¿Qué lleva a un hombre a degollar en plena calle a uno de sus
semejantes, esgrimiendo que lo hace en el nombre de su Dios y qué historia
personal puede esconderse detrás de un individuo, para llegar a este extremo de
máxima violencia?
Las impactantes imágenes que se emiten desde Londres y que
muestran en toda su crudeza, uno de los muchos ataques sin sentido que se
producen a diario en el mundo, sin que la oportunidad de la cámara pueda
plasmarlos, empujan como un torrente a quienes las contemplamos a realizar un
análisis minucioso de nuestros propios comportamientos y a preguntarnos si de
algún modo, todos debemos asumir una parte de culpa en cómo ha evolucionado la
mente de los seres humanos, si todavía seguimos siendo capaces de tal
brutalidad contra los de nuestra misma especie.
Aún es más terrible, cuando el incidente se produce por
motivos de religión, como si las creencias más íntimas, en lugar de provocar en
los hombres felicidad, los arrastraran inexorablemente hacia un bucle de
inexplicable fanatismo del que su propia voluntad no les permite escapar,
convirtiéndoles en asesinos de sus semejantes y propiciando un enfrentamiento
entre ellos, que parece sacado de una de aquellas batallas mitológicas que
protagonizaban los dioses por el poder, a pesar de haber transcurrido más de
dos mil años de historia.
El horror que causa la contemplación de lo ocurrido, quizá no
basta para tranquilizar la conciencia y más bien podría convertirse en un punto
de partida desde el que volver a replantearse las relaciones entre humanos y la
necesidad de cambiar radicalmente el rumbo que teníamos marcado, cada cual
instalado cómodamente en su línea de pensamiento.
Faltan cada vez más motivos que nos unan y argumentos que nos
convenzan de que precisamente en esa unión, está la clave de nuestra
supervivencia. Las razas, la religión y el pensamiento, que tantas vidas han
segado desde que habitamos este planeta, no han hecho otra cosa que regalarnos
la fatalidad del fracaso y ninguno de nosotros puede, por tanto, anteponer su
criterio en estas materias por encima del de los demás, ni apropiarse de
verdades intangibles que sólo pertenecen a la cerrada parcela de lo íntimo.
¿Qué hemos hecho mal todos los demás, si un chico joven se
siente orgulloso y así lo manifiesta ante las cámaras, de haber acuchillado a
un semejante, mientras muestra sus manos ensangrentadas como si acabara de
realizar una inmolación que le procurara la salvación eterna?
¿En qué momento nos desentendimos de los que no tuvieron la
suerte de seguirnos en nuestra evolución y se quedaron anclados varios siglos
atrás, en la época en que la vida no tenía ningún valor para ninguno de
nosotros?
¿Qué clase de conciencia es la nuestra si abandonamos a nuestros
semejantes en la tiniebla del oscurantismo y no hacemos nada por aportar un
poco de luz a la negritud que invade su interior, sin dejarles ver el camino de
la esperanza y la belleza de la libertad que hace a los hombres más
inteligentes?
He aquí el ejemplo palpable de que la trayectoria que
seguimos, no puede ser la correcta y de que los criterios aplicados en este
mundo actual, dividido por múltiples fronteras que nada tienen que ver con la
geografía, precisan de revisión urgente.
Yo compadezco a víctima y verdugo por igual, al primero por
su inocencia y al segundo, por su ignorancia.

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