Tras las drásticas declaraciones del ex Presidente Aznar,
Rajoy se reunía con los Presidentes de las Comunidades Autónomas, con la
esperanza de llegar a un acuerdo sobre la financiación de las mismas, que
pusiera un poco de luz sobre el oscuro camino de soledad que últimamente
recorre, abandonado por un amplio sector de su propio Partido.
Tampoco pudo ser, porque cuando de economía se habla, cada
cual suele anteponer siempre su propio interés, relegando el de las mayorías a
un segundo lugar, aunque para ello hayan de romperse las más fuertes alianzas y
deshacerse pactos que se firmaron en otro momento.
Este oscuro dirigente, del que nunca sabremos lo que piensa,
por lo que le vamos conociendo en este año y medio de mandato, debe no obstante
empezar a preocuparse seriamente, cuando el descontento con su gestión no sólo
es patrimonio de aquellos que militan en una ideología distinta, sino que
incluso sus correligionarios hacen ostentación visible de él, negándose a
seguir las líneas marcadas desde la dirección del Partido y atreviéndose a
disentir con lo que se les ordena como disciplina, a pesar de que en este caso,
traen entre manos el gobierno del País.
La desventaja de no contar con el apoyo de los propios
militantes, puede fomentar la aparición de una especie de cismas que empiezan definién
dose como “corrientes de opinión”, pero que van horadando la necesaria unidad
ante las decisiones que se toman, para terminar con una estampida generalizada,
normalmente encabezada por algún nombre de cierta relevancia y la creación,
bajo otras siglas, de un grupo político diferente.
La obstinación de Rajoy en hacer caso a Europa, puede que le
lleve directamente a esto, pues para un presidente viene siendo fundamental
contar con la aquiescencia de quienes le rodean y no únicamente con la de los
Ministros que nombró, en muchos casos por amistad, o simplemente por una mera
cuestión de confianza y no exactamente por razones políticas.
Los llamados Barones de una formación, son los que desde la
sombra, suelen manejar verdaderamente el cotarro y sin su respaldo declarado,
es muy difícil que ningún dirigente pueda desenvolverse con amplitud en el
papel que le ha tocado vivir y más aún, si la época en que se desarrolla su
mandato, coincide con la dureza de una crisis como la que estamos atravesando.
Así pues, sin el aplauso
de los ciudadanos ni la colaboración de los suyos, el camino que Mariano
Rajoy tiene por delante, se estrecha por momentos y aunque en su fuero interno
quiera pensar que sus políticas de extrema austeridad cuentan con el
beneplácito de los europeos, la verdad es que en lo que se refiere al ámbito
interior, predica en un vasto desierto.
Es más, si no es capaz de alcanzar algún acuerdo de peso con
prontitud, que endulce el regusto amargo que está dejando la rotundidad de sus
fracasos, la paciencia de los europeos a los que tanto admira y obedece,
terminará por acabarse y la próxima exigencia inapelable puede que tenga que
ver con su dimisión, por la ineptitud demostrada, en su corta carrera como
Presidente.

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