Hace tan
solo poco más de un año, cuando Mariano Rajoy se asomaba al balcón de la calle
Génova para saludar a sus incondicionales, probablemente no era consciente de
que el poder que acababa de otorgarle el pueblo español, acabaría por volverse
tan amargo.
Cegado aún
por el éter de un triunfo peleado como pocos, con una lucha sin tregua que se
cebaba especialmente en las debilidades y defectos de sus enemigos políticos,
quizá pensó que el camino que acababa de emprender le proporcionaría más
satisfacciones que lágrimas y que su propia vulnerabilidad nunca sería
cuestionada por otros, menospreciando con cierta candidez, la inteligencia de
sus oponentes y suponiendo que la mayoría absoluta que obtenía, era un parapeto
suficientemente seguro para salvaguardarle de los ataques y asegurarle un
mandato sin posible contestación ni en la calle, ni en el Parlamento.
Nada había
aprendido este líder anodino de los pasados errores cometidos por su partido,
ni de la manera de ser del pueblo al que se enfrentaba, que ya en varias
ocasiones había demostrado en las urnas su intolerancia ante la mentira y su
odio feroz a los asuntos poco claros que subestiman la capacidad de comprensión
de los electores y tratan de maquillar
la realidad con literatura barata y efectos populistas.
Esta mañana,
Alfredo Pérez Rubalcaba empezaba por fin a ejercer como auténtico líder de la
oposición y devolvía con creces a Rajoy todos y cada uno de los ataques
lanzados hacia su persona, cuando aún era Ministro de Interior, mientras pedía
su dimisión, al considerar que la gravedad del caso Bárcenas, hace del todo
imposible su permanencia en el poder, al haber salpicado de lleno la
honorabilidad de toda la cúpula del Partido al que representa.
Esta petición, que es además secundada por otras formaciones
del arco político y por una ciudadanía que ya está recogiendo firmas a través
de la red y que no da crédito a lo que está ocurriendo delante de sus ojos, es
la propuesta más coherente que ha lanzado el PSOE, desde que sucumbió hasta los
infiernos, conducidos por un Zapatero, que ya había empezado a traicionar los
principios de su ideología, abriendo peligrosas puertas por las que al final se
terminaron colando, un sinfín de medidas lesivas contra los derechos de los trabajadores.
Cierto es que la ciudadanía no ha perdonado ni perdonará con
facilidad al PSOE los errores cometidos durante su mandato, pero esta petición,
ahora que el líder de los socialistas se ha sumado a ella, podría ser la llave
mágica que consiguiera, al fin, unificar el criterio de los españoles,
clarificando al menos, su oposición frontal a ser gobernados por una serie de
políticos presuntamente implicados en el mayor caso de corrupción de nuestra
historia y podría marcar el inicio de una nueva etapa renovadora, en la que
poder dejar atrás toda la angustia vivida en los últimos años, empezando de
cero a construir una realidad que se aleje lo más posible, de la que nos viene
ofreciendo una clase política, que no tendrá más remedio que aprender de estos
momentos, si quiere redimirse y recuperar la confianza de los españoles.
Con esta deshonrosa petición bajo el brazo, tendrá que viajar
mañana Rajoy hasta Alemania y mirar a los ojos a la canciller Ángela Merkel, a
la que tan gustosamente ha obedecido durante su año de mandato y que, con toda
seguridad, exigirá de sus labios una explicación a todo lo que está sucediendo.
Y esta vez, no podrá enrocarse en ninguna sala de la Sede de su Partido, ni
contar con la presencia de sus incondicionales, ni negarse a contestar cuántas
preguntas se le quieran hacer sobre Bárcenas o sobre la veracidad de las
informaciones servidos por la prensa española y que colocan sobre su cabeza una
sombra de corrupción, que en ningún modo puede agradar a los benefactores de la
banca , por mucha sumisión que prometa un Rajoy, cuya palabra queda en
entredicho, tras la gravedad de las acusaciones que sobre él se vierten.
Quizá tenga Merkel la suerte de conocer de primera mano la
verdad, suerte que por otra parte, se le ha negado al pueblo español, al no
permitir a la prensa ningún tipo de intervención, en la curiosa comparecencia
que protagonizó el Presidente y que a nadie convenció de su inocencia en esta
historia.
Al final, el precio del poder es a veces amargo, cuando se
llega a él de manera sibilina y queda demostrado que no todos los medios son válidos para que
un político se sitúe a la cabeza de su país, si los cimientos de la honradez
que se le presuponen, están hechos de un barro aguado que difícilmente podrá
soportar el peso de lo que sobre ellos se construya.
Los pueblos, que desgraciadamente son expertos en detectar
este tipo de veleidades, son infinitamente más sabios que sus gobernantes y los
únicos que se encuentran a perpetuidad, colocados en la posición de elegir o derribar
a quienes los representan.
Rajoy debe estar pensando esta tarde en cuánto se equivocaba
aquella noche, mientras saludaba a sus incondicionales desde el balcón de
Génova. Nunca, ni en el peor de los momentos, habría podido imaginar entonces
este monumental fracaso.

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