jueves, 23 de mayo de 2013

Máxima violencia



¿Qué lleva a un hombre a degollar en plena calle a uno de sus semejantes, esgrimiendo que lo hace en el nombre de su Dios y qué historia personal puede esconderse detrás de un individuo, para llegar a este extremo de máxima violencia?
Las impactantes imágenes que se emiten desde Londres y que muestran en toda su crudeza, uno de los muchos ataques sin sentido que se producen a diario en el mundo, sin que la oportunidad de la cámara pueda plasmarlos, empujan como un torrente a quienes las contemplamos a realizar un análisis minucioso de nuestros propios comportamientos y a preguntarnos si de algún modo, todos debemos asumir una parte de culpa en cómo ha evolucionado la mente de los seres humanos, si todavía seguimos siendo capaces de tal brutalidad contra los de nuestra misma especie.
Aún es más terrible, cuando el incidente se produce por motivos de religión, como si las creencias más íntimas, en lugar de provocar en los hombres felicidad, los arrastraran inexorablemente hacia un bucle de inexplicable fanatismo del que su propia voluntad no les permite escapar, convirtiéndoles en asesinos de sus semejantes y propiciando un enfrentamiento entre ellos, que parece sacado de una de aquellas batallas mitológicas que protagonizaban los dioses por el poder, a pesar de haber transcurrido más de dos mil años de historia.
El horror que causa la contemplación de lo ocurrido, quizá no basta para tranquilizar la conciencia y más bien podría convertirse en un punto de partida desde el que volver a replantearse las relaciones entre humanos y la necesidad de cambiar radicalmente el rumbo que teníamos marcado, cada cual instalado cómodamente en su línea de pensamiento.
Faltan cada vez más motivos que nos unan y argumentos que nos convenzan de que precisamente en esa unión, está la clave de nuestra supervivencia. Las razas, la religión y el pensamiento, que tantas vidas han segado desde que habitamos este planeta, no han hecho otra cosa que regalarnos la fatalidad del fracaso y ninguno de nosotros puede, por tanto, anteponer su criterio en estas materias por encima del de los demás, ni apropiarse de verdades intangibles que sólo pertenecen a la cerrada parcela de lo íntimo.
¿Qué hemos hecho mal todos los demás, si un chico joven se siente orgulloso y así lo manifiesta ante las cámaras, de haber acuchillado a un semejante, mientras muestra sus manos ensangrentadas como si acabara de realizar una inmolación que le procurara la salvación eterna?
¿En qué momento nos desentendimos de los que no tuvieron la suerte de seguirnos en nuestra evolución y se quedaron anclados varios siglos atrás, en la época en que la vida no tenía ningún valor para ninguno de nosotros?
¿Qué clase de conciencia es la nuestra si abandonamos a nuestros semejantes en la tiniebla del oscurantismo y no hacemos nada por aportar un poco de luz a la negritud que invade su interior, sin dejarles ver el camino de la esperanza y la belleza de la libertad que hace a los hombres más inteligentes?
He aquí el ejemplo palpable de que la trayectoria que seguimos, no puede ser la correcta y de que los criterios aplicados en este mundo actual, dividido por múltiples fronteras que nada tienen que ver con la geografía, precisan de revisión urgente.
Yo compadezco a víctima y verdugo por igual, al primero por su inocencia y al segundo, por su ignorancia.



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