martes, 21 de mayo de 2013

De los yernos y otros postizos



En esto de las familias, lo normal es que vaya todo bien mientras los hijos están bajo la tutela paterna y consienten en ser medianamente controlados por quienes les prestan cobijo y amparo, pero como por ley de vida, tienen la mala costumbre de crecer y  la edad trae consigo la  inevitable desgracia de enamorarse, la cosa se empieza a complicar, si la persona que eligen no cumple casi ninguna de las expectativas que a los progenitores hubiera satisfecho y su influencia sobre los hijos que se educaron con total y esmero y dedicación, acaba por  dar al traste con la paz emocional que reinaba en el entorno familiar, convirtiéndolo en un infierno.
Convendrán conmigo en que los hijos, por supuesto, tienen derecho a elegir a quién mejor les venga en gana, cuando de amor se trata y que por tradición, ningún yerno o nuera, parece nunca estar a la altura de nuestros vástagos, que por lógica, siempre creemos que hubieran merecido algo mejor, por aquello de la querencia.
La cosa es aún peor, cuando el recién llegado aterriza en una familia con cierto poder o que goza de cierta fama en el panorama nacional, convirtiéndose directamente en protagonista de lo que se ha dado en llamar “braguetazo”  y  ehaciéndose imprescindible en todos y cada uno de los eventos a los que acudimos, aunque no sea más que por no tener que soportar las quejas del que está loco por sus huesos y  que no ve más que por sus ojos, desde el mismo momento en que lo eligió como pareja, aunque a veces dé la impresión de que esa elección la hizo toda la familia por sufragio universal y por aclamación unánime.
Así, cuando nos queremos dar cuenta, son amigos de nuestros amigos y confidentes de nuestros parientes consanguíneos, como si les conocieran de toda la vida y se interfieren sin ningún pudor en nuestra actividad laboral o negocio, permitiéndose aconsejarnos sin ninguna experiencia y hasta concediéndose a sí mismos la licencia de abroncarnos si fracasamos, como si les fuera la vida en nuestro quehacer, aunque con toda probabilidad, su enfado esté más relacionado con razones de futuras herencias.
Y si se trata de su porvenir, no dudan en emplear nuestra influencia con quienes puedan ayudarles a mejorarlo, llegando a utilizar nuestro nombre como tarjeta de presentación, sobre todo si están en juego golosos beneficios, pero también como escudo protector cuando las perspectivas fallan, e incluso si la cosa se pone fea por cuestiones legales y el color rosa se convierte repentinamente en negro, seguramente con razón y por su mala cabeza.
Pregunten  a Juan Carlos de Borbón si no es verdad lo que digo y si con frecuencia no se ha arrepentido de haber puesto cierto grado de confianza en los advenedizos de su familia, que no hacen otra cosa que acarrear dolores de cabeza y mala fama a la Institución de la Corona, a pesar de que hasta hace bien poco, eran considerados como la flor y nata de la sociedad, dando la errónea impresión de una lealtad inquebrantable.
O al mismo Aznar, que hoy ha tenido que leer en la prensa cómo Alejandro Agag aceptó en su boda, un cuantioso regalo proveniente de los principales implicados en la trama Gúrtel y que probablemente nunca se hubieran dirigido a él, de no ser el yerno de quién es y codearse con  quienes se codeaba.
Claro que en éstos y otros casos de estas características, los que se atrevieron a “regalar”, lo hicieron seguros de poder conseguir apetitosas contrapartidas, o no lo hubieran hecho y esto da que pensar, porque al fin y a la postre, uno acaba por conocer las inclinaciones de sus familiares políticos, aunque no sea más que por la costumbre que todo padre tiene de mantener estrecha vigilancia sobre quienes comparten la vida de sus hijos, por si en algún momento hubiera que intervenir, para zanjar alguna situación embarazosa.
A los postizos, los soportamos porque no nos queda otro remedio y nos gusten o no, hacemos de tripas corazón y a veces, hasta les tomamos afecto, pero hay que reconocer, en honor a la verdad, que todos añoramos los dulces tiempos en que nuestros vástagos aún nos necesitaban para sobrevivir y el núcleo familiar, todavía permanecía dentro del estrecho círculo que supone la apacibilidad del hogar sin intrusos.
Y eso que los que no contamos con recursos, lo tenemos mucho más fácil.



  

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