Si se pudiera medir la paciencia de los pueblos y la
capacidad de sufrimiento con que soportan las dificultades que les acontecen, a
causa de la mala gestión de sus gobernantes, los ciudadanos españoles serían,
hoy por hoy, firmes candidatos a ganar este ranking y si además se preguntara
estas mismas personas qué haría falta para desestabilizar esa capacidad de
aguante, probablemente muchos de nosotros responderíamos, sin vacilar, que
soportaríamos cuánto nos sobreviniese.
Esta es la conclusión a la que se podría llegar, a juzgar por
los resultados que arrojan las últimas encuestas, que otorgan, asombrosamente,
al Partido Popular la posibilidad de vencer nuevamente en otra selecciones, si
celebraran hoy mismo.
Ni los seis millones trescientos mil parados, ni las múltiples
subidas de impuestos, ni los recortes sufridos en temas sociales, en educación
o sanidad, ni la corriente de corrupción en la que parecen inmersos una enorme
cantidad de políticos, han sido suficientes para dar lugar al esperado desgaste que ansían las clases más
humildes de la sociedad y todos aquellos que prevemos que el futuro que viene
será mucho peor, si se continúa practicando esta política.
La manida frase de que los pueblos tienen lo que se merecen,
parece caer como una losa sobre las cabezas de los españoles y uno empieza a
pensar que, en ciertos casos, responde a la más cruda y descarnada realidad.
Porque hay que ser bastante inconsciente para pensar que la
semilla de los imperdonables errores que se ha sembrado durante este año y
medio de gobierno, puede mañana germinar y ofrecer los apetecibles frutos que
todos apetecemos, devolviéndonos el modo de vida que disfrutábamos hace solo
unos años y que se ha ido desmoronando bajo nuestros pies, sin que ninguno de
los políticos conservadores haya dado un solo paso para socorrernos en nuestras
crecientes desgracias.
¿Cómo es posible entonces estar dispuesto a volver a otorgar
confianza alguna a quienes han sido artífices de nuestros sufrimientos? ¿Qué
clase de sociedad volvería a poner en manos de sus verdugos las riendas de su
futuro destino, aún teniendo la seguridad de haber sido traicionada y vejada
hasta la saciedad por ellos y sin que, de momento, hayan dado síntoma alguno de
arrepentimiento y continúen empecinados en continuar por el camino emprendido?
¿Será que las alternativas existentes son aún peores o que ya se ha firmado una
rendición sin condiciones y se ha optado por una vergonzosa sumisión que
permita al partido en el poder hacer y deshacer sin límite alguno, asintiendo a
un poder absoluto, tiránico y fascista, que no tolera oposición, ni rebeldía,
frente a sus más que dudosos designios?
Porque esta postura resulta absolutamente injusta para los
españoles que disienten y que han decidido luchar por conservar sus derechos,
entre ellos, el de poder reclamar un cambio en la manera de gobernar, en el que
no caben, desde luego, ninguno de los protagonistas del bipartidismo.
Sería injusto para los españoles que nunca votaron ni votarán
al PP y que durante su mandato se han entregado a la causa de los más débiles
creando movimientos ciudadanos que han adquirido un peso alternativo al de las
deterioradas formaciones políticas y que no están dispuestos a ceder a la
estrategia del miedo que paraliza la mente de la clase media que nutre las urnas
de votos conservadores , condenando a este País suyo y nuestro, al negro abismo
que nos ha traído la crisis de la avaricia y que únicamente beneficia y
beneficiará, a los poderosos sin rostro,
que maniatan a los políticos obedientes que ahora nos gobiernan.
¿Merecen los luchadores, los rebeldes, los que intentan un
reparto más equitativo de la riqueza, la cadena perpetua que les ata al
silencio, a la oscuridad y a la pobreza, sólo porque la mayoría silenciosa
permanezca en la cómoda inmovilidad de su cálido hogar, sin atreverse a dar el
paso que podría hacer posible un nuevo modelo de sociedad más justa para todos?
Evidentemente, no. Pero tampoco merece Rajoy un nuevo triunfo
electoral y parece que lo obtendrá, si no se remedia.
Vivir, para ver.

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