Hay hombres que aunque pasan por la vida sin que nunca nadie
escriba nada sobre ellos, lo hacen dejando un rastro imborrable en cuántos les
conocimos, precisamente por la sencillez que consiguieron contagiarnos,
convenciéndonos de la enorme importancia que las cosas pequeñas aportan a cada
uno de nosotros, por el mero hecho de proporcionarnos algunos instantes de
felicidad.
Y suelen ser precisamente estos hombres, cuando marchan, los
que han conseguido acumular a lo largo de su existencia la mayor cantidad de
riqueza que puede ambicionarse y que no es otra, que permanecer en el recuerdo
de muchos de nosotros, viviendo así eternamente, aunque ya no podamos
abrazarles.
Es frecuente también, que nos abandonen discretamente, como
deslizándose de puntillas hacia otra dimensión, sin querer hacer daño a quienes
les quisimos y su naturaleza de siempre les impusiera un último deber de no
robar la alegría a los que tantas veces reímos con ellos y en lo que quisieran
dejar, como voluntad última, la determinación de seguir adelante con valentía,
a pesar de su ausencia.
Y sin embargo, los que hemos tenido la suerte de tropezar con
ellos, en este extraño mundo de locos que nos ha tocado vivir, quedamos, como
convencidos de no haber terminado de decir cuánto quisiéramos haberles dicho y
con el regusto amargo de no haber podido adivinar que su marcha era inminente,
para haber mantenido una definitiva conversación con ellos, o simplemente, para
haber compartido algunos minutos del silencio cómplice que dice tantas cosas
también.
Luego, tras el dolor,
y aprendiendo de las lecciones que nos dieron mientras pasaron por aquí, la
seguridad de que la vida ofrece infinitos recursos para mantenerlos en la
memoria y para reencontrarnos con ellos en las situaciones difíciles y en los
buenos momentos, consiguen inyectarnos la creencia de que nos acompañan para
siempre sin abandonarnos jamás .
Por eso, logramos superar la rabia inicial que nos produce el
mazazo de su pérdida y al final, de otro modo, encontramos el camino del
reencuentro y la felicidad de sentirlos junto a nosotros, cada cual, según su
creencia o manera.
Ayer dejamos a Herminio entre el verdor de los montes de
Asturias, de frente a la inmensidad de un mar por el que navegar hacia la
eternidad de los sueños y con la certeza de que en cierta medida, esa misma mar,
no tendrá otro remedio que devolvernos a diario, la apacibilidad de su memoria-
En recuerdo de Herminio Martín.

Precioso y emotivo. El sabe que nunca le olvidaremos los que realmente le queremos. Te quiero allá donde estés.! Gracias por todo lo que me enseñaste y por ser el mejor padre que pudiera tener. Eternamente estarás en mi recuerdo papá. Isabel
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