Sobrepasados por las noticias de los innumerables casos de
corrupción que azotan el país, vuelven los colectivos españoles a lanzarse a la
calle, como demostración de que lo
tratado en el Debate del ·Estado de la Nación y quién haya sido su vencedor, no
viene a calmar la marea de indignación que subyace en una sociedad, que no
confía ya en absoluto, en la palabra de los políticos.
Mientras sus señorías
se enzarzan en discursos calcados a los de otras veces y se lanzan unos a otros dardos envenenados y
reproches innumerables, sin detenerse un solo instante a proponer soluciones
urgentes para los problemas reales de
las familias, la negra nube de un imparable desempleo se va cerniendo sobre las
clases trabajadoras, asfixiando su modo
de vida anterior y trasladándolas a situaciones similares a las de principios
del SXX, cuando el hambre y la indefensión constituían la única certeza de los
que dependían de un salario para su propia supervivencia.
El gran paso educacional conseguido en estos cien años, marca
sin embargo, una diferencia notable con aquella actitud de sumisión que
caracterizaba a los obreros de entonces y haber saboreado las mieles de la libertad de
expresión, es lo que impide que en este momento la gente permanezca en su casa
y sea capaz de salir en demanda de sus derechos, retomando una lucha que casi
se dio por desaparecida, al considerarse superadas las desigualdades, en los
tiempos de bonanza.
Nunca en este País
habían interesado tanto los temas políticos, ni siquiera mientras que dábamos
el paso entre la Dictadura y la Democracia, ni nunca antes se habían manejado a
nivel coloquial tantos términos económicos, aprendidos a fuego, con cada medida
de recorte que se ha venido aplicando a golpe de decreto, sobre el ilusorio
bienestar de los ciudadanos.
Y sin embargo, esta respuesta mayoritaria, que deja claro el
descontento general y que arrastra a cientos de miles de españoles a una lucha
encarnizada contra un poder institucional no sólo malévolo y caduco, sino
también corrupto, no termina de hacer mella en los endurecidos corazones de
quienes nos gobiernan ni consigue, como sería de esperar, derribar el muro
inexpugnable en que se hayan resguardados de todo aquello que pueda erosionar
su voluntad de poder y su más que demostrada ambición por permanecer en
posiciones de privilegio.
¿Qué más puede hacer un pueblo para evidenciar su rabia, su
indignación y su disconformidad con lo que se está haciendo, a sus espaldas, a
traición y con alevosía, al margen de sus deseos y de sus verdaderos intereses?
¿Va a ser necesaria la violencia para que el clamor popular consiga
finalmente modificar el errático camino emprendido por los gobernantes o alguna
vez el eco de la realidad que vivimos dejará de ser silenciado por mecanismos
legales oportunamente aplicados por aquellos que, a tenor de la situación,
deberían haber presentado su dimisión y abandonado el marco político para
siempre?
Esta voz, que tan poco interesa a los parlamentarios, viene
avalada sin embargo, por la inmensa valentía de los que ya nada tienen que
perder y es por tanto, capaz de alzarse alto y claro, por encima de todas las
barreras impuestas y de resistir eternamente y con fiereza, los avatares que
esta crisis orquestada tenga previstos para minar la confianza de los
ciudadanos.
Ya no somos los pobres ignorantes a los que se compraba con
unas migajas del pastel ni a los que se amedrentaba para obtener una obediencia
cercana a la esclavitud, aprovechándose de su analfabetismo, convirtiéndoles en
meros productores de beneficios en las cuentas corrientes de los dueños de los
capitales.
Podrán haber reducido a cenizas el supuesto estado de
bienestar que disfrutábamos y despojarnos sin piedad de una gran cantidad de
derechos ganados en el pasado a gente exactamente igual que ellos, pero el
conocimiento adquirido, el acceso a la cultura y la educación que se nos
brindó, han sido aprovechados hasta el último sorbo y ya no somos manipulables,
porque al menos en este campo, la igualdad es más que un hecho.
Más aún, el progreso tiene una deuda impagable con las clases
medias, de la que proceden la inmensa mayoría de los talentos que han vivido en
el mundo desde hace más de un siglo y la totalidad de la riqueza generada
durante este periodo de tiempo, lo ha sido gracias a los hijos y nietos de
aquellos obreros esclavizados que poblaban los núcleos urbanos, a merced de la
caridad de sus patronos.
Es por eso que ahora entendemos perfectamente el significado
de las enrevesadas palabras de todos los políticos y detectamos al instante,
todas y cada una de las estrategias que contra nosotros se intentan, sin estar
dispuestos a colaborar mansamente, con quienes de un modo ilusorio, pretenden
doblegar nuestra voluntad con espejismos inexistentes.
Ya no existe el desconocimiento generalizado que hizo posible
nuestra explotación en otras épocas históricas. Ahora sabemos decir no y
mantener el pulso el tiempo que haga falta, a pesar del hartazgo y la pobreza.

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