domingo, 10 de febrero de 2013

Fortuna e inteligencia



Qué verdad es que todo se suele alterar en los tiempos difíciles y que la angustia que traen consigo las carencias, inciden también, a veces de manera incomprensible, en las facetas de nuestro carácter.
La lucha que las mujeres venimos manteniendo por el reconocimiento de la igualdad de sexos y que nos ha traído, a base de esfuerzo, exactamente hasta el lugar en el que ahora nos encontramos, se ha visto transformada en los últimos tiempos, por un fenómeno sinceramente preocupante, que va a terminar por incidir en todos los planteamientos que defendíamos, pero que de ser ciertas las consecuencias que traen a las que consiguen alcanzar un lugar relevante en la Sociedad, merecen ser revisados y a fondo.
Se supone que habíamos trabajado duramente por escapar de la ignorancia y la servidumbre que nos mantenía esclavizadas a las exigencias de un machismo atroz, que hacía y deshacía desde una posición de privilegio, sin dar explicaciones de ningún tipo a la persona con la que convivía, que permanecía al margen de todo aquello que sucediera más allá de las puertas del domicilio conyugal, sin poder interferir en nada que no fuera el avituallamiento o el cuidado de la prole.
La ilusión de las mujeres no era otra que la de ganar el acceso a la educación que le permitiera entrar en un mundo laboral, antes reservado exclusivamente a los hombres,  para poder mejorar la economía familiar y su propia autoestima, sin que se le siguiera vetando la oportunidad de intervenir en primera persona, en cualquier asunto de interés, fuera cual fuera el contenido o la dificultad del mismo.
Pero a raíz de lo que estamos viendo en los últimos tiempos, ser  mujer e importante en la Sociedad, o al menos en la de nuestro país, debe traer consigo una pérdida considerable de inteligencia y retrotraer a las pocas  privilegiadas que consiguen un puesto de esta categoría, a épocas en las que ni siquiera habíamos obtenido el derecho a votar y aún éramos tachadas de lunáticas y castigadas con severidad, si nos atrevíamos a alzar la voz, reclamando nuestros derechos.
No hay más que mirar alrededor para certificar esto que digo y un repaso por los mayores casos de corrupción descubiertos en estos años en España, bastarán para corroborar que este mal, afecta indiscriminadamente a las mujeres de buena posición, independientemente de su profesión y nivel cultural, como está quedando patente, cuando se les pregunta por las actividades llevadas a cabo por sus parejas, aunque hayan traído consigo un incremento desorbitado del patrimonio familiar, e introducido en sus vidas cotidianas objetos y bienes de valor incalculable, imposibles de explicar, si uno se remite al montante declarado por los interfectos, de cara a la recaudación de Hacienda que obligatoriamente, hemos de hacer todos los españoles.
Princesas, Ministras, Alcaldesas consortes y tonadilleras, por ejemplo, dedicándose como se dedican, cada cual, a actividades tan diametralmente opuestas, coinciden sin embargo, en argumentar ante la justicia un desconocimiento total de lo que venía sucediendo en su propio hogar, mientras  sus cónyuges amasaban ilícitamente inmensas fortunas, ofreciendo a la opinión pública una imagen de estulticia, que las coloca en  un nivel de inteligencia y racionalidad, merecedor de una pensión vitalicia por parte del Estado, adjudicada por ley, a todos aquellos que no alcanzan para valerse por sí mismos, si no es a través de una educación especial, en centros dedicados a estos menesteres e impartida por personal especializado en estas materias.
De otro modo, nadie puede pensar que en un régimen de convivencia normal, se escape a ninguna persona el hecho de que sus cuentas bancarias reflejen de pronto unos ingresos millonarios o que en el cajón de la cómoda del dormitorio, pongo por caso, aparezcan repentinamente fajos de billetes de quinientos euros, sin que nadie te explique su procedencia o que el viejo vehículo que ocupaba el garaje desde hacía más de diez años, se transforme de la noche a la mañana en un Jaguar o las vacaciones a Benidorm, se cambien por incontables salidas al extranjero, a cuerpo de rey y acompañadas de estancias en cadenas hoteleras de alto satanding, sin que haya de por medio un premio gordo de la lotería, ni una herencia inesperada de algún familiar desconocido, que murió en alguna parte, sin descendencia.
Si a todo esto añadimos pasar de comprar como mucho, en alguna boutique de El Corte Inglés, a vestir ropa de alta costura y complementos de esos que los demás no podemos más que mirar en los escaparates de la Calle Serrano, habrá que concluir que todas estas mujeres de que estamos hablando, han sido severamente tocadas por alguna enfermedad mental de gravísimas consecuencias, o por alguna otra razón, decidieron no preguntar mientras disfrutaban de tan desmesuradas bonanzas.
Tontas no parecían, o no habrían tenido la oportunidad de estar en los puestos en los que se encontraban antes de producirse estos escándalos, luego si son los sucesos los que afectaron a su capacidad intelectual, habrá que concluir, en bien del resto de la población femenina, que la fortuna afecta de manera indeseable a la salud y que no conviene nada ser rica.
Pero la explicación más razonable, al menos desde el punto de vista de los que vivimos en estatus mucho más bajos, es la de que estando al tanto de los negocios, decidieron conscientemente callar y saborear las mieles del triunfo mientras duraron, optando cuando llegaron las vacas flacas, por fingir una incapacidad mental que hasta ahora, les va permitiendo escapar al azote de la ley, sin ser imputadas junto a sus compañeros o estándolo en mucho menos grado, lo que traerá consigo sentencias mucho más suaves.
Habrá entonces que concluir que en el fondo, estas señoras son en realidad, inmensamente más listas que sus consortes y preguntarse si la que flaquea en sus planteamientos, es la justicia.



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