagüe de las oficinas
bancarias.
Puede que determinados actos no tengan justificación, pero
¿la tiene permitir que los pequeños ahorradores de este país hayan de renunciar
a lo que consiguieron guardar con el sacrificio de toda una vida, mientras los
grandes defraudadores se pasean en libertad por las calles o se acogen a una
ley fiscal que blanquea automáticamente un dinero, a lo mejor, procedente de
los bolsillos de estas víctimas?

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