sábado, 2 de febrero de 2013

Sin pruebas concluyentes, sin preguntas...




Puede que la maltrecha justicia española no consiga nunca probar la supuesta implicación de la cúpula del PP, en el caso de los sobresueldos de la extorsión, pero el Presidente Rajoy, después de oír su intervención, tampoco podrá jamás dejar clara su inocencia.
De nada servirá a los españoles que toda la plana mayor del Partido en el gobierno, haga públicas sus declaraciones de la renta, ni tampoco la cuantía del patrimonio personal de cada cual, pues de ser ciertos los delitos de que se les acusan, las cantidades recibidas por el sistema de los sobres, no aparecerán reflejadas en modo alguno, en tales documentos, por tratarse de dinero negro, ni nadie en su sano juicio haría una ostentación innecesaria si recibiera cantidades de dudosa procedencia, invirtiendo descaradamente en propiedades de la índole que fueran, que pudieran hacer sospechar a la justicia, que no provienen de algo obtenido con el esfuerzo del trabajo.
No convence Rajoy con ninguno de sus argumentos, pues como ya hemos referido en alguna ocasión, parece obligado hasta para el más oscuro de los delincuentes, negar su culpabilidad por activa y por pasiva, aunque otra cosa muy distinta, sea probarla.
Si los jueces se dejaran llevar por las declaraciones de inocencia manifestadas por los encausados, las cárceles de todos los países del mundo estarían hoy por hoy, vacías y ningún crimen habría obtenido sentencia condenatoria, que obligara a sus autores a expiar su culpa, según corresponde a derecho.
Tampoco sirve el ataque incontrolado contra el líder de la oposición, que sin estarlo haciendo precisamente en el cargo que ostenta, cumple con la obligación de exigir transparencia en un caso de la extrema gravedad del que nos ocupa, e incluso parece haberse quedado corto, en la opinión de los ciudadanos, al no haberse atrevido a pedir directamente, la dimisión de Rajoy, quizá por no tener la mayoría necesaria para hacerle frente en el Parlamento.
Pero es que además, no es el nombre de Rubalcaba, ni el de ningún otro líder de la oposición, el que aparece reflejado en la publicación de El País, como perceptor de determinadas cantidades de dinero no declarado, durante once años, ni tampoco es el ex tesorero del PSOE, ni de ninguna otra formación política española, quien tenía en una cuenta en Suiza veintidós millones de euros, ni quien ha blanqueado alevosamente, gracias a la amnistía fiscal del PP, algo más de la mitad de esa cantidad, para escarnio de una población, actualmente azotada por el paro y la miseria.
Nadie más que Rajoy y algunos otros individuos, cuyos nombres también se encuentran en los papeles de la discordia, pero que en todo caso, pertenecen al Partido Popular, están ahora obligados a explicar al pueblo español en qué se fundan estas informaciones publicadas con todo detalle por la prensa y han de hacerlo, a ser posible, sin apoyarse en el muy manido argumento de inexistentes conspiraciones izquierdistas, pues no se puede olvidar, que quién ha levantado el escándalo, ha sido, precisamente, una publicación cercana a su ideología, que siempre apoyó su llegada al poder, como es el diario El Mundo, con Pedro J. Ramírez, a la cabeza.
La intervención “sin preguntas” de Rajoy, que supone una bofetada a la libertad de expresión y al derecho de los ciudadanos a ser informados por una prensa imparcial de cuánto sucede en el mundo, podría calificarse sin lugar a discusión, de patética y hubiera merecido, de no ser por la angustia que genera lo que está sucediendo entre la ciudadanía, un plantón de los profesionales del periodismo, a los que se ha hurtado  sin rubor, cualquier posibilidad de intervenir en el acto, para tratar de aclarar, por medio de las pertinentes preguntas, algo del oscuro trasfondo que rodea a esta historia de poderosas mafias, que ensombrece el panorama político español, dejando reducida la credibilidad de los representantes parlamentarios, a meras cenizas.
Un presidente de Gobierno ha de tener categóricamente, la obligación de presentarse ante la prensa con cierta periodicidad y sin condiciones, sobre todo cuando se vierten sobre su persona, acusaciones de la índole de las que se están manejando estos días y vive en una nación regida por un sistema Democrático y no en una república bananera, donde el mandato dictatorial impide por la fuerza, que el pueblo reciba otra información que la suministrada por los órganos de poder y sin derecho a disidencias.
Puede que la intervención de Rajoy haya convencido a los suyos de su pretendida inocencia, pero la población española, que es a fin  de cuentas la que ha de decidir si quiere o no dejar en sus manos tras este escándalo las riendas del poder, ha tenido la sensación de tener enfrente a un cadáver político, que ni siquiera se ha atrevido a querellarse contra los medios de comunicación que le acusan y que ha empleado argumentos lacrimógenos sobre su propia capacidad para ganarse la vida,  negándose a la vez, hábilmente, a reclamar una intervención policial y judicial, que serían las únicas que podrían poner un punto de veracidad en esta truculenta y sórdida historia.
El pueblo no ha creído a Rajoy. Sus palabras, más que a sinceridad, han sonado a excusa aprendida, que al hacerse sin ningún tipo de contestación por parte de la prensa, ha quedado escrita en la historia de hoy, como un esperpéntico discurso a la desesperada, hueco de cualquier posibilidad de futuro para quien lo pronunciaba y que si aún conservara un poco de dignidad, tendría que haber optado por dimitir y no por apelar a un sentido de servicio a  una España, a la que su manera de gobernar ha llevado a la situación de crispación en que ahora está y que ya no soporta argumentos que contradicen todos los principios de la honradez y la decencia.    




  

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