La inesperada dimisión de Benedicto XVI, por insólita, ha
conseguido auparse hasta la portada de toda la prensa nacional y que los
españoles hayamos apartado la mirada, durante un par de días, del mayor
escándalo que se ha producido en el País y que no es otro que la posible
implicación de la cúpula del PP en el asunto de los sobresueldos y en los
avatares que ha vivido su ex tesorero Bárcenas, desde que abandonara su
militancia en dicha formación política.
Pero la marcha del Papa no toca momentáneamente la realidad
cotidiana de nuestra sociedad y sólo habrá causado verdadera preocupación, en
el caso de algún que otro católico de misa y comunión diaria, que por su fe,
hubiera cobrado auténtico afecto a su Pastor, aunque por cuestiones de
religiosidad y no de supervivencia.
Para el resto de la población, que sufre amargamente los
efectos de la crisis y que en muchos casos, ha de afrontar la proeza de salir a
buscar trabajo, sin encontrarlo, todos los días, la natural sorpresa por la
dimisión del Pontífice, no habrá paliado en nada el nivel de indignación que
produce este último caso de corrupción, ni la ira que trae consigo comprender
que el Presidente de la Nación pone, con su actitud, en tela de juicio la
inteligencia de los españoles, al creer que las explicaciones ofrecidas a raíz
de la aparición de los supuestos papeles del ex tesorero y la publicación de su
declaración de la renta, resultan suficientes para demostrar su inocencia.
El hecho de que
Bárcenas siguiera utilizando el despacho de Génova, justo hasta el día antes de
su imputación y la confirmación de que ha seguido percibiendo sus honorarios en
el Partido hasta el mes de Diciembre, ponen en entredicho cualquier afirmación
procedente de las filas conservadoras, que ya varias veces negaron por activa y
por pasiva, lo que después ha quedado demostrado como cierto.
La irritación aumenta aún más, al saber que a pesar de la
constante negativa del Ministro Montoro, varios implicados en la trama Gurtel y
Bárcenas también, han conseguido blanquear fondos acogiéndose a la Amnistía
Fiscal aprobada el pasado año, a pesar de su imputación en un proceso en curso,
lo que convierte estas operaciones, en
una forma descarada de blanquear capitales obtenidos de forma ilícita, con la
aquiescencia de todo un gobierno.
El periódico El País, publica hoy los resultados de la
primera prueba caligráfica realizada sobre los papeles de Bárcenas y que
indican la autenticidad de los mismos, sacando los colores a los que defendían
la teoría de la conspiración, tildando de falsas las acusaciones que recaían
directamente en muchos dirigentes populares, bajo argumento de que la libreta
había sido amañada, con la dolosa intención de perjudicar al Partido en el
poder y en concreto, al Presidente Rajoy, que aparecía en las anotaciones como
uno de los que cobraron los sobresueldos en negro, durante más de diez años.
El Fiscal General, probablemente abrumado por la gravedad del
asunto, acaba de pedir refuerzos para las investigaciones relacionadas con la
corrupción, alegando que le sobrepasan por su elevado número, lo cual es cierto,
si nos remitimos a las noticias que aparecen en la prensa nacional de los
últimos tiempos.
Puede que Mariano Rajoy, en un primer momento, haya dado las gracias al
cielo al conocer que el Papa había decidido retirarse y hasta puede que haya
querido ver en este extraño suceso, una ayuda divina a las dificultades
personales que en estos días está atravesando, pero la paciencia del pueblo
español no está para creer en oportunos milagros, sobre todo si la sospecha que
recae directamente sobre las cabezas de quienes les gobiernan, se hacen cada
vez más factibles de acabar siendo realidad y al mismo tiempo, esos gobernantes
continúan particularmente empeñados en aplicar sus programas de recortes, exigiendo más
sacrificios a la ciudadanía, mientras se aclara o no, si se lucraron
ilícitamente, aprovechando las posiciones de poder que les otorgaron las urnas.
En este punto, la sociedad no estaría dispuesta a admitir
ninguna medida que procediera de quienes actualmente nos gobiernan y el único
milagro que aceptaría de buen grado la totalidad de los españoles sería el de
que Rajoy siguiera los pasos de Benedicto XVI y anunciara también su dimisión y
su intención de retirarse de la política para no volver nunca más. Y si le
acompañaran en esta decisión muchos de los suyos, entonces el milagro sería
perfecto.

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