En esto de las familias, lo normal es que vaya todo bien
mientras los hijos están bajo la tutela paterna y consienten en ser
medianamente controlados por quienes les prestan cobijo y amparo, pero como por
ley de vida, tienen la mala costumbre de crecer y la edad trae consigo la inevitable desgracia de enamorarse, la cosa
se empieza a complicar, si la persona que eligen no cumple casi ninguna de las
expectativas que a los progenitores hubiera satisfecho y su influencia sobre
los hijos que se educaron con total y esmero y dedicación, acaba por dar al traste con la paz emocional que
reinaba en el entorno familiar, convirtiéndolo en un infierno.
Convendrán conmigo en que los hijos, por supuesto, tienen
derecho a elegir a quién mejor les venga en gana, cuando de amor se trata y que
por tradición, ningún yerno o nuera, parece nunca estar a la altura de nuestros
vástagos, que por lógica, siempre creemos que hubieran merecido algo mejor, por
aquello de la querencia.
La cosa es aún peor, cuando el recién llegado aterriza en una
familia con cierto poder o que goza de cierta fama en el panorama nacional,
convirtiéndose directamente en protagonista de lo que se ha dado en llamar
“braguetazo” y ehaciéndose imprescindible en todos y cada
uno de los eventos a los que acudimos, aunque no sea más que por no tener que
soportar las quejas del que está loco por sus huesos y que no ve más que por sus ojos, desde el
mismo momento en que lo eligió como pareja, aunque a veces dé la impresión de
que esa elección la hizo toda la familia por sufragio universal y por
aclamación unánime.
Así, cuando nos queremos dar cuenta, son amigos de nuestros
amigos y confidentes de nuestros parientes consanguíneos, como si les
conocieran de toda la vida y se interfieren sin ningún pudor en nuestra
actividad laboral o negocio, permitiéndose aconsejarnos sin ninguna experiencia
y hasta concediéndose a sí mismos la licencia de abroncarnos si fracasamos,
como si les fuera la vida en nuestro quehacer, aunque con toda probabilidad, su
enfado esté más relacionado con razones de futuras herencias.
Y si se trata de su porvenir, no dudan en emplear nuestra
influencia con quienes puedan ayudarles a mejorarlo, llegando a utilizar
nuestro nombre como tarjeta de presentación, sobre todo si están en juego
golosos beneficios, pero también como escudo protector cuando las perspectivas
fallan, e incluso si la cosa se pone fea por cuestiones legales y el color rosa
se convierte repentinamente en negro, seguramente con razón y por su mala
cabeza.
Pregunten a Juan
Carlos de Borbón si no es verdad lo que digo y si con frecuencia no se ha
arrepentido de haber puesto cierto grado de confianza en los advenedizos de su
familia, que no hacen otra cosa que acarrear dolores de cabeza y mala fama a la
Institución de la Corona, a pesar de que hasta hace bien poco, eran
considerados como la flor y nata de la sociedad, dando la errónea impresión de
una lealtad inquebrantable.
O al mismo Aznar, que hoy ha tenido que leer en la prensa
cómo Alejandro Agag aceptó en su boda, un cuantioso regalo proveniente de los
principales implicados en la trama Gúrtel y que probablemente nunca se hubieran
dirigido a él, de no ser el yerno de quién es y codearse con quienes se codeaba.
Claro que en éstos y otros casos de estas características,
los que se atrevieron a “regalar”, lo hicieron seguros de poder conseguir
apetitosas contrapartidas, o no lo hubieran hecho y esto da que pensar, porque
al fin y a la postre, uno acaba por conocer las inclinaciones de sus familiares
políticos, aunque no sea más que por la costumbre que todo padre tiene de
mantener estrecha vigilancia sobre quienes comparten la vida de sus hijos, por
si en algún momento hubiera que intervenir, para zanjar alguna situación
embarazosa.
A los postizos, los soportamos porque no nos queda otro
remedio y nos gusten o no, hacemos de tripas corazón y a veces, hasta les
tomamos afecto, pero hay que reconocer, en honor a la verdad, que todos
añoramos los dulces tiempos en que nuestros vástagos aún nos necesitaban para
sobrevivir y el núcleo familiar, todavía permanecía dentro del estrecho círculo
que supone la apacibilidad del hogar sin intrusos.
Y eso que los que no contamos con recursos, lo tenemos mucho
más fácil.

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