Tras ocho años ocupando el trono de San Pedro, Benedicto XVI
anuncia su retiro, alegando fundamentalmente problemas de edad, protagonizando
un hecho histórico que no se repetía desde 1415, fecha en la que Gregorio XII,
presentaba la última dimisión papal conocida, antes de nuestros días.
El sucesor de Juan Pablo II, que desde el principio hubo de
enfrentarse con el enorme carisma de quien le antecedió y que nunca le ha
superado en popularidad ni alcanzado la relevancia mundial que caracterizó su
reinado, pasará a los libros de historia como un Papa de carácter ultraconservador,
que no ha sabido avanzar a la velocidad requerida por la premura de estos
tiempos y que deja un legado paupérrimo tras su participación en los
principales problemas que acucian al mundo, incluido el de una cristiandad,
dividida también entre practicantes recalcitrantes y progresistas, con ideas
diametralmente opuestas de cómo se debe seguir el evangelio que predica su
catecismo.
Cuestionado desde el principio por su oscuro pasado como
miembro de las juventudes hitlerianas y atado a la fuerza a un sinfín de
escándalos sobre asuntos de pederastia
ocurridos en el seno de su Iglesia, optar por la discreción ha sido la norma
elegida por este Papa alemán, que podría calificarse casi como un perfecto
desconocido, a juzgar por las pocas apariciones públicas que ha protagonizado y
la ínfima implicación personal dedicada a la resolución de determinados
conflictos que han sacudido al mundo en esta última década y en particular a
una Europa, a la que el Estado Vaticano pertenece.
Benedicto XVI será recordado por los no católicos como uno de
los enemigos más contumaces de cuestiones sociales que son una realidad
indiscutible, como los matrimonios entre personas del mismo sexo o la práctica
del aborto libre como un derecho para
las mujeres y como practicante activo de una injerencia permanente en los
asuntos políticos de los Estados, principalmente del español, que había aprobado
leyes que legitimaban los dos supuestos antes referidos y que recibieron por
parte de su Iglesia, una sonora contestación, sacando a sus altas jerarquías a
la calle, al frente de multitudinarias manifestaciones, en defensa de la
familia tradicional y del derecho a la vida de los no nacidos.
Su negativa a la utilización del condón, como medida
preventiva del SIDA, en países subdesarrollados donde su incidencia alcanza
porcentajes escandalosos, fuertemente criticada por los colectivos de médicos y
científicos de todo el mundo, podría dar una idea aproximada del
anquilosamiento de sus ideas y de la clase de influencia que ha ejercido su
mandato en la Iglesia y en cuántos fieles han querido seguir los mandatos del supuesto representante de
Cristo en la tierra.
Enfrascado en estas cuestiones de carácter moral, en nada ha contribuido
sin embargo, a hacer desaparecer los altísimos índices de hambre y miseria en
el mundo, evitando también pronunciarse sobre los terribles cambios que la
crisis ha venido produciendo entre las clases trabajadoras europeas, a pesar de
que el Estado que preside es considerado como uno de los más ricos de la tierra
y no se tienen noticias de que se haya resentido, con los nefastos
acontecimientos económicos que han afectado tan gravemente al viejo continente.
No espera Benedicto XVI a que la muerte lo separe de su trono en la tierra y opta por solicitar
un divorcio exprés a la Curia, sin aclarar en profundidad cuáles son los
auténticos motivos que le mueven a traspasar sus poderes o si, como ya se venía
anunciando, lo hace movido por las fuertes presiones de su entorno,
presumiblemente de ideología aún más conservadora y que ve en este Papa un
lastre para alinearse con los otros magnates de su tiempo, empeñados en
construir una sociedad de nuevo corte, con diferencias sociales muy marcadas y
que cuentan con el Vaticano como aliado, para infundir conformismo entre las
masas que siguen su doctrina.
La renuncia de Benedicto XVI, sus razones y la incógnita de
quién le sucederá como Pastor de los
católicos, viene hoy a aumentar la incertidumbre en que nos movemos y han de
ser consideradas como una transición meramente política, que sin duda traerá
consecuencias, también para los no creyentes. Las piezas de este juego macabro
son meticulosamente movidas y siempre por una causa concreta, aunque a nosotros
nos esté vedado saberla.

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