Ha de quedar claro para los Diputados que forman el
Parlamento y en especial para su Presidente, Jesús Posada, que expulsar a los
representantes de la Plataforma anti desahucios del Hemiciclo, por protagonizar
una sonora protesta por lo que está sucediendo en el País, no ha conseguido ni
conseguirá silenciar la opinión de los ciudadanos, cuya voz es, verdaderamente,
la que debiera prevalecer en esta Institución, creada para este fin y no para
lucimiento personal de sus señorías, últimamente bastante cuestionadas , al
estar legislando en contra de la sociedad.
Cuando Ada Colau intervenía hace unos días y tildaba de
criminales los actos de una Banca que con su política de desahucios, está
llevando a la ruina a miles de familias españolas, no hablaba a título personal,
ni dramatizaba una historia ficticia inventada por unos cuantos alborotadores, con la intención dolosa
de atentar contra la clase política, sino que se atrevía, en un lenguaje
popular, a expresar el pensamiento unánime de una ciudadanía abandonada a su
suerte por sus supuestos representantes y hastiada de esperar que una justicia
absolutamente deteriorada, ejerza con contundencia sus funciones y se ponga de
parte de quienes tienen la razón en este inusitado conflicto, descaradamente
manipulado por los poderes económicos, para obtener jugosos beneficios, al
condenar a una deuda perpetua a quienes se han visto abocados por las
consecuencias de “su” crisis, a una desacostumbrada miseria, sobrevenida por
una imperdonable pérdida del trabajo.
La valentía de esta mujer, ensalzada y compartida por todas
las clases populares y que ha levantado verdaderas ampollas entre los receptores de su mensaje, en nombre
de una falsa dignidad, que sin embargo niegan sistemáticamente a los más
humildes, al despojarles por la fuerza de la que consideraban su casa, ha de
ser necesariamente entendida como una mera representación de la voluntad de las
mayorías y respaldada por el grueso de una población, que la siente mucho más
cercana de lo que lo llegarán a estar jamás, ninguno de los que ocupan escaños,
actualmente, en ese mismo Parlamento.
La costumbre de desoír los deseos de los que conformamos esta
Nación, que ha llevado a los políticos
actuales a un alejamiento total de la realidad que se vive en la calle, podría
ser considerada como uno de los errores mas graves de la etapa democrática, que
sin duda será escrupulosamente purgado en las urnas, en cuanto se nos dé la
oportunidad de acudir a ellas para emitir nuestro voto.
Los excesos cometidos por la Banca durante la época de
bonanza, que han traído consigo el endeudamiento que supone un rescate que nos
está costando la pérdida de un sinfín de prestaciones sociales, choca frontalmente con el descaro de exigir a
los ciudadanos de a pie que han tenido la mala suerte de perder sus viviendas,
un pago que va más allá de todos los límites éticos conocidos y que bien podría
ser considerado como exponente claro de lo que todos entendemos como usura.
Puede que a los políticos estos hechos les parezcan legales,
porque desde su situación de privilegio, resulte prácticamente imposible
entender la hecatombe que supone para cualquiera de nosotros hacer frente a una
deuda casi eterna, pero la crudeza de la verdad y los muchos casos de
desesperación que han traído como consecuencia una inusitada corriente de
suicidios, debiera ser suficiente para hacerles reflexionar sobre la
importancia del papel para el que fueron elegidos y para colocarse del lado de
la defensa de los españoles, a los que juraron o prometieron defender, cuando ocuparon
sus cargos.
Las palabras de Ada Colau son la llamada de atención que la
sociedad hace, en un momento de desesperación que podría desembocar en un
estallido de imprevisibles consecuencias, si a la mayor urgencia no se hace
algo por solucionar los insoportables conflictos que estamos padeciendo y se
cambia radicalmente la metodología empleada hasta ahora para solucionar la
crisis por otra menos agresiva, que empiece por una regeneración de un mundo
laboral, que nos permita retomar un camino de normalidad, lejos de la guerra de
cifras que mueve los mercados bursátiles y que nada tiene que ver con quienes
nunca tendremos grandes fortunas que invertir o perder, por la buena o mala
gestión de los economistas.
La pérdida de
popularidad de la clase política, claramente reflejada en todas las encuestas
publicadas, avala esta tesis y viene a corroborar que el pueblo, al no sentirse
en absoluto representado por el Parlamento, difícilmente volverá a creer en el
funcionamiento del Sistema, ni a confiar en las promesas de unos cuantos
iluminados, que al final acaban protagonizando las noticias de los casos de
corrupción, sin tan siquiera dar síntomas de arrepentimiento por los actos
cometidos.
Lo dicho, criminal.

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