Hace tiempo que la población española se pregunta horrorizada,
cuántos casos de suicidios a causa de los desahucios han de darse, para que la
clase política de este País, sea cual fuere el color de su ideología, apruebe
una ley que autorice la dación en pago, en los casos de todos aquellos que no pueden
hacer frente a las deudas hipotecarias que contrajeron en
los años de bonanza.
Pero la mente de los políticos, no cabe la menor duda, ha de
funcionar de manera distinta a la de las personas normales y los imponderables
emocionales que acaecen al resto de los mortales no consigue arrancar de sus
corazones, ni tan siquiera una brizna de caridad, que les haga poner las
historias personales de los ciudadanos por encima de las cifras, o apearse de
posturas inflexibles, incluso cuando la crudeza de la realidad supera con
creces todos los límites morales que, por principio, debieran mover a los
hombres y la irracionalidad consigue implantarse en la sociedad, dejando a los
más vulnerables sin ninguna esperanza.
Los ciudadanos que se han quitado la vida en los últimos
tiempos, en nada se diferenciaban de todos y cada uno de nosotros. Sólo el azar
quiso hacer recaer sobre ellos el lado más amargo de este periodo
históricamente indescriptible y colocarlos al límite de la más absoluta
desesperación, sin encontrar amparo en ninguna de las Instituciones en las que
probablemente creyeron, hasta verse arrastrados por un huracán desolador, hasta
el más absoluto de los silencios.
Cualquiera de nosotros, digo, pudo ser víctima del espejismo
de tener la oportunidad de mejorar, hábilmente ayudado por la entonces enfática
elocuencia de las entidades bancarias y crearse la ilusión de poder ofrecer un
futuro brillante a los que le sucedieran, aunque para ello tuvieran que
embarcarse en una aventura financiera de casi medio siglo de duración, pero
capaz de cambiar el rumbo de una vida, propiciando un ascenso social que
ensalzaba la desaparición de las clases y una aparente igualdad, que después ha
resultado ser del todo ficticia.
No había delito en buscar a través del trabajo una vía de
escape que dejara atrás para siempre las penurias de la miseria, ni en soñar
con un destino apacible, lejos de las
dificultades que conocimos en tiempos pasados y puesto que nadie ni nada nos
alertaba sobre la posibilidad de que las cosas se fueran a torcer en un futuro
tan próximo.
Se suele decir que vivimos por encima de nuestras
posibilidades, omitiendo mencionar que los expertos que manejaban nuestros
recursos económicos reales, nos empujaron a hacerlo, llegando incluso a
potenciar desde sus lugares de privilegio, endeudamientos mucho mayores de los
que pretendíamos y que entonces sí convenían a las entidades bancarias, por la
profusión de intereses que generaban y que después se fueron marchando por los
agujeros negros creados por tantos indeseables.
Y entretanto, esa clase política que al fin hoy parece ceder
ante lo que reclama sonoramente el grueso de la población ¿qué hacía?:
envanecerse de los logros sociales conseguidos y callar sobre las posibles
consecuencias de tanta “generosidad”, sin poner freno a la vomitiva avaricia de
la Banca.
Pudieron entonces, intervenir en las operaciones que se
llevaban a cabo con su plena aquiescencia y no lo hicieron y pudieron después,
cuando comenzaron a sobrevenir los embargos y desahucios, legislar a favor de
las auténticas víctimas de esta crisis, que empezaban a ser acuciadas por las
deudas, en cuanto se desinfló la burbuja inmobiliaria y el fantasma del
desempleo se instaló en los hogares de manera indiscriminada y violenta.
Y sin embargo, ha sido necesario que se diera una ola de
suicidios inducidos por esta causa y una movilización popular que agrupa a
seres de toda edad y condición, para que la conciencia de los políticos se haya
visto forzada a un planteamiento justo del problema de los desahucios, que aún
está por ver de qué modo se resolverá y si esa resolución satisface plenamente
las aspiraciones de los españoles.
La ruindad que ha llegado a consentir esta pérdida de vidas y
toda la angustia que mucha familias sufren de puertas para adentro, es de todos
modos, radicalmente imperdonable y aunque el remedio que ahora se propone
colmara las esperanzas de los afectados, proporcionando cierta tranquilidad a
su situación actual, será del todo imposible olvidar que pudieron y no
quisieron hacerlo.

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