Qué verdad es que todo se suele alterar en los tiempos
difíciles y que la angustia que traen consigo las carencias, inciden también, a
veces de manera incomprensible, en las facetas de nuestro carácter.
La lucha que las mujeres venimos manteniendo por el reconocimiento
de la igualdad de sexos y que nos ha traído, a base de esfuerzo, exactamente
hasta el lugar en el que ahora nos encontramos, se ha visto transformada en los
últimos tiempos, por un fenómeno sinceramente preocupante, que va a terminar
por incidir en todos los planteamientos que defendíamos, pero que de ser
ciertas las consecuencias que traen a las que consiguen alcanzar un lugar relevante
en la Sociedad, merecen ser revisados y a fondo.
Se supone que habíamos trabajado duramente por escapar de la
ignorancia y la servidumbre que nos mantenía esclavizadas a las exigencias de
un machismo atroz, que hacía y deshacía desde una posición de privilegio, sin
dar explicaciones de ningún tipo a la persona con la que convivía, que
permanecía al margen de todo aquello que sucediera más allá de las puertas del
domicilio conyugal, sin poder interferir en nada que no fuera el
avituallamiento o el cuidado de la prole.
La ilusión de las mujeres no era otra que la de ganar el
acceso a la educación que le permitiera entrar en un mundo laboral, antes
reservado exclusivamente a los hombres,
para poder mejorar la economía familiar y su propia autoestima, sin que
se le siguiera vetando la oportunidad de intervenir en primera persona, en
cualquier asunto de interés, fuera cual fuera el contenido o la dificultad del
mismo.
Pero a raíz de lo que estamos viendo en los últimos tiempos,
ser mujer e importante en la Sociedad, o
al menos en la de nuestro país, debe traer consigo una pérdida considerable de
inteligencia y retrotraer a las pocas
privilegiadas que consiguen un puesto de esta categoría, a épocas en las
que ni siquiera habíamos obtenido el derecho a votar y aún éramos tachadas de
lunáticas y castigadas con severidad, si nos atrevíamos a alzar la voz,
reclamando nuestros derechos.
No hay más que mirar alrededor para certificar esto que digo
y un repaso por los mayores casos de corrupción descubiertos en estos años en
España, bastarán para corroborar que este mal, afecta indiscriminadamente a las
mujeres de buena posición, independientemente de su profesión y nivel cultural,
como está quedando patente, cuando se les pregunta por las actividades llevadas
a cabo por sus parejas, aunque hayan traído consigo un incremento desorbitado
del patrimonio familiar, e introducido en sus vidas cotidianas objetos y bienes
de valor incalculable, imposibles de explicar, si uno se remite al montante
declarado por los interfectos, de cara a la recaudación de Hacienda que
obligatoriamente, hemos de hacer todos los españoles.
Princesas, Ministras, Alcaldesas consortes y tonadilleras,
por ejemplo, dedicándose como se dedican, cada cual, a actividades tan
diametralmente opuestas, coinciden sin embargo, en argumentar ante la justicia
un desconocimiento total de lo que venía sucediendo en su propio hogar,
mientras sus cónyuges amasaban
ilícitamente inmensas fortunas, ofreciendo a la opinión pública una imagen de
estulticia, que las coloca en un nivel
de inteligencia y racionalidad, merecedor de una pensión vitalicia por parte
del Estado, adjudicada por ley, a todos aquellos que no alcanzan para valerse
por sí mismos, si no es a través de una educación especial, en centros
dedicados a estos menesteres e impartida por personal especializado en estas
materias.
De otro modo, nadie puede pensar que en un régimen de
convivencia normal, se escape a ninguna persona el hecho de que sus cuentas
bancarias reflejen de pronto unos ingresos millonarios o que en el cajón de la
cómoda del dormitorio, pongo por caso, aparezcan repentinamente fajos de
billetes de quinientos euros, sin que nadie te explique su procedencia o que el
viejo vehículo que ocupaba el garaje desde hacía más de diez años, se
transforme de la noche a la mañana en un Jaguar o las vacaciones a Benidorm, se
cambien por incontables salidas al extranjero, a cuerpo de rey y acompañadas de
estancias en cadenas hoteleras de alto satanding, sin que haya de por medio un
premio gordo de la lotería, ni una herencia inesperada de algún familiar
desconocido, que murió en alguna parte, sin descendencia.
Si a todo esto añadimos pasar de comprar como mucho, en
alguna boutique de El Corte Inglés, a vestir ropa de alta costura y
complementos de esos que los demás no podemos más que mirar en los escaparates
de la Calle Serrano, habrá que concluir que todas estas mujeres de que estamos
hablando, han sido severamente tocadas por alguna enfermedad mental de
gravísimas consecuencias, o por alguna otra razón, decidieron no preguntar
mientras disfrutaban de tan desmesuradas bonanzas.
Tontas no parecían, o no habrían tenido la oportunidad de
estar en los puestos en los que se encontraban antes de producirse estos
escándalos, luego si son los sucesos los que afectaron a su capacidad
intelectual, habrá que concluir, en bien del resto de la población femenina,
que la fortuna afecta de manera indeseable a la salud y que no conviene nada
ser rica.
Pero la explicación más razonable, al menos desde el punto de
vista de los que vivimos en estatus mucho más bajos, es la de que estando al
tanto de los negocios, decidieron conscientemente callar y saborear las mieles
del triunfo mientras duraron, optando cuando llegaron las vacas flacas, por
fingir una incapacidad mental que hasta ahora, les va permitiendo escapar al
azote de la ley, sin ser imputadas junto a sus compañeros o estándolo en mucho
menos grado, lo que traerá consigo sentencias mucho más suaves.
Habrá entonces que concluir que en el fondo, estas señoras
son en realidad, inmensamente más listas que sus consortes y preguntarse si la
que flaquea en sus planteamientos, es la justicia.

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