lunes, 11 de febrero de 2013

Renunciar sin morir



Tras ocho años ocupando el trono de San Pedro, Benedicto XVI anuncia su retiro, alegando fundamentalmente problemas de edad, protagonizando un hecho histórico que no se repetía desde 1415, fecha en la que Gregorio XII, presentaba la última dimisión papal conocida, antes de nuestros días.
El sucesor de Juan Pablo II, que desde el principio hubo de enfrentarse con el enorme carisma de quien le antecedió y que nunca le ha superado en popularidad ni alcanzado la relevancia mundial que caracterizó su reinado, pasará a los libros de historia como un Papa de carácter ultraconservador, que no ha sabido avanzar a la velocidad requerida por la premura de estos tiempos y que deja un legado paupérrimo tras su participación en los principales problemas que acucian al mundo, incluido el de una cristiandad, dividida también entre practicantes recalcitrantes y progresistas, con ideas diametralmente opuestas de cómo se debe seguir el evangelio que predica su catecismo.
Cuestionado desde el principio por su oscuro pasado como miembro de las juventudes hitlerianas y atado a la fuerza a un sinfín de escándalos sobre  asuntos de pederastia ocurridos en el seno de su Iglesia, optar por la discreción ha sido la norma elegida por este Papa alemán, que podría calificarse casi como un perfecto desconocido, a juzgar por las pocas apariciones públicas que ha protagonizado y la ínfima implicación personal dedicada a la resolución de determinados conflictos que han sacudido al mundo en esta última década y en particular a una Europa, a la que el Estado Vaticano pertenece.
Benedicto XVI será recordado por los no católicos como uno de los enemigos más contumaces de cuestiones sociales que son una realidad indiscutible, como los matrimonios entre personas del mismo sexo o la práctica del aborto libre  como un derecho para las mujeres y como practicante activo de una injerencia permanente en los asuntos políticos de los Estados, principalmente del español, que había aprobado leyes que legitimaban los dos supuestos antes referidos y que recibieron por parte de su Iglesia, una sonora contestación, sacando a sus altas jerarquías a la calle, al frente de multitudinarias manifestaciones, en defensa de la familia tradicional y del derecho a la vida de los no nacidos.
Su negativa a la utilización del condón, como medida preventiva del SIDA, en países subdesarrollados donde su incidencia alcanza porcentajes escandalosos, fuertemente criticada por los colectivos de médicos y científicos de todo el mundo, podría dar una idea aproximada del anquilosamiento de sus ideas y de la clase de influencia que ha ejercido su mandato en la Iglesia y en cuántos fieles han querido seguir  los mandatos del supuesto representante de Cristo en la tierra.
Enfrascado en estas cuestiones de carácter moral, en nada ha contribuido sin embargo, a hacer desaparecer los altísimos índices de hambre y miseria en el mundo, evitando también pronunciarse sobre los terribles cambios que la crisis ha venido produciendo entre las clases trabajadoras europeas, a pesar de que el Estado que preside es considerado como uno de los más ricos de la tierra y no se tienen noticias de que se haya resentido, con los nefastos acontecimientos económicos que han afectado tan gravemente al viejo continente.
No espera Benedicto XVI a que la muerte lo separe  de su trono en la tierra y opta por solicitar un divorcio exprés a la Curia, sin aclarar en profundidad cuáles son los auténticos motivos que le mueven a traspasar sus poderes o si, como ya se venía anunciando, lo hace movido por las fuertes presiones de su entorno, presumiblemente de ideología aún más conservadora y que ve en este Papa un lastre para alinearse con los otros magnates de su tiempo, empeñados en construir una sociedad de nuevo corte, con diferencias sociales muy marcadas y que cuentan con el Vaticano como aliado, para infundir conformismo entre las masas que siguen su doctrina.
La renuncia de Benedicto XVI, sus razones y la incógnita de quién le sucederá   como Pastor de los católicos, viene hoy a aumentar la incertidumbre en que nos movemos y han de ser consideradas como una transición meramente política, que sin duda traerá consecuencias, también para los no creyentes. Las piezas de este juego macabro son meticulosamente movidas y siempre por una causa concreta, aunque a nosotros nos esté vedado saberla.


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