Reaparece en escena Esperanza Aguirre, ofreciendo su
desinteresada colaboración para remediar todos los males que sacuden a la sociedad
española y en especial a su Partido, en el que parecen existir toda una
variedad de discursos en relación con el caso Bárcenas y los supuestos
sobresueldos, por mucho que se trate de aparentar una calma, a todas luces
inexistente, entre los miembros que forman la “gran familia popular”.
Esta interesante obra, que en principio parecía haber sido
escrita a espaldas de la ex Presidenta de la Comunidad de Madrid, que abandonó
el cargo, todo hay que decirlo, en un momento bastante oportuno, empieza a
adquirir un inusitado interés, además del que ya tenía, ahora que el escándalo
va dejando al descubierto todos los entresijos que ocultaba, bajo la simulada
tranquilidad reinante en la Sede de
Génova.
Dice la señora Aguirre que todo necesita ser regenerado,
aunque no aclara qué tipo de regeneración estaría dispuesta a poner en marcha,
si su Partido recogiera la mano que ahora le tiende, ni si quizá resultaría
imprescindible para ella que Rajoy y todo su equipo desaparecieran de escena
para siempre, dejando a su cuidado todo el poder que durante tanto tiempo ansió
sin conseguirlo y que ahora le vendría servido en bandeja de plata, aunque solo
sea por la sombra de corrupción que pende sobre la cúpula popular y aunque no
llegara a demostrarse nunca la culpabilidad de los supuestos implicados.
La experiencia nos dice y en este último año lo hemos podido
comprobar en profundidad todos los españoles, que las buenas palabras que se
pronuncian en un momento de dificultad extrema y que suelen traer consigo una
serie de interminables promesas que aseguran la salvación, termina por llevárselas
el viento y suelen ser olvidadas por quién las pronunció, sobre todo si
valiéndose de la candidez de los receptores, le suponen un ascenso a posiciones
de poder, en las que una vez instalado de forma inamovible, se pierde todo
atisbo de memoria.
La trayectoria de Aguirre ha solido estar estrechamente unida
a las posturas más recalcitrantes de cuantas existen en el seno del Partido
Popular y su aversión personal por Rajoy no coge de sorpresa al conjunto de una
ciudadanía, que a menudo ha podido comprobar la lucha cuerpo a cuerpo que durante años han
mantenido, por conseguir un número uno en las listas electorales que llevan
directamente a ocupar la Presidencia de Gobierno.
Choca y mucho, que en plena efervescencia del escándalo y
cuando aún quedan tantas cosas por aclarar, sobre todo si se da un voto de
confianza a la presunción de inocencia, como sería obligación de los
correligionarios de los supuestos implicados en el asunto, una líder del peso
de la ex Presidenta madrileña, se arriesgue a discrepar con la línea marcada
por los suyos con un ofrecimiento de esta categoría, que no hace otra cosa que
agravar las sospechas de la sociedad sobre la culpabilidad de los mencionados en los papeles de El País y
aumentar el clima de tensión que se respira en la calle, dejando por los suelos
la imagen de su propio Partido y la de todo aquel que tuvo algún cargo de
relevancia en él, de veinte años para acá.
La impresión que da, es que a Esperanza Aguirre le puede la
impaciencia y que haría cualquier cosa por terminar con la supremacía de Rajoy,
incluso aprovechando descaradamente el peor momento de su vida, echando por
tierra todas las teorías de conspiración formuladas por los conservadores y que
apuntaban directamente al seno de la izquierda y en especial, al líder de la oposición
socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba.
Sin embargo, la voluntad del pueblo español no pasa por
aceptar la regeneración que oferta la ex Presidenta de la Comunidad de Madrid,
ni por supuesto, los cambios que traería consigo si consiguiera auparse hasta la
Moncloa, culminando así todos sus sueños de grandeza.
Cuando el pueblo español habla de regeneración del Sistema,
se refiere a un cambio meditado y profundo que podría empezar por escribir una
nueva Constitución y que nada tendría que ver, ni de lejos, con la ideología
ultraconservadora que nos ha llevado a esta crisis interminable y podrido todas
nuestras instituciones de hedionda corrupción, hasta herir de muerte los mismos
cimientos de la Democracia.
El justificado desencanto de este pueblo no desaparecería si
Esperanza Aguirre, ni ningún otro político archiconocido, empujara a Rajoy para
colocarse en su lugar, para seguir primando los valores de un capitalismo
feroz, en contra de los derechos de la ciudadanía. Los seis millones de parados
y la necesidad de construir un futuro mejor, no pueden permitirse otro error,
de las mismas características que el que se ha venido cometiendo, desde que
entre nosotros se ha instalado este despiadado bipartidismo.
Pero haría bien el PP en empezar a mirar hacia adentro y en centrar sus sospechas de complot detrás de su
propia puerta.
A veces, los amigos, son los peores enemigos que un hombre
puede tener.

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