Parece que en la Comunidad de Madrid, las oficinas del INEM
han recibido la orden de ofrecer los trabajos de que dispongan,
prioritariamente, a los parados que perciben subsidio de desempleo, sin que
nada tenga que ver en esto si se adecúan o no al perfil que se pida, ya sea por
experiencia profesional o por preparación para el mismo.
Por lo visto, le urge al Estado deshacerse de la pesada carga
que supone subsidiar a los parados y por eso anteponen la cuestión meramente
crematística, a la necesidad perentoria que muchos españoles tienen de reincorporarse a un mundo laboral,
últimamente cerrado a cal y canto, por las políticas lesivas de este Gobierno.
En realidad, los olvidados de esta historia, vienen a ser
siempre los mismos, es decir, jóvenes sin formación o mayores de cincuenta años
que han agotado las prestaciones a las que tenían derecho y que con la
aplicación de esta norma tácita,
posiblemente no vuelvan a encontrar trabajo nuca más.
Abandonados a su suerte por políticos sin conciencia ni
humanidad, terminarán por arrastrar lacras psicológicas durante el resto de sus
vidas.
La sensación de haberse convertido en elementos inútiles para
la sociedad y el desamparo legal en que los coloca la discriminación que se
practica con ellos, van propiciando el caldo de cultivo en que se cuece la
depresión, a pesar de que por edad, aún les falta un gran trecho por recorrer
para llegar a una ancianidad, en la que ni siquiera tendrán derecho a un retiro
digno, al no haber cotizado en los últimos años, por la imposibilidad de
encontrar empleo.
Se vuelve una vez más a perjudicar a los más débiles, como si
el mundo que vivimos se hubiera deshumanizado por completo en los últimos
tiempos y quienes detentan el poder, hubieran decidido con toda frialdad, una
muerte lenta para todos aquellos que formando parte de las capas más
desamparadas de la sociedad, constituyen para los dueños de la economía, un
estorbo a derribar, sin que importe la manera o el método para conseguirlo.
Nada puede constituir mayor vileza, para quienes consideramos
que los seres humanos han de estar, necesariamente, por encima de las cifras y
por ello, nuestra obligación no es otra que la de combatir con uñas y dientes
esta explosiva forma de genocidio.
Morir por dentro, aún estando vivo, es lo peor que puede
ocurrir a los hombres y la mayor injusticia que contra ellos puede darse,
cuánto más, si viene organizada desde las más altas instancias del poder, de
modo irrevocable y sin esperanza de solución posible.
Por eso, hay que denunciar estas prácticas discriminatorias,
hasta que se nos rompa la garganta.
Para que no sean admisibles, ni puedan llegar a convertirse
en una rutina habitual, que acabe por concernir a todos los que habitamos el
planeta, ya que la edad no perdona ni perdonará jamás, a ninguno de nosotros.

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