domingo, 24 de febrero de 2013

A pesar del hartazgo y la pobreza



Sobrepasados por las noticias de los innumerables casos de corrupción que azotan el país, vuelven los colectivos españoles a lanzarse a la calle, como  demostración de que lo tratado en el Debate del ·Estado de la Nación y quién haya sido su vencedor, no viene a calmar la marea de indignación que subyace en una sociedad, que no confía ya en absoluto, en la palabra de los políticos.
  Mientras sus señorías se enzarzan en discursos calcados a los de otras veces  y se lanzan unos a otros dardos envenenados y reproches innumerables, sin detenerse un solo instante a proponer soluciones urgentes  para los problemas reales de las familias, la negra nube de un imparable desempleo se va cerniendo sobre las clases trabajadoras, asfixiando  su modo de vida anterior y trasladándolas a situaciones similares a las de principios del SXX, cuando el hambre y la indefensión constituían la única certeza de los que dependían de un salario para su propia supervivencia.
El gran paso educacional conseguido en estos cien años, marca sin embargo, una diferencia notable con aquella actitud de sumisión que caracterizaba a los obreros de entonces  y haber saboreado las mieles de la libertad de expresión, es lo que impide que en este momento la gente permanezca en su casa y sea capaz de salir en demanda de sus derechos, retomando una lucha que casi se dio por desaparecida, al considerarse superadas las desigualdades, en los tiempos de bonanza.
  Nunca en este País habían interesado tanto los temas políticos, ni siquiera mientras que dábamos el paso entre la Dictadura y la Democracia, ni nunca antes se habían manejado a nivel coloquial tantos términos económicos, aprendidos a fuego, con cada medida de recorte que se ha venido aplicando a golpe de decreto, sobre el ilusorio bienestar de los ciudadanos.
Y sin embargo, esta respuesta mayoritaria, que deja claro el descontento general y que arrastra a cientos de miles de españoles a una lucha encarnizada contra un poder institucional no sólo malévolo y caduco, sino también corrupto, no termina de hacer mella en los endurecidos corazones de quienes nos gobiernan ni consigue, como sería de esperar, derribar el muro inexpugnable en que se hayan resguardados de todo aquello que pueda erosionar su voluntad de poder y su más que demostrada ambición por permanecer en posiciones de privilegio.
¿Qué más puede hacer un pueblo para evidenciar su rabia, su indignación y su disconformidad con lo que se está haciendo, a sus espaldas, a traición y con alevosía, al margen de sus deseos y de sus verdaderos intereses?
¿Va a ser necesaria la violencia para que el clamor popular consiga finalmente modificar el errático camino emprendido por los gobernantes o alguna vez el eco de la realidad que vivimos dejará de ser silenciado por mecanismos legales oportunamente aplicados por aquellos que, a tenor de la situación, deberían haber presentado su dimisión y abandonado el marco político para siempre?
Esta voz, que tan poco interesa a los parlamentarios, viene avalada sin embargo, por la inmensa valentía de los que ya nada tienen que perder y es por tanto, capaz de alzarse alto y claro, por encima de todas las barreras impuestas y de resistir eternamente y con fiereza, los avatares que esta crisis orquestada tenga previstos para minar la confianza de los ciudadanos.
Ya no somos los pobres ignorantes a los que se compraba con unas migajas del pastel ni a los que se amedrentaba para obtener una obediencia cercana a la esclavitud, aprovechándose de su analfabetismo, convirtiéndoles en meros productores de beneficios en las cuentas corrientes de los dueños de los capitales.
Podrán haber reducido a cenizas el supuesto estado de bienestar que disfrutábamos y despojarnos sin piedad de una gran cantidad de derechos ganados en el pasado a gente exactamente igual que ellos, pero el conocimiento adquirido, el acceso a la cultura y la educación que se nos brindó, han sido aprovechados hasta el último sorbo y ya no somos manipulables, porque al menos en este campo, la igualdad es más que un hecho.
Más aún, el progreso tiene una deuda impagable con las clases medias, de la que proceden la inmensa mayoría de los talentos que han vivido en el mundo desde hace más de un siglo y la totalidad de la riqueza generada durante este periodo de tiempo, lo ha sido gracias a los hijos y nietos de aquellos obreros esclavizados que poblaban los núcleos urbanos, a merced de la caridad de sus patronos.
Es por eso que ahora entendemos perfectamente el significado de las enrevesadas palabras de todos los políticos y detectamos al instante, todas y cada una de las estrategias que contra nosotros se intentan, sin estar dispuestos a colaborar mansamente, con quienes de un modo ilusorio, pretenden doblegar nuestra voluntad con espejismos inexistentes.
Ya no existe el desconocimiento generalizado que hizo posible nuestra explotación en otras épocas históricas. Ahora sabemos decir no y mantener el pulso el tiempo que haga falta, a pesar del hartazgo y la pobreza.

  

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