Ha bastado la cercanía física de dos representantes del PSOE,
en la manifestación anti desahucios, para que la indignación popular pusiera de
manifiesto su aversión hacia una clase política que parece vivir en una
realidad diferente a la de una ciudadanía, deseosa de que su voz llegue a los
oídos de un Parlamento, por el que no se siente representada ni defendida pero
que manipula su existencia diaria con imposiciones legislativas y a través de
las luchas ideológicas que entre ellas mantienen las diversas formaciones , sin
llegar a solucionar ningún problema por su falta de coherencia.
Estaba claro que ante la posibilidad de acceder a los
organismos pertinentes para manifestar ante ellos la magnitud de sus quejas,
los españoles aguardaban la oportunidad de toparse frente a frente con
cualquier cargo público, al que mostrar su desacuerdo con el funcionamiento del
Sistema y su desconfianza sobre el aparente acercamiento a las posturas que se
están defendiendo a pie de calle, sin que nadie con cierta responsabilidad real,
haya hecho ni haga algo por evitar el sufrimiento que padecen los habitantes de
este País, a pesar de haber sido teóricamente elegidos para ello.
No es que hubiera
especial interés en zarandear a estos dos socialistas y probablemente la
respuesta hubiera sido exactamente igual o mayor, de haberse tratado de gente
del PP, ahora en el gobierno. Es que la lucha sin resultados que se está
manteniendo en todas las ciudades de España y los múltiples colectivos que la
protagonizan, han terminado por perder la paciencia que hacía de estos actos de
protesta un modelo de pacifismo, para llegar a un punto en que la agresividad
parece el único camino posible para ser oído, o al menos para transmitir
claramente el clima de crispación a que nos ha llevado la manifiesta inutilidad
de los políticos y la infinidad de casos de corrupción flagrante en que se ven
implicados, precisamente en los peores tiempos que ha conocido nuestra historia
reciente.
A fuerza de ser ignorados, los ciudadanos han cambiado la
candidez de creer en la veracidad de los programas electorales por una
descorazonadora desilusión, que ha ido creciendo, a medida que se han agudizado
sus dificultades, a la par que se les ha ido despojando de prestaciones y
derechos, ganados a pulso durante siglos de dura contienda y sin posibilidad de
que su voz sea oída en ninguna parte.
¿Qué esperaban los políticos de una ciudadanía a la que en
sólo un par de años se ha condenado a la esclavitud laboral o dejado sin
empleo, reducido el salario, empeorado la sanidad y la educación, privado de
servicios que ayudaban a sobrellevar con dignidad situaciones de dificultad
personal, expulsado de su vivienda y amenazado permanentemente con la exigencia
de nuevos sacrificios que harán del todo insoportable su existencia?
¿Albergaban quizá la esperanza de que estos hechos fueran
soportados con mansedumbre por quienes son obligados a padecerlos y que su
nefasta gestión fuera recibida con vítores y alabanzas, en un inusitado acto de
fe que pusiera por delante la supervivencia de un Sistema al del bienestar
colectivo, estando dispuestos a colaborar en su propia autodestrucción, pero
nunca a cuestionar las Instituciones públicas?
¿Es que no han visto cómo se deterioraba el modo de vida de
los españoles, ni cómo crecía el desempleo, ni cómo se degradaba la justicia
permitiendo que sigan en libertad auténticos delincuentes financieros que han
ido vaciando las arcas del País o causando agujeros en organismos bancarios,
para ser inmediatamente recolocados en nuevas empresas, sin serles exigidas
responsabilidades, en esta bancarrota que ahora padecemos?
¿Creían que los que han sido expulsados de sus hogares pero
condenados a la cadena de una trampa perpetua no iban, por lo menos, a
ejercitar su derecho de manifestación para reclamar contra la injusticia que
padecen y a exigir a quién corresponda, una implicación auténtica en su
problema, que ha pasado de ser minoritario, a convertirse en una pesadilla para
demasiada gente?
Inhibirse del entorno en el que uno vive y hacerlo con
alevosía, reiterativamente, con desvergüenza, sin decoro, pretendiendo que se
está trabajando en la solución de los conflictos, pero remando en otra
dirección y poniendo, además, en duda la
inteligencia de los ciudadanos para descubrir la persistencia del engaño, suele
traer imprevisibles consecuencias y termina por pasar factura a quienes lo
practican, como empieza notarse, en cuanto se da una proximidad real entre
políticos y pueblo.
No se puede reprochar a los ciudadanos su indignación ni su
repulsa hacia quién la provocó con su indiferencia o su silencio, ni se puede
esperar absolutamente nada de los que durante tanto tiempo han sido abandonados
a su suerte y han tenido que acostumbrarse, para sobrevivir, a la terrible idea
de la soledad en que los han dejado, los que tenían la obligación de su
defensa.
Si nadie ha representado al pueblo en los últimos años ¿quién
creería ya en la sinceridad de la clase política?

No hay comentarios:
Publicar un comentario