No hay asunto en la política del Estado, en que no salga a la
palestra alguno de los ex Presidentes de gobierno, a sentar cátedra ofreciendo
su opinión, sin que nadie, que se sepa, se la haya pedido.
Deben pensar que la experiencia que vivieron, cada cual en el
momento que le tocó, les legitima para intervenir a perpetuidad en los
problemas que acontecen durante el mandato de otro y les falta tiempo para
ofrecer una especie de lección magistral, con aires de superioridad manifiesta,
sobre cómo habría que afrontar la cuestión, dando por sentado que lo que ellos
proponen, acabará necesariamente, de manera exitosa.
Se pronuncian como si no se hubieran retirado y aún
dependieran de ellos las decisiones de importancia que se han de tomar, poniendo
en cuestión, no sólo las medidas que adopta para el momento quién realmente
está en el poder, sino también lo que piensa una ciudadanía, a la que,
francamente, le importa un carajo, si la vieja guardia está o no de acuerdo con
las corrientes que se siguen en la calle.
Pueda que sean incapaces de asumir que su periodo de gobierno
pasó y que no se resignen a permanecer en un anonimato político que les
mantenga alejado de los focos de la noticia, pero con su actitud, dejan en la
opinión pública una imagen de soberbia, que dista mucho de la que deberían
ofrecer, una vez retirados de la primera línea de juego, bien porque perdieron
unas elecciones, bien porque decidieron marcharse voluntariamente, prometiendo
no volver jamás.
Aznar es un asiduo de esta práctica y de manera permanente,
suele interferir en lo que sus propios compañeros de Partido resuelven,
manifestándose casi siempre en contra de la forma de actuar de los que ahora
llevan las riendas conservadoras e incluso azuzando al personal, queriendo ir más
allá de lo que en un momento determinado pide la marcha de los acontecimientos
y Felipe González, aunque menos prolijo, también se cuela, de vez en cuando, en
los medios de comunicación ofreciendo su particular visión de algún hecho
puntual, que o no le satisface, o se le antoja que no debe llevarse así y lo
dice.
Sin ir más lejos, hoy mismo hemos podido verle haciendo una
defensa a ultranza de la figura del Rey, en un momento en que la Monarquía no
goza, precisamente, de la simpatía de los españoles, debido a los gravísimos
errores cometidos durante los últimos tiempos por el propio Monarca y por
personas allegadas a él, que deben a la ciudadanía, la obligación de predicar
con su ejemplo.
Estos elogios excesivos, llaman poderosamente la atención,
viniendo como vienen, de un político teóricamente de izquierdas, procedente de
un Partido posicionado contundentemente a favor de la República, que al menos
hasta anteayer, ondeaba en sus apariciones en la calle la bandera tricolor y
que durante su más de un siglo de existencia, nunca ha sido simpatizante de las
coronas, como es natural, llamándose como se llama, socialista y obrero.
Habremos de pensar pues, que son otras razones las que mueven
al ex Presidente a esta especie de protectorado de la causa borbónica y que su
alegato trata más bien, de ayudar a un amigo personal, que atraviesa una
situación difícil, de la que no sabe cómo salir y para la que todos los apoyos
son pocos.
Pero es que a los españoles no les interesan las afinidades
íntimas entre personas, sean éstas quiénes fueren, y están en su pleno derecho
de decidir si quieren o no seguir manteniendo la Institución de la una Corona,
que no les da ahora, más que dolores de cabeza.
Así que agradeceríamos a González que si quiere prestar su
colaboración al Rey, le llame por teléfono o le haga una visita en la Zarzuela,
en la que pueda consolarle, cara a cara, de su pérdida de popularidad o de
cualquier otro asunto que pueda inquietarle, en relación con su yerno, con
Corina, con la abdicación, o con la corriente de antipatía que esta sociedad le
está demostrando en la calle.

No hay comentarios:
Publicar un comentario