domingo, 17 de febrero de 2013

Recoger tempestades



Ha bastado la cercanía física de dos representantes del PSOE, en la manifestación anti desahucios, para que la indignación popular pusiera de manifiesto su aversión hacia una clase política que parece vivir en una realidad diferente a la de una ciudadanía, deseosa de que su voz llegue a los oídos de un Parlamento, por el que no se siente representada ni defendida pero que manipula su existencia diaria con imposiciones legislativas y a través de las luchas ideológicas que entre ellas mantienen las diversas formaciones , sin llegar a solucionar ningún problema por su falta de coherencia.
Estaba claro que ante la posibilidad de acceder a los organismos pertinentes para manifestar ante ellos la magnitud de sus quejas, los españoles aguardaban la oportunidad de toparse frente a frente con cualquier cargo público, al que mostrar su desacuerdo con el funcionamiento del Sistema y su desconfianza sobre el aparente acercamiento a las posturas que se están defendiendo a pie de calle, sin que nadie con cierta responsabilidad real, haya hecho ni haga algo por evitar el sufrimiento que padecen los habitantes de este País, a pesar de haber sido teóricamente elegidos para ello.
No es que hubiera  especial interés en zarandear a estos dos socialistas y probablemente la respuesta hubiera sido exactamente igual o mayor, de haberse tratado de gente del PP, ahora en el gobierno. Es que la lucha sin resultados que se está manteniendo en todas las ciudades de España y los múltiples colectivos que la protagonizan, han terminado por perder la paciencia que hacía de estos actos de protesta un modelo de pacifismo, para llegar a un punto en que la agresividad parece el único camino posible para ser oído, o al menos para transmitir claramente el clima de crispación a que nos ha llevado la manifiesta inutilidad de los políticos y la infinidad de casos de corrupción flagrante en que se ven implicados, precisamente en los peores tiempos que ha conocido nuestra historia reciente.
A fuerza de ser ignorados, los ciudadanos han cambiado la candidez de creer en la veracidad de los programas electorales por una descorazonadora desilusión, que ha ido creciendo, a medida que se han agudizado sus dificultades, a la par que se les ha ido despojando de prestaciones y derechos, ganados a pulso durante siglos de dura contienda y sin posibilidad de que su voz sea oída en ninguna parte.
¿Qué esperaban los políticos de una ciudadanía a la que en sólo un par de años se ha condenado a la esclavitud laboral o dejado sin empleo, reducido el salario, empeorado la sanidad y la educación, privado de servicios que ayudaban a sobrellevar con dignidad situaciones de dificultad personal, expulsado de su vivienda y amenazado permanentemente con la exigencia de nuevos sacrificios que harán del todo insoportable su existencia?
¿Albergaban quizá la esperanza de que estos hechos fueran soportados con mansedumbre por quienes son obligados a padecerlos y que su nefasta gestión fuera recibida con vítores y alabanzas, en un inusitado acto de fe que pusiera por delante la supervivencia de un Sistema al del bienestar colectivo, estando dispuestos a colaborar en su propia autodestrucción, pero nunca a cuestionar las Instituciones públicas?
¿Es que no han visto cómo se deterioraba el modo de vida de los españoles, ni cómo crecía el desempleo, ni cómo se degradaba la justicia permitiendo que sigan en libertad auténticos delincuentes financieros que han ido vaciando las arcas del País o causando agujeros en organismos bancarios, para ser inmediatamente recolocados en nuevas empresas, sin serles exigidas responsabilidades, en esta bancarrota que ahora padecemos?
¿Creían que los que han sido expulsados de sus hogares pero condenados a la cadena de una trampa perpetua no iban, por lo menos, a ejercitar su derecho de manifestación para reclamar contra la injusticia que padecen y a exigir a quién corresponda, una implicación auténtica en su problema, que ha pasado de ser minoritario, a convertirse en una pesadilla para demasiada gente?
Inhibirse del entorno en el que uno vive y hacerlo con alevosía, reiterativamente, con desvergüenza, sin decoro, pretendiendo que se está trabajando en la solución de los conflictos, pero remando en otra dirección y  poniendo, además, en duda la inteligencia de los ciudadanos para descubrir la persistencia del engaño, suele traer imprevisibles consecuencias y termina por pasar factura a quienes lo practican, como empieza notarse, en cuanto se da una proximidad real entre políticos y pueblo.
No se puede reprochar a los ciudadanos su indignación ni su repulsa hacia quién la provocó con su indiferencia o su silencio, ni se puede esperar absolutamente nada de los que durante tanto tiempo han sido abandonados a su suerte y han tenido que acostumbrarse, para sobrevivir, a la terrible idea de la soledad en que los han dejado, los que tenían la obligación de su defensa.
Si nadie ha representado al pueblo en los últimos años ¿quién creería ya en la sinceridad de la clase política?

  

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