miércoles, 13 de febrero de 2013

Poder y no querer



Hace tiempo que la población española se pregunta horrorizada, cuántos casos de suicidios a causa de los desahucios han de darse, para que la clase política de este País, sea cual fuere el color de su ideología, apruebe una ley que autorice la dación en pago, en los casos de todos aquellos que no pueden  hacer frente  a las deudas hipotecarias que contrajeron en los años de bonanza.
Pero la mente de los políticos, no cabe la menor duda, ha de funcionar de manera distinta a la de las personas normales y los imponderables emocionales que acaecen al resto de los mortales no consigue arrancar de sus corazones, ni tan siquiera una brizna de caridad, que les haga poner las historias personales de los ciudadanos por encima de las cifras, o apearse de posturas inflexibles, incluso cuando la crudeza de la realidad supera con creces todos los límites morales que, por principio, debieran mover a los hombres y la irracionalidad consigue implantarse en la sociedad, dejando a los más vulnerables sin ninguna esperanza.
Los ciudadanos que se han quitado la vida en los últimos tiempos, en nada se diferenciaban de todos y cada uno de nosotros. Sólo el azar quiso hacer recaer sobre ellos el lado más amargo de este periodo históricamente indescriptible y colocarlos al límite de la más absoluta desesperación, sin encontrar amparo en ninguna de las Instituciones en las que probablemente creyeron, hasta verse arrastrados por un huracán desolador, hasta el más absoluto de los silencios.  
Cualquiera de nosotros, digo, pudo ser víctima del espejismo de tener la oportunidad de mejorar, hábilmente ayudado por la entonces enfática elocuencia de las entidades bancarias y crearse la ilusión de poder ofrecer un futuro brillante a los que le sucedieran, aunque para ello tuvieran que embarcarse en una aventura financiera de casi medio siglo de duración, pero capaz de cambiar el rumbo de una vida, propiciando un ascenso social que ensalzaba la desaparición de las clases y una aparente igualdad, que después ha resultado ser del todo ficticia.
No había delito en buscar a través del trabajo una vía de escape que dejara atrás para siempre las penurias de la miseria, ni en soñar con un  destino apacible, lejos de las dificultades que conocimos en tiempos pasados y puesto que nadie ni nada nos alertaba sobre la posibilidad de que las cosas se fueran a torcer en un futuro tan próximo.
Se suele decir que vivimos por encima de nuestras posibilidades, omitiendo mencionar que los expertos que manejaban nuestros recursos económicos reales, nos empujaron a hacerlo, llegando incluso a potenciar desde sus lugares de privilegio, endeudamientos mucho mayores de los que pretendíamos y que entonces sí convenían a las entidades bancarias, por la profusión de intereses que generaban y que después se fueron marchando por los agujeros negros creados por tantos indeseables.
Y entretanto, esa clase política que al fin hoy parece ceder ante lo que reclama sonoramente el grueso de la población ¿qué hacía?: envanecerse de los logros sociales conseguidos y callar sobre las posibles consecuencias de tanta “generosidad”, sin poner freno a la vomitiva avaricia de la Banca.
Pudieron entonces, intervenir en las operaciones que se llevaban a cabo con su plena aquiescencia y no lo hicieron y pudieron después, cuando comenzaron a sobrevenir los embargos y desahucios, legislar a favor de las auténticas víctimas de esta crisis, que empezaban a ser acuciadas por las deudas, en cuanto se desinfló la burbuja inmobiliaria y el fantasma del desempleo se instaló en los hogares de manera indiscriminada y violenta.
Y sin embargo, ha sido necesario que se diera una ola de suicidios inducidos por esta causa y una movilización popular que agrupa a seres de toda edad y condición, para que la conciencia de los políticos se haya visto forzada a un planteamiento justo del problema de los desahucios, que aún está por ver de qué modo se resolverá y si esa resolución satisface plenamente las aspiraciones de los españoles.
La ruindad que ha llegado a consentir esta pérdida de vidas y toda la angustia que mucha familias sufren de puertas para adentro, es de todos modos, radicalmente imperdonable y aunque el remedio que ahora se propone colmara las esperanzas de los afectados, proporcionando cierta tranquilidad a su situación actual, será del todo imposible olvidar que pudieron y no quisieron hacerlo.


  

No hay comentarios:

Publicar un comentario