Los empresarios citados por el Juez Ruz niegan, casi por unanimidad, haber hecho
cuantiosas donaciones al PP, para que revirtieran a su favor en la concesión de
obras públicas, como parece indicarse, si se comparan las fechas de esas
concesiones, con las que aparecen en los papeles de Bárcenas.
Nada más lógico, si se piensa que reconocer donaciones que
sobrepasan los límites establecidos por la Ley, además de constituir un delito,
probaría la financiación ilegal del Partido que supuestamente les favoreció y
al que además, se acusa de haber empleado parte de los fondos recaudados de
esta manera, en pagar sobresueldos en negro, a la mayor parte de la cúpula que
ahora se sienta en Génova y que para más inri, forma parte del actual gobierno
de la Nación.
Flaco favor haría el juez a la justicia, si dando crédito a
la unánime negativa, abandonara la investigación en esta materia y diera por
terminada la instrucción de estos hechos, que tanta polémica ha levantado y tantos
titulares ha dado a la prensa en los últimos tiempos.
Ya hemos dicho muchas veces que cualquier delincuente, por
pequeño que sea, nunca reconoce de motu propio haber cometido delito y trata
por todos los medios de preconizar su inocencia, apoyándose en cuántos medios
legales le sean posibles para que no se pueda demostrar su autoría.
Este caso no iba a ser menos. Sobre todo si se tiene en
cuenta que las implicaciones que en él se intuyen, sobrepasan con creces los
límites de la moralidad y podrían destapar una de las corruptelas políticas
mejor fraguadas de cuántas se han descubierto en el País y que nunca se habría
conocido, si al ex tesorero del PP no se le hubieran encontrado más de treinta
y ocho millones de Euros en Suiza y la formación a la que pertenece, no hubiera
decidido abandonarle a su suerte, provocando en él una reacción inmediata
contra los que, bajo su punto de vista, le han traicionado, cuando más les
necesitaba.
Por otra parte, reconocer los donativos, traería consigo el
hecho de haber aceptado un chantaje, con la única intención de poder trabajar
después a las órdenes de la administración, demostrando que de otro modo, las
obras nunca les hubieran sido concedidas, por buenos que fueran sus
presupuestos y por maravillosos que fueran los equipos de expertos con que cada
uno contaba.
Pero poco a poco, las piezas van encajando inexorablemente en
este puzle, cuya dificultad era extrema, y los numerosos indicios de que
dispone la justicia, más pronto que tarde, acabarán por esclarecer los
hechos y por señalar sin ningún género
de duda, a los que hubieren sido culpables.
Entretanto, los españoles no hacen otra cosa que preguntarse
qué clase de garantías puede ofrecerles un gobierno que actualmente se
encuentra sentado en el agudo filo de esta navaja y sobre el que no paran de
recaer nuevas sospechas diarias de complicidad, en determinados asuntos,
siempre relacionados con una corrupción que parece haber invadido el espacio
político y que no deja lugar a la confianza, a la esperanza o a la ilusión,
manchando con su negra suciedad todo lo que toca.
El conocimiento de la verdad, se hace pues, inaplazable y
urgente y ya no basta a los ciudadanos con que las informaciones aparecidas en
prensa den a entender lo que pudo ocurrir en este entramado, ni tampoco con que
se vaya imputando con cuentagotas a una serie de personajes relevantes a los
que nunca termina de juzgarse.
La sociedad necesita justicia. Cruda, inapelable, descarnada
y ecuánime, que siente en el banquillo a quienes haga falta, que pruebe su
implicación en los hechos, que les condene sin piedad a las máximas penas, que
devuelvan lo que robaron y que las sentencias se cumplan.

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