La reaparición televisada del ex Presidente Aznar, no ha
`podido ser más polémica, en el fondo y en la forma.
Visiblemente molesto por la marcha que están tomando los
acontecimientos bajo el mandato de su propio Partido y especialmente
decepcionado por la manera de gobernar de quien fue designado por el mismo como
su sucesor, la oportunidad de volver a dirigirse al grueso de la población
española, le ha proporcionado la oportunidad de volver a mostrar, sin tapujos,
el alto grado de soberbia que siempre le acompañó y que nunca sirvió para mucho
más que para auto vanagloriarse de aquellos que consideraba sus éxitos y para
tratar de convencernos de que como en sus manos, no estará España jamás,
gobierne quien gobierne.
Aupado a lomos de su propia autoestima, poco o nada le ha
importado ahora traicionar a los actuales mandatarios del PP, dando a entender
que con solo proponérselo, en poco
tiempo, él solito sería capaz de hacer reflotar al País de la terrible crisis
que lo azota, sin ahorrar improperios contra las políticas llevadas a cabo por
Rajoy y los que le rodean, como si el grado de veteranía que le acompaña fuera
suficiente para solucionar los problemas de la Nación, aunque sea al margen del
ideario que caracteriza a su formación, un poco en el papel de salvador de
patrias que siempre ha caracterizado a los grandes dictadores que hemos
conocido, a lo largo de la historia.
Pues bien, yo no quiero que Aznar me salve. No quiero que reaparezca de ningún modo en un panorama
político que ganó mucho con su marcha ni quiero que intente siquiera, remediar
las consecuencias de la crisis, ya que como una inmensa mayoría de españoles,
tengo memoria y no guardo precisamente de él, un buen recuerdo.
Claro que económicamente le fue bien. Le ayudó poderosamente
el auge de la burbuja inmobiliaria que entonces estaba en plena efervescencia y
la buena disposición de la Banca capitalista para hacer creer a los ciudadanos
de a pie que todos podíamos ser ricos. Le fue bien, incluso teniendo de
Ministro a Rodrigo Rato, cuyas dotes de economista todos hemos podido comprobar
después, al frente del FMI y más tarde de Bankia, por cuya gestión se encuentra
actualmente imputado, sin que haga falta aclarar por qué, ya que conocemos a la
perfección el desarrollo de los hechos y cuánto nos va a costar remediarlos.
Tan bien le fue, que a la hora de hacer la paridad con el
euro, que bajo su mandato entró a formar parte de nuestras vidas, permitió que
en un solo día los precios subieran un 66%, pues todos los productos que
entonces valían 100 pesetas, pasaron automáticamente a costar 1 euro, sin que
nadie de su gobierno lo considerara una barbaridad, a pesar de que mermaba
fuertemente la capacidad adquisitiva de todos los españoles.
Y como no sólo de economía vive el hombre, convendría
recordar que también bajo su “mano protectora” fuimos empujados a participar en
la Guerra de Irak, enfrentándonos a las disposiciones de la ONU y alineándonos,
en contra de nuestra demostrada opinión, con el frente que dirigían entonces
Tony Blair y George Bush, esgrimiendo el argumento falaz de la existencia de
unas armas de destrucción masiva que nunca llegaron a aparecer y que como
después se demostró, no eran más que producto de una maniobra perfectamente
calculada por estos dirigentes, para dar salida a ciertos negocios de los que
huelga ahora hablar, pero que les beneficiaron sobremanera, personalmente y
como naciones interesadas en ellos.
Tampoco se puede olvidar que a consecuencia de esta entrada
en la guerra, que tan bien plasma la famosa foto de las Azores, sufrimos el
mayor atentado de nuestra historia y que la gestión que en las horas
posteriores a éste realizaron los entonces ministros de Aznar, no fueron,
precisamente, un modelo de limpieza, pretendiendo endosar la autoría de los
mismos a una ETA que nada tuvo que ver en ellos, pero cuya participación
hubiera sido muy deseada por el PP, estando como estaban, a punto de celebrarse
una elecciones generales que perdieron, precisamente, por un intento de falsear
la realidad en este escabroso asunto.
Habría que preguntar a los familiares de las víctimas de los
atentados de Madrid qué opinarían de la vuelta de Aznar a la política y sería
bastante curioso oír lo que tuvieran que decir al respecto.
Muchos de ellos siguen afectados por las secuelas
psicológicas que les produjeron las terribles pérdidas y no se podrán recuperar
jamás del impacto de aquella violencia sin sentido, ni del afán que puso
entonces el gobierno en intentar ocultarles una verdad a la que tenían pleno
derecho.
Exactamente igual que los afectados por el accidente del Yak
42, que continúan su lucha eterna por reivindicar que los culpables de aquel
accidente sean juzgados y paguen por su delito, a pesar de haber sido vilmente
ninguneados y maltratados por los responsables directos de los hechos,
curiosamente también, bajo el “magnífico” mandato de quien ahora pretende
auparse como salvador de la Patria.
El caso del Prestige, aún presente en las pupilas atónitas de
los españoles, fue igualmente mal tratado hasta convertirse en una tragedia
ecológica, cuya solución hubiera tardado en llegar, de no ser por el apoyo
solidario de la ciudadanía y supuso una tragedia para la zona de incalculable
costo, de la que aún no se ha recuperado totalmente.
Estos grandes errores, cometidos durante una época de
bonanza, quedaron en la memoria del pueblo e influyeron con fuerza en la
decisión de elegir a representantes políticos que nada tuvieran que ver con el
pensamiento Aznarista y colocaron al que hasta entonces había sido el
Presidente de la Nación, exactamente donde quisimos que estuviera, es decir, lo
más lejos posible de las labores de gobierno.
Los votos obtenidos por el PP en las últimas elecciones no
corresponden a Aznar en absoluto y por tanto, cualquier intento por su parte de
retornar a la primera línea de juego, al frente de su Partido o de otro,
probablemente obtendría por parte de los españoles, un rechazo inmediato que
acabaría de raíz con sus pretensiones de poder y con su soberbia.
Puede que no le viniera mal una buena lección de humildad a
quien en tanto aprecio se tiene a sí mismo y desde luego, puede que le quedara
claro para siempre, que la opinión que los ciudadanos tenemos sobre su antigua
gestión, dista mucho de la suya propia y que nada habría peor para nosotros que
su indeseable regreso.
Sus errores, que son capítulos de nuestra historia reciente,
no pueden ni deben ser olvidados, por las tremendas consecuencias que tuvieron
en nuestras vidas, incluso ahora que padecemos mayores carencias.
Es mucho más importante tener la seguridad de que quienes
gobiernan lo hacen desde la buena voluntad, que desde la fría profesionalidad
que siempre caracterizó a este ex Presidente.

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