jueves, 14 de febrero de 2013

La voz de Ada Colau



Ha de quedar claro para los Diputados que forman el Parlamento y en especial para su Presidente, Jesús Posada, que expulsar a los representantes de la Plataforma anti desahucios del Hemiciclo, por protagonizar una sonora protesta por lo que está sucediendo en el País, no ha conseguido ni conseguirá silenciar la opinión de los ciudadanos, cuya voz es, verdaderamente, la que debiera prevalecer en esta Institución, creada para este fin y no para lucimiento personal de sus señorías, últimamente bastante cuestionadas , al estar legislando en contra de la sociedad.
Cuando Ada Colau intervenía hace unos días y tildaba de criminales los actos de una Banca que con su política de desahucios, está llevando a la ruina a miles de familias españolas, no hablaba a título personal, ni dramatizaba una historia ficticia inventada por unos  cuantos alborotadores, con la intención dolosa de atentar contra la clase política, sino que se atrevía, en un lenguaje popular, a expresar el pensamiento unánime de una ciudadanía abandonada a su suerte por sus supuestos representantes y hastiada de esperar que una justicia absolutamente deteriorada, ejerza con contundencia sus funciones y se ponga de parte de quienes tienen la razón en este inusitado conflicto, descaradamente manipulado por los poderes económicos, para obtener jugosos beneficios, al condenar a una deuda perpetua a quienes se han visto abocados por las consecuencias de “su” crisis, a una desacostumbrada miseria, sobrevenida por una imperdonable pérdida del trabajo.
La valentía de esta mujer, ensalzada y compartida por todas las clases populares y que ha levantado verdaderas ampollas  entre los receptores de su mensaje, en nombre de una falsa dignidad, que sin embargo niegan sistemáticamente a los más humildes, al despojarles por la fuerza de la que consideraban su casa, ha de ser necesariamente entendida como una mera representación de la voluntad de las mayorías y respaldada por el grueso de una población, que la siente mucho más cercana de lo que lo llegarán a estar jamás, ninguno de los que ocupan escaños, actualmente, en ese mismo Parlamento.
La costumbre de desoír los deseos de los que conformamos esta Nación, que  ha llevado a los políticos actuales a un alejamiento total de la realidad que se vive en la calle, podría ser considerada como uno de los errores mas graves de la etapa democrática, que sin duda será escrupulosamente purgado en las urnas, en cuanto se nos dé la oportunidad de acudir a ellas para emitir nuestro voto.
Los excesos cometidos por la Banca durante la época de bonanza, que han traído consigo el endeudamiento que supone un rescate que nos está costando la pérdida de un sinfín de prestaciones sociales,  choca frontalmente con el descaro de exigir a los ciudadanos de a pie que han tenido la mala suerte de perder sus viviendas, un pago que va más allá de todos los límites éticos conocidos y que bien podría ser considerado como exponente claro de lo que todos entendemos como usura.
Puede que a los políticos estos hechos les parezcan legales, porque desde su situación de privilegio, resulte prácticamente imposible entender la hecatombe que supone para cualquiera de nosotros hacer frente a una deuda casi eterna, pero la crudeza de la verdad y los muchos casos de desesperación que han traído como consecuencia una inusitada corriente de suicidios, debiera ser suficiente para hacerles reflexionar sobre la importancia del papel para el que fueron elegidos y para colocarse del lado de la defensa de los españoles, a los que juraron o prometieron defender, cuando ocuparon sus cargos.
Las palabras de Ada Colau son la llamada de atención que la sociedad hace, en un momento de desesperación que podría desembocar en un estallido de imprevisibles consecuencias, si a la mayor urgencia no se hace algo por solucionar los insoportables conflictos que estamos padeciendo y se cambia radicalmente la metodología empleada hasta ahora para solucionar la crisis por otra menos agresiva, que empiece por una regeneración de un mundo laboral, que nos permita retomar un camino de normalidad, lejos de la guerra de cifras que mueve los mercados bursátiles y que nada tiene que ver con quienes nunca tendremos grandes fortunas que invertir o perder, por la buena o mala gestión de los economistas.
 La pérdida de popularidad de la clase política, claramente reflejada en todas las encuestas publicadas, avala esta tesis y viene a corroborar que el pueblo, al no sentirse en absoluto representado por el Parlamento, difícilmente volverá a creer en el funcionamiento del Sistema, ni a confiar en las promesas de unos cuantos iluminados, que al final acaban protagonizando las noticias de los casos de corrupción, sin tan siquiera dar síntomas de arrepentimiento por los actos cometidos.
Lo dicho, criminal. 

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