Como era de esperar, el Partido Popular se ha negado
rotundamente a que Mariano Rajoy comparezca ante el Congreso de los Diputados,
para ofrecer una larga explicación sobre lo acaecido en el País en los últimos
días, a pesar de que el resto de formaciones políticas lo han intentado
denodadamente, ávidas por poder hacer legalmente, todas las preguntas que el
Presidente ha venido hurtando sistemáticamente a los representantes de la
prensa, desde que se destapó el escándalo de los supuestos sobresueldos y su nombre apareció en los papeles publicados por el
País, sin que aún haya ofrecido una
explicación razonable.
La gravedad de la situación, no comparable a ninguna otra
conocida jamás por los españoles, merece
sin duda otro tipo de declaraciones que las ofrecidas por Rajoy en la Sede de
su Partido el Sábado, a puerta cerrada y arropado por los suyos, o las que ayer
se dignó a hacer desde Alemania, salvaguardado por la seriedad militar de
Ángela Merkel, cuya oportuna intervención le sirvió de inestimable ayuda, en
esta huida que protagoniza, salvaguardado por sus más leales colaboradores, que
no paran de lanzar balones al aire, por si alguno fuera capaz de crear por arte
de magia, un tema que haga a la ciudadanía apartar la mirada de este que nos ocupa
y que no es fácil de tragar, como están demostrando las numerosas acciones de
protesta que se ven por la calle.
Casi al mismo tiempo, se ha sabido que el ex tesorero
Bárcenas no ha hecho uso de la Amnistía Fiscal de Montoro para blanquear once
millones, sino diecinueve, cuestión que ha provocado aún mayor irritación si
cabe, y no solo en la clase política, sino también entre las clases populares,
a las que ayer mismo se volvía a amenazar desde Berlín, con nuevas políticas de
recorte.
Tenemos la sensación de haber llegado a un punto, desde el
que ya resulta imposible retornar a la normalidad, sin haber esclarecido antes
hasta el más mínimo detalle, todo este entramado de carácter mafioso que se ha
apoderado de las esferas políticas españolas, dejándonos en la boca un regusto
agrio de ira que ya no se puede calmar, si no se da una regeneración total del
Sistema y pagan su pecado mortal de traición todos los que se han atrevido a
comerciar con el destino de este País, que
era un lugar apetecible para vivir y se ha convertido en un infierno,
debido a las malas prácticas de un elevadísimo número de empleados públicos de
alta graduación, que han defraudado hasta el hartazgo la confianza que se les
otorgó en las urnas, presuponiéndoles una honradez, de la que a todas luces,
carecen.
Los impuestos de los españoles, han sido sistemáticamente
malversados, manipulados, robados y evadidos por una enorme familia de
desalmados, que en lugar de emplearlos para cubrir las necesidades de toda una
sociedad cumplidora con sus obligaciones fiscales, los han “trasladado” a
cuentas personales abiertas en paraísos fiscales, sabiendo a ciencia cierta,
que difícilmente se les podría condenar por su delito.
No hay gremio que escape a la innumerable red de tentáculos
del pulpo de la corrupción, ni estamento que se libre de contar en sus filas
con varios de estos malhechores, que a diario colapsan de forma exagerada los
juzgados del territorio nacional, sin que tanto encausamiento esté dando,
precisamente, los frutos apetecidos.
Jueces, empresarios, banqueros, políticos, deportistas y un
largo etcétera de las consideradas personalidades de cierto renombre, hasta
procedentes de la misma realeza, han estado yendo y viniendo de acá para allá,
manejando desmesuradas sumas de dinero a su antojo y cometiendo con ellas toda
suerte de delitos fiscales, sin que hasta el día de hoy, se haya sabido de
ninguna sentencia contundente, que haya llevado a nadie a prisión más allá de
unos meses y menos aún, que ninguno de ellos haya devuelto lo que robó a la
Hacienda Pública, a la que todos aportamos una gran parte de lo obtenido con
nuestro trabajo.
¿Qué pasaría si de
pronto, los trabajadores se negaran a presentar la Declaración de la Renta, en
una insumisión fiscal sin precedentes, pero comprensible por la indignación que
produce saber cuál ha venido siendo el destino final de sus aportaciones?
¿Se daría entonces prisa la justicia en detener, juzgar y
condenar a todos y cada uno de los corruptos, llámense como se llamen y tengan
la profesión que tengan?
¿Se plantearía entonces Rajoy dimitir, admitiendo el fracaso
de su gestión y su reiterada costumbre de hurtar la verdad al pueblo, si las
arcas estatales dejan de pronto de contar con la recaudación habitual, por
voluntad de los propios contribuyentes?
¿De dónde se pagaría el elevado rescate solicitado para
sanear la Banca y qué haría Europa ante una eventualidad de esta índole, que
frustrara sus planes de colonización encubierta?
Hipotéticamente, esta podría ser la respuesta que todos hemos
estado esperando y aunque la medida en principio, podría parecer algo utópica,
su sola mención quizá conseguiría frenar esta sinrazón, dando un motivo a las
altas esferas, para reflexionar seriamente
sobre la imperiosa necesidad de cambiar el Sistema.
Puede que todavía no lo sepamos, pero si todo sigue igual,
habrá que empezar a aprender qué hacer con el poder de que disponemos cuando
nos unimos para lograr un fin, sin tener que esperar a que nadie absolutamente
nos dirija.

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