lunes, 6 de mayo de 2013

Ex Presidentes



No hay asunto en la política del Estado, en que no salga a la palestra alguno de los ex Presidentes de gobierno, a sentar cátedra ofreciendo su opinión, sin que nadie, que se sepa, se la haya pedido.
Deben pensar que la experiencia que vivieron, cada cual en el momento que le tocó, les legitima para intervenir a perpetuidad en los problemas que acontecen durante el mandato de otro y les falta tiempo para ofrecer una especie de lección magistral, con aires de superioridad manifiesta, sobre cómo habría que afrontar la cuestión, dando por sentado que lo que ellos proponen, acabará necesariamente, de manera exitosa.
Se pronuncian como si no se hubieran retirado y aún dependieran de ellos las decisiones de importancia que se han de tomar, poniendo en cuestión, no sólo las medidas que adopta para el momento quién realmente está en el poder, sino también lo que piensa una ciudadanía, a la que, francamente, le importa un carajo, si la vieja guardia está o no de acuerdo con las corrientes que se siguen en la calle.
Pueda que sean incapaces de asumir que su periodo de gobierno pasó y que no se resignen a permanecer en un anonimato político que les mantenga alejado de los focos de la noticia, pero con su actitud, dejan en la opinión pública una imagen de soberbia, que dista mucho de la que deberían ofrecer, una vez retirados de la primera línea de juego, bien porque perdieron unas elecciones, bien porque decidieron marcharse voluntariamente, prometiendo no volver jamás.
Aznar es un asiduo de esta práctica y de manera permanente, suele interferir en lo que sus propios compañeros de Partido resuelven, manifestándose casi siempre en contra de la forma de actuar de los que ahora llevan las riendas conservadoras e incluso azuzando al personal, queriendo ir más allá de lo que en un momento determinado pide la marcha de los acontecimientos y Felipe González, aunque menos prolijo, también se cuela, de vez en cuando, en los medios de comunicación ofreciendo su particular visión de algún hecho puntual, que o no le satisface, o se le antoja que no debe llevarse así y lo dice.
Sin ir más lejos, hoy mismo hemos podido verle haciendo una defensa a ultranza de la figura del Rey, en un momento en que la Monarquía no goza, precisamente, de la simpatía de los españoles, debido a los gravísimos errores cometidos durante los últimos tiempos por el propio Monarca y por personas allegadas a él, que deben a la ciudadanía, la obligación de predicar con su ejemplo.
Estos elogios excesivos, llaman poderosamente la atención, viniendo como vienen, de un político teóricamente de izquierdas, procedente de un Partido posicionado contundentemente a favor de la República, que al menos hasta anteayer, ondeaba en sus apariciones en la calle la bandera tricolor y que durante su más de un siglo de existencia, nunca ha sido simpatizante de las coronas, como es natural, llamándose como se llama, socialista y obrero.
Habremos de pensar pues, que son otras razones las que mueven al ex Presidente a esta especie de protectorado de la causa borbónica y que su alegato trata más bien, de ayudar a un amigo personal, que atraviesa una situación difícil, de la que no sabe cómo salir y para la que todos los apoyos son pocos.
Pero es que a los españoles no les interesan las afinidades íntimas entre personas, sean éstas quiénes fueren, y están en su pleno derecho de decidir si quieren o no seguir manteniendo la Institución de la una Corona, que no les da ahora, más que dolores de cabeza.
Así que agradeceríamos a González que si quiere prestar su colaboración al Rey, le llame por teléfono o le haga una visita en la Zarzuela, en la que pueda consolarle, cara a cara, de su pérdida de popularidad o de cualquier otro asunto que pueda inquietarle, en relación con su yerno, con Corina, con la abdicación, o con la corriente de antipatía que esta sociedad le está demostrando en la calle.




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