No resulta nada gratificante ver a diario cómo las
movilizaciones ciudadanas, nada importan a este gobierno.
Cuando se cree en la Democracia y se ha empleado una gran
parte de la vida, primero en ayudar a conseguirla y después a procurar su buen
funcionamiento, la vergonzosa situación en la que nos encontramos ahora, duele
profundamente por dentro.
La sensación de haber sido defraudado por aquellos a los que
confiaste la labor de hacer política en tu País, bajo las siglas que fueren, no
es equiparable a ningún otro malestar de carácter íntimo, ya que afectándole de
una manera directa a uno mismo, provoca también en una gran parte de tus
conciudadanos una infinita tristeza, que viene dada por la más terrible de las
traiciones que un político pueda cometer y que no es otra, que la de desoír la
voz de su pueblo.
No caben aquí intereses personales ni se hace fortuna
manifestando en la calle tu desacuerdo con lo que está sucediendo, sobre todo
cuando se es libre de disciplinas partidistas y lo único que se busca es que las mayorías
puedan vivir con dignidad y no con las carencias que las acucian estos últimos
años.
No es pues el afán de poder el que saca a los pueblos a la
calle, sino la necesidad de disentir de cuánto les hace ser infelices y nadie
hace nada por remediar esa infelicidad, a pesar de que los que debieran
representar sus intereses, están dónde están, son lo que son y disfrutan de los
privilegios que disfrutan, porque los demás les elegimos.
Así que resulta difícil de entender que una vez que se han
hecho con sus cargos, puedan olvidar con tanta rapidez el cometido que les fue
encomendado y se afanen en apartarse del camino que les marca la voluntad
popular, en pos de no se sabe qué oscuros intereses de triunfo personal y avaricia.
Y parece mentira que sea necesario tener que estar
recordándoles cuales son las obligaciones para las que su pueblo les contrató y
que a veces, hacerlo, suponga incluso un riesgo para la integridad física de
quiénes reclaman, a causa de la represión policial que contra nosotros se pone
en marcha, por el mero hecho de disentir de aquello que consideramos que nos
perjudica.
Demostrado está, que ni siquiera nos sirve acudir a la
justicia para que, en virtud de derecho, se nos devuelva lo que nos robaron con
argumentos que no se sostienen y que, por tanto, en nuestra soledad, sólo nos
tenemos los unos a los otros para apoyarnos en estas horas de amargura extrema.
Con lo cual, mantener la ilusión de que la lucha puede
finalmente acabar con la tiranía que se nos impone desde las más altas
instancias del poder, se hace a veces demasiado duro, aunque continuemos firmes
en nuestras creencias.
Y sin embargo, a pesar de todas estas vicisitudes y de que
muchos de nosotros hace tiempo que abandonamos la hermosa juventud, la
necesidad de tener esperanza en que todo en el mundo es susceptible de ser
cambiado, se hace más fuerte, cuánto más se nos deteriora la vida y creo
firmemente, que desde nuestra parcela de humildad, es precisamente ahora cuando
estamos ofreciendo una lección magistral de comportamiento a la impresentable
clase política que tenemos la mala suerte de padecer y aunque su afán de
aprender es prácticamente nulo, el poso de nuestras acciones será, sin duda
alguna, el que termine por escribir la historia, huérfanos como estamos de
hombres de estado valientes que defiendan por encima de todo, el bienestar de
los pueblos.
En realidad, hace ya mucho que nos convencieron de su
inutilidad. Por eso, no nos queda otra, que seguir asumiendo el protagonismo.

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